Viva imagen del autor por ser el protagonista de sus memorias, Facundo Alomar sentía crecer sus virtudes y esfumarse sus defectos en cada nueva revisión de la obra. La diferencia entre el personaje literario y el real —venerable prócer de la nación— llegó a ser tan grande que el primero decidió enmendarle la plana al segundo.
En la octava edición, cambió de partido causando enorme alboroto entre los lectores; en la undécima, empezó a sentir inclinaciones solidarias. Las cinco siguientes fueron un canto a la sencillez y a la filantropía.
Cuando se publicó la última enmienda, Don Facundo era ya un santón que jamás se había dedicado a la política.
martes, 12 de febrero de 2008
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