Ana fundó La Tercera Fila, su propio club de amantes del cine, reuniendo un elenco de acompañantes que ella alternaba según sus necesidades. El guapo Esteban, tan útil en los visionados de las series B de cualquier género, fue reclutado en la adolescencia por su inagotable sed de piel. Alfonso, que la desdeñaba como mujer, compartía todas las sesiones donde los apartes y las lágrimas de ambos acotaban las escenas más románticas.
Pero el favorito, el reservado para las cintas memorables, era Tristán, su tímido enamorado. Mientras él se debatía indeciso entre tomarle la mano o depositar un casto beso en su mejilla, ella podía disfrutar en paz de la película.
domingo, 2 de diciembre de 2007
Sensurround - 16/11/07
María, harta del volumen abusivo de los altavoces, acude al cine con tapones en los oídos. Se retrepa en la butaca y, ajena a la ironía del acompañante de turno, se abandona a su placer clandestino.
En completo silencio, el respaldo sacudido por las explosiones masajea su espalda mientras sus entrañas vibran armónicas con la banda sonora. El clímax llega cuando la voz del protagonista es un suave pálpito que reverbera entre sus muslos.
En completo silencio, el respaldo sacudido por las explosiones masajea su espalda mientras sus entrañas vibran armónicas con la banda sonora. El clímax llega cuando la voz del protagonista es un suave pálpito que reverbera entre sus muslos.
Plano secuencia - 15/11/07
El acomodador recién despedido añadió matarratas a la sal, repartida generosamente por el vendedor sobre las palomitas que compraban ansiosos los adolescentes que rodeaban al crítico de cine aburrido ante la idea de visionar la última película de acción del director en declive que se suicidó días más tarde tras leer su crónica en el diario:
“Un fracaso más en una carrera que fue brillante en su momento. La típica algarabía juvenil del público fue dando paso al gélido silencio con el que fue recibido el único plano que contiene la cinta”.
“Un fracaso más en una carrera que fue brillante en su momento. La típica algarabía juvenil del público fue dando paso al gélido silencio con el que fue recibido el único plano que contiene la cinta”.
La ceca del cine - 14/11/07
Jacobus Goodman, célebre novelista, jamás ha visto película alguna. Sabe que ya no se pisa la misma isla del tesoro cuando el cine ha acuñado su Jim único sobre el que moraba en cada lector de Stevenson.
Ahora, casi todos sueñan con idéntica pelirroja de guantes largos en el mismo andén nocturno de una ciudad que no existe. En su miseria, huyen por un callejón perseguidos por un Moriarty que aplastó a infinidad de sí mismos más pavorosos.
Por eso, Jacobus no cede a las presiones ni venderá nunca sus personajes al celuloide. Los quiere libres y polimorfos, a imagen y semejanza de los que aún leen.
Ahora, casi todos sueñan con idéntica pelirroja de guantes largos en el mismo andén nocturno de una ciudad que no existe. En su miseria, huyen por un callejón perseguidos por un Moriarty que aplastó a infinidad de sí mismos más pavorosos.
Por eso, Jacobus no cede a las presiones ni venderá nunca sus personajes al celuloide. Los quiere libres y polimorfos, a imagen y semejanza de los que aún leen.
La linterna de Diógenes - 13/11/07
Cuando Diógenes el acomodador empuñaba su linterna para guiar a los espectadores rezagados, sentíase llamado a una tarea más noble: hallar hombres dignos de sus butacas.
La gran evasión - 11/11/07
Esteban Reina se hunde un poco más en su butaca mientras los haces de luz de las linternas barren las sombras del recinto. Se desliza con cuidado hasta quedar tumbado en el suelo mugriento y empieza a reptar bajo los asientos. Sortea un entramado de piernas hasta alcanzar la última fila, a tan sólo dos metros de la libertad. Mientras, en los altavoces de la sala resuenan los ladridos de los perros y se suceden los “Achtung!” y los “Alarm!”.

Alcanza la salida de emergencia de un salto y, casi sin aliento, escapa hacia la entrada principal. En el vestíbulo, cerrado por una valla metálica, confluyen tres pasillos por los que se aproximan los vigilantes estrechando el cerco. Debe intentarlo. Fija la mirada, toma carrerilla y salta sobre el obstáculo con tan mala suerte que su pie izquierdo se traba. Esteban cae.
—¡Volvería a entrar sin pagar! —grita a los que le sujetan—: Es mi deber de cinéfilo.

Alcanza la salida de emergencia de un salto y, casi sin aliento, escapa hacia la entrada principal. En el vestíbulo, cerrado por una valla metálica, confluyen tres pasillos por los que se aproximan los vigilantes estrechando el cerco. Debe intentarlo. Fija la mirada, toma carrerilla y salta sobre el obstáculo con tan mala suerte que su pie izquierdo se traba. Esteban cae.
—¡Volvería a entrar sin pagar! —grita a los que le sujetan—: Es mi deber de cinéfilo.
Las historias interminables - 07/11/07
Alberto no lograba superar su melancolía por el decadente desenlace de los filmes biográficos. Por amor al séptimo arte, cuando la inquietud se extendió al resto de géneros, decidió marcharse antes de terminar la proyección.
Tanto fue adelantando su partida que ahora ya ni compra la entrada y pasa las horas sentado en un banco, frente a la marquesina del cine, donde los planteamientos jamás son alterados por final alguno.
Tanto fue adelantando su partida que ahora ya ni compra la entrada y pasa las horas sentado en un banco, frente a la marquesina del cine, donde los planteamientos jamás son alterados por final alguno.
Collage - 06/11/07
Serafín no lograba reunir el dinero suficiente para dirigir su propio filme. Decidido a liberar al artista que llevaba dentro por medios más económicos, compró una vieja mesa de montaje y se empleó como técnico de proyección en el cine Excelsior.
Ahora, cada tarde, la película romántica anunciada en la cartelera se desarrolla entre persecuciones espaciales, trogloditas, números de baile y sesudos diálogos en plano fijo. El creador, mientras, observa complacido las reacciones del público desde su ventanuco al fondo de la sala.
Ahora, cada tarde, la película romántica anunciada en la cartelera se desarrolla entre persecuciones espaciales, trogloditas, números de baile y sesudos diálogos en plano fijo. El creador, mientras, observa complacido las reacciones del público desde su ventanuco al fondo de la sala.
Mimesis - 04/11/07
Raúl es uno de esos espectadores que al salir del cine imitan a los personajes de la pantalla. Si la película trata de artes marciales, allá va él propinando patadas giratorias a las farolas. Si del Oeste, sale con un andar ahorquillado y la mirada torva. Viste traje y corbata para todas las de gánsteres, pero no ve las de James Bond por lo costoso que resulta alquilar un esmoquin.
El domingo pasado, finalizada la proyección de “La noche de los muertos vivientes”, fue tiroteado en plena calle por un héroe que pasaba por ahí.
El domingo pasado, finalizada la proyección de “La noche de los muertos vivientes”, fue tiroteado en plena calle por un héroe que pasaba por ahí.
Cinegética - 03/11/07
Juan aguardaba a Isabel en la puerta del cine mientras repasaba su manual de “Técnicas de seducción para cinéfilas”: nada de palomitas, silencio monacal e inmovilidad rigurosa —acaso algún leve cabeceo cómplice durante las escenas más incomprensibles— y, sobre todo, atención esmerada a los títulos de crédito. Si esto no la impresionaba, nada lo haría.
Ella llegó puntual a su cita con la cinematografía albanesa y todo transcurrió según lo previsto. Durante tres horas y media de tostón insufrible, él sólo tuvo que preocuparse por seguir fielmente las instrucciones y por una tos inoportuna que sofocó sin piedad con alguna furtiva lágrima.
Al encenderse las luces de la sala, Juan se giró sonriendo hacia… una butaca vacía. Sobre el asiento, una nota: “Peli malísima. Te vi tan emocionado que no quise interrumpir. Ciao”.
Ella llegó puntual a su cita con la cinematografía albanesa y todo transcurrió según lo previsto. Durante tres horas y media de tostón insufrible, él sólo tuvo que preocuparse por seguir fielmente las instrucciones y por una tos inoportuna que sofocó sin piedad con alguna furtiva lágrima.
Al encenderse las luces de la sala, Juan se giró sonriendo hacia… una butaca vacía. Sobre el asiento, una nota: “Peli malísima. Te vi tan emocionado que no quise interrumpir. Ciao”.
martes, 27 de noviembre de 2007
La parada de los monstruos - 18/10/07
Cuentan que el incendio en la carpa empezó al quemar el enano Hans el cadáver de Cleopatra la Equilibrista. Quizá escuchó la sarta de rumores, propagados boca—oreja entre los miembros de la troupe, acerca de la alegría de cascos de su bella esposa.
Yo creo que la mató Hércules el Forzudo —el último de una larga ristra de amantes— pero no pondría la mano en el fuego, de tenerla.
Lo único cierto es que habríamos extinguido el fuego de no ser por Madame Tetrallini: al organizar la cadena de cubos puso al final a la Beldad sin Brazos.
Yo creo que la mató Hércules el Forzudo —el último de una larga ristra de amantes— pero no pondría la mano en el fuego, de tenerla.
Lo único cierto es que habríamos extinguido el fuego de no ser por Madame Tetrallini: al organizar la cadena de cubos puso al final a la Beldad sin Brazos.
El Negrero Errante - 17/10/07
Sofocan al viejo pesadillas encadenadas con dedos como pernos que cierran el grillete de su boca. Nunca recala en los puertos tachonados de eslabones que le observan desde sus cuencas vacías de negro hueso. Y, cada día, la mar deshoja un poco más su buque acercándolo al abismo donde le aguardan los que él envió por delante.
Encadenados - 16/10/07
Oasis eres tú sobre la arena, arena fina como tu piel, piel que en mi mano suena a viento, viento que me trae tu aroma, aroma de agua de mujer, mujer amada que bebo, bebo y bebo, mi Oasis.
Buen gusto - 16/10/07
El doctor sonrió a la espera de la conocida sentencia que cerraría aquella intrincada trama de misteriosos asesinatos.
—Elemental, querido… —pero la frase murió decapitada por los labios enjutos que la pronunciaban.
En aquel preciso instante, Sherlock Holmes supo que había sido derrotado por la astucia de su rival. De nada le valdría haber descubierto la identidad secreta de su archienemigo Moriarty si se veía obligado a cometer la vulgaridad de librar a la policía a su propio mayordomo.
—Elemental, querido… —pero la frase murió decapitada por los labios enjutos que la pronunciaban.
En aquel preciso instante, Sherlock Holmes supo que había sido derrotado por la astucia de su rival. De nada le valdría haber descubierto la identidad secreta de su archienemigo Moriarty si se veía obligado a cometer la vulgaridad de librar a la policía a su propio mayordomo.
Come y calla - 10/10/07
La cadena del chupete serpenteaba sobre la moqueta hasta enroscarse en el cuello de la víctima. Un hilo de saliva y papilla pendía de la lengua tumefacta blanqueando la sangre encharcada bajo la cara. El cadáver sólo vestía un babero maculado y un pañal que, por su abultamiento y tufo dulzón, estaba en uso.
El detective se dirigió al final de la sala, junto a la puerta de la cocina, donde tres ancianos eran interrogados por su ayudante.
—¿Algo en claro? –preguntó el superior.
—La víctima recibió un fuerte golpe en la cabeza aunque logró gatear unos metros, hasta donde la encontramos. Allí fue estrangulada, parece que con la cadena del chupete. Y tenemos tres autoinculpados, jefe –informó el aludido con un gesto de incredulidad—: el mayordomo que asegura que estaba harto de cambiarle los pañales, la madre que dice que no soportaba que su hijo no quisiera emanciparse y el padre, que odia discutir de política en la mesa.
El detective se dirigió al final de la sala, junto a la puerta de la cocina, donde tres ancianos eran interrogados por su ayudante.
—¿Algo en claro? –preguntó el superior.
—La víctima recibió un fuerte golpe en la cabeza aunque logró gatear unos metros, hasta donde la encontramos. Allí fue estrangulada, parece que con la cadena del chupete. Y tenemos tres autoinculpados, jefe –informó el aludido con un gesto de incredulidad—: el mayordomo que asegura que estaba harto de cambiarle los pañales, la madre que dice que no soportaba que su hijo no quisiera emanciparse y el padre, que odia discutir de política en la mesa.
Sin previo aviso - 09/10/07
Frío… Lentamente despierto. Abro los ojos. Es de noche, veo estrellas. ¡Estoy sumergido hasta el cuello! Mi cabeza golpea una negra plancha metálica. ¿El costado de un barco? Intento bracear, pero la cadena de la que cuelgo me envuelve por completo y apenas puedo tiritar.
Grito. Grito con más fuerza. Ruido de pasos arriba. Una cara lunar asoma por la borda y sonríe. ¡Tú! ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué? No logro entender la respuesta, sofocada por el golpeteo de los eslabones al precipitarse. Riela tu mirada divertida mientras mi alarido se anega en la oscuridad abisal.
Grito. Grito con más fuerza. Ruido de pasos arriba. Una cara lunar asoma por la borda y sonríe. ¡Tú! ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué? No logro entender la respuesta, sofocada por el golpeteo de los eslabones al precipitarse. Riela tu mirada divertida mientras mi alarido se anega en la oscuridad abisal.
lunes, 26 de noviembre de 2007
Indicios - 08/10/07
—Hemos encontrado los restos de la doncella bajo la alfombra, jefe.
—¡Mayordomos! –exclamó el detective—. Nunca aprenden.
—¡Mayordomos! –exclamó el detective—. Nunca aprenden.
jueves, 22 de noviembre de 2007
Pioneros - 29/10/04
“Me abandonaron el día de la Natividad de Nuestro Señor, madre. Me dejaron en esta isla del diablo, que no es española sino en su nombre, en un fuerte de piedra y madera con otros treinta y siete hombres y el alguacil Don Diego de Arana. Ni un mes había pasado cuando los nuestros ya reñían por cuestión de las taínas, mujeres y niñas, robadas y mantenidas hasta de a cuatro por cada hombre. Así las cosas, obró el diablo y torció nuestras cuitas hasta dar en la muerte de algunos, despachados a las bravas o por la espalda. Una partida de exaltados, guiada por Chacho se fue quién sabe adónde con los vizcaínos y unos mozos. Otra, comandada por Pedro el repostero, salió para los montes de Cibao y aún no saben de ellos. Pero yo sí sé, madre. Me lo contó Iruni, sobrina de Guacanagarix, taína bella como el sol de nuestra tierra, a quien no desposé por consejo de Don Diego, pues a qué honrar lo que podía tomar por derecho. Me dijo ella que los nuestros fueron muertos por los de Caonabo y que éste se reuniría en consejo con Maireni para ver de acabarnos. De esto ni media saben los que quedan en el fuerte, no porque les reproche mis males, que bien podría, los muy hideputas, sino para dar presteza al negocio, que no es cuestión de atrasar el encuentro con Dios después de tanta penuria. Ya no nos aventuramos hasta la Punta de Picolet y la mayoría de veces sólo llegamos hasta donde el Guarico da en el mar; ahí vamos sepultando a los que caen. Tres quedamos al juntarte estas letras, madre, a la luz del hogar; tres que hoy dormiremos largo pues se llegó Iruni con otras taínas para darnos la nueva: que nada hay que temer esta noche, que su gente está de fiesta.”
Nota del autor:
“Y hallé ocho hombres enterrados a la orilla del mar y tres en al campo, los cuales se conoçían heran feridos de piedra en la frente, que durmiendo pareçe que a manteniente los mataron; y debe ser ansí, porque la fortaleza hera muy llena de artillería.”
(Relación del segundo viaje de Colón)
Nota del autor:
“Y hallé ocho hombres enterrados a la orilla del mar y tres en al campo, los cuales se conoçían heran feridos de piedra en la frente, que durmiendo pareçe que a manteniente los mataron; y debe ser ansí, porque la fortaleza hera muy llena de artillería.”
(Relación del segundo viaje de Colón)
Velas - 28/10/04
La nao escoró ligeramente a babor ganando un poco de velocidad.
—¿Veis, maestre Joao? Era menester cazar un poco más las escotas.
—Sí, capitán —admitió el viejo marino—, las mantendremos así hasta que el viento nos favorezca.
El capitán acarició pensativo el pasamano de la borda y contempló el lento avance de las dos embarcaciones que les seguían. ¡Veintisiete días ya desde que zarparon, nada comparado con los años invertidos en el proyecto!
Al principio, fueron las gestiones con la nobleza y la incipiente burguesía en busca de las cartas de presentación para acceder a la corte. Más tarde, vinieron las antesalas de palacio, santuarios de decepción e intriga.
Pero de todos los escollos que tuvo que salvar, el peor fue el arduo debate con las autoridades científicas: ¿cómo podían estar tan ciegos? Que la tierra era redonda era algo sabido desde los antiguos y admitido en los círculos universitarios europeos. Comprendía las reticencias de la tripulación, pobres diablos supersticiosos a los que mantenía en su puesto con una diestra combinación de vara y palabra, mas no soportaba las prevenciones de los sabios.
Ante todos defendió apasionadamente que más allá de la Mar Océana, hacia el Oeste, se encontraban las costas de Cipango. Sólo temía que alguien, con mejor cuna o mayor bolsa, se le adelantara en la carrera.
Nunca supo si el permiso real llegó por las promesas de gloria o por los pingües beneficios que generaría el tránsito de mercaderías por una ruta más corta.
—¡Velas!El grito del vigía le arrancó de sus meditaciones, aunque le llevó unos segundos encajar la noticia. ¿Velas tan pronto? Sus cálculos indicaban que no alcanzarían la costa asiática antes de otras dos semanas.
—¡Dos velas por la amura de estribor! —precisó el muchacho de la cofa.
El capitán cruzó el puente a grandes zancadas. Eran dos carabelas, navegando hacia ellos desde el Oeste. ¿De Cipango, tal vez? Empujadas por el viento de popa, avanzaban con presteza, a pesar de que parecían llevar mucho tiempo en alta mar dado el estado de su velamen y aparejos.
El tiempo se eternizó mientras reducían distancias. En silencio, las tripulaciones de ambas flotillas fueron agolpándose en los costados para saciar su curiosidad.
Cuando la primera carabela pasó a poca distancia por el través, el capitán hizo un gesto con la mano y el maestre le alcanzó la bocina metálica. Carraspeó para aclarar la voz llevando el instrumento a sus labios.
—¡Ah del barco! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Ah del barco!
—¡Eooo... pitán... illa! —llegó veloz la respuesta, entrecortada por el eterno rumor del mar.
—¡Ah del barco! ¿Quiénes sois? ¿De qué pabellón? —Tuvo que contener las preguntas que se agolpaban en su mente.
—¡Co… samos... illa!
Repitieron el intercambio hasta tres veces más, sin mejores resultados.
Al mostrarles la popa la segunda carabela, una ráfaga de viento les entregó el jubiloso mensaje:
—¡Colón, de la Pinta, capitán de Castilla! ¡Regresamos de las Indias!
El capitán bajó lentamente la bocina y se volvió hacia su hombre de confianza.
—Maestre Joao, por favor, para el cuaderno de bitácora: 20 de febrero del año de Nuestro Señor de 1.493, avistadas al mediodía dos carabelas castellanas que afirman venir de las Indias. Regresamos a Lisboa.
—¿Veis, maestre Joao? Era menester cazar un poco más las escotas.
—Sí, capitán —admitió el viejo marino—, las mantendremos así hasta que el viento nos favorezca.
El capitán acarició pensativo el pasamano de la borda y contempló el lento avance de las dos embarcaciones que les seguían. ¡Veintisiete días ya desde que zarparon, nada comparado con los años invertidos en el proyecto!
Al principio, fueron las gestiones con la nobleza y la incipiente burguesía en busca de las cartas de presentación para acceder a la corte. Más tarde, vinieron las antesalas de palacio, santuarios de decepción e intriga.
Pero de todos los escollos que tuvo que salvar, el peor fue el arduo debate con las autoridades científicas: ¿cómo podían estar tan ciegos? Que la tierra era redonda era algo sabido desde los antiguos y admitido en los círculos universitarios europeos. Comprendía las reticencias de la tripulación, pobres diablos supersticiosos a los que mantenía en su puesto con una diestra combinación de vara y palabra, mas no soportaba las prevenciones de los sabios.
Ante todos defendió apasionadamente que más allá de la Mar Océana, hacia el Oeste, se encontraban las costas de Cipango. Sólo temía que alguien, con mejor cuna o mayor bolsa, se le adelantara en la carrera.
Nunca supo si el permiso real llegó por las promesas de gloria o por los pingües beneficios que generaría el tránsito de mercaderías por una ruta más corta.
—¡Velas!El grito del vigía le arrancó de sus meditaciones, aunque le llevó unos segundos encajar la noticia. ¿Velas tan pronto? Sus cálculos indicaban que no alcanzarían la costa asiática antes de otras dos semanas.
—¡Dos velas por la amura de estribor! —precisó el muchacho de la cofa.
El capitán cruzó el puente a grandes zancadas. Eran dos carabelas, navegando hacia ellos desde el Oeste. ¿De Cipango, tal vez? Empujadas por el viento de popa, avanzaban con presteza, a pesar de que parecían llevar mucho tiempo en alta mar dado el estado de su velamen y aparejos.
El tiempo se eternizó mientras reducían distancias. En silencio, las tripulaciones de ambas flotillas fueron agolpándose en los costados para saciar su curiosidad.
Cuando la primera carabela pasó a poca distancia por el través, el capitán hizo un gesto con la mano y el maestre le alcanzó la bocina metálica. Carraspeó para aclarar la voz llevando el instrumento a sus labios.
—¡Ah del barco! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Ah del barco!
—¡Eooo... pitán... illa! —llegó veloz la respuesta, entrecortada por el eterno rumor del mar.
—¡Ah del barco! ¿Quiénes sois? ¿De qué pabellón? —Tuvo que contener las preguntas que se agolpaban en su mente.
—¡Co… samos... illa!
Repitieron el intercambio hasta tres veces más, sin mejores resultados.
Al mostrarles la popa la segunda carabela, una ráfaga de viento les entregó el jubiloso mensaje:
—¡Colón, de la Pinta, capitán de Castilla! ¡Regresamos de las Indias!
El capitán bajó lentamente la bocina y se volvió hacia su hombre de confianza.
—Maestre Joao, por favor, para el cuaderno de bitácora: 20 de febrero del año de Nuestro Señor de 1.493, avistadas al mediodía dos carabelas castellanas que afirman venir de las Indias. Regresamos a Lisboa.
El peregrino cartesiano - 24/05/04
Luis Farlopio Panizo, pensador no profesional y ávido lector de Descartes, decidió que la angustia que le corroía desde hacía unos años era demasiado perentoria como para seguir ignorándola.
Empezó sometiendo a un concienzudo análisis aquellas circunstancias que podrían incomodar al común de los mortales de su misma edad y condición. Sin embargo, ni estaba casado ni carecía de recursos; gozaba además de una tranquila posición social en la pequeña ciudad de provincias en la que vivía.
Cuando se hizo evidente que su inquietud brotaba de manantiales más elevados, buscó sucesivamente la compañía de científicos, psicólogos y teólogos sin que nadie lograra encaminar sus pesquisas. Por el contrario, la reflexión continuada le llevó a dudar hasta de su propia existencia, aumentando, como es lógico, su desasosiego vital.
Al no hallar asiento más apropiado para sus meditaciones que el ejemplo de su admirado filósofo, concluyó que no debía delegar en otros lo que bien podía maquinar por cuenta propia. Así, ni corto ni perezoso, malvendió su casa y se despidió de familiares, amigos y empleador, partiendo una fría mañana de primavera. La dirección que tomó le fue susurrada por una lengua de cirros que sostenía el cielo a modo de nervadura.
Anduvo muchas jornadas, haciendo parada en aquellos lugares que, por subsistencia y abrigo o por curiosidad intelectual según el caso, fue encontrando en su peregrinar. Y como la facilidad de desplazamiento es inversamente proporcional a la magnitud del equipaje que se transporta, fue desprendiéndose de reglas, pensamientos preconcebidos y juicios de valor.
Un día, reducida su conciencia a la mera observación del entorno, descendió a un valle de aspecto similar al cuenco de madera que bailaba atado a su mochila. A lo lejos, se distinguía a otro caminante que recorría la misma vereda en sentido opuesto. Este tipo de encuentros, lejos de inquietarle, le ofrecían casi siempre la posibilidad de ampliar sus horizontes.
A medida que se aproximaban, se sintió invadido por una sensación ominosa: había algo vagamente familiar en ese extraño, quizás sus andares o tal vez su vestimenta. Cuando les separaban apenas unos metros, Luis descubrió horrorizado que aquel hombre era idéntico a él. De hecho, el “Otro” también pareció asustarse y demorar el paso.
Se detuvieron frente a frente, en silencio.
El gesto de saludo fue simultáneo y las palabras que brotaron de la boca de uno coincidieron con las del otro. Luis no tardó en descubrir que esta circunstancia impediría cualquier tipo de comunicación. Estaba a punto de alzar la mano para tocar al Otro cuando le detuvo una idea inesperada: “No tentarás al Señor tu Dios”.
Al menos, después de la sorpresa inicial, era capaz de pensar. Y si pensaba, existía, pero ¿quién concebía a quién? ¿Era Luis el reflejo de la idea del Otro de si mismo o éste no era más que una colorida sombra del pensamiento de Luis?
Con calma, ambos sacaron el ejemplar de “Discurso del método” que llevaban en el bolsillo y lo lanzaron con fuerza más allá del sendero.
Al emprender el camino de vuelta a casa, Luis no pudo evitar volver la vista atrás. El Otro le miraba de reojo.
Empezó sometiendo a un concienzudo análisis aquellas circunstancias que podrían incomodar al común de los mortales de su misma edad y condición. Sin embargo, ni estaba casado ni carecía de recursos; gozaba además de una tranquila posición social en la pequeña ciudad de provincias en la que vivía.
Cuando se hizo evidente que su inquietud brotaba de manantiales más elevados, buscó sucesivamente la compañía de científicos, psicólogos y teólogos sin que nadie lograra encaminar sus pesquisas. Por el contrario, la reflexión continuada le llevó a dudar hasta de su propia existencia, aumentando, como es lógico, su desasosiego vital.
Al no hallar asiento más apropiado para sus meditaciones que el ejemplo de su admirado filósofo, concluyó que no debía delegar en otros lo que bien podía maquinar por cuenta propia. Así, ni corto ni perezoso, malvendió su casa y se despidió de familiares, amigos y empleador, partiendo una fría mañana de primavera. La dirección que tomó le fue susurrada por una lengua de cirros que sostenía el cielo a modo de nervadura.
Anduvo muchas jornadas, haciendo parada en aquellos lugares que, por subsistencia y abrigo o por curiosidad intelectual según el caso, fue encontrando en su peregrinar. Y como la facilidad de desplazamiento es inversamente proporcional a la magnitud del equipaje que se transporta, fue desprendiéndose de reglas, pensamientos preconcebidos y juicios de valor.
Un día, reducida su conciencia a la mera observación del entorno, descendió a un valle de aspecto similar al cuenco de madera que bailaba atado a su mochila. A lo lejos, se distinguía a otro caminante que recorría la misma vereda en sentido opuesto. Este tipo de encuentros, lejos de inquietarle, le ofrecían casi siempre la posibilidad de ampliar sus horizontes.
A medida que se aproximaban, se sintió invadido por una sensación ominosa: había algo vagamente familiar en ese extraño, quizás sus andares o tal vez su vestimenta. Cuando les separaban apenas unos metros, Luis descubrió horrorizado que aquel hombre era idéntico a él. De hecho, el “Otro” también pareció asustarse y demorar el paso.
Se detuvieron frente a frente, en silencio.
El gesto de saludo fue simultáneo y las palabras que brotaron de la boca de uno coincidieron con las del otro. Luis no tardó en descubrir que esta circunstancia impediría cualquier tipo de comunicación. Estaba a punto de alzar la mano para tocar al Otro cuando le detuvo una idea inesperada: “No tentarás al Señor tu Dios”.
Al menos, después de la sorpresa inicial, era capaz de pensar. Y si pensaba, existía, pero ¿quién concebía a quién? ¿Era Luis el reflejo de la idea del Otro de si mismo o éste no era más que una colorida sombra del pensamiento de Luis?
Con calma, ambos sacaron el ejemplar de “Discurso del método” que llevaban en el bolsillo y lo lanzaron con fuerza más allá del sendero.
Al emprender el camino de vuelta a casa, Luis no pudo evitar volver la vista atrás. El Otro le miraba de reojo.
Recortes - 27/01/04
Tedio
(Del lat. taedium).
1. m. Aburrimiento extremo o estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa.
Minimizo la página Web de la Academia y me hundo un poco más en la silla. ¡Qué palabra más apropiada! Si tiene incluso una sonoridad especial: tedio, tedio, tedio, tedio….
U. se levanta e interrumpe mi mantra. Lleva puesta la chaqueta, con la cremallera cerrada hasta el cuello, aquí, en la oficina.
—¡Ya no sé si estar sentado o de pie! –gruñe para todos y para nadie en particular.
—Haz el pino.
Creo que no debería haber dicho esto. Me mira —¿dolido?— y se aleja pasillo arriba. Todos sabemos que si hiciera el pino sería igualmente difícil decidir qué está arriba y qué abajo.
Inicio un movimiento dextrógiro alternando el empuje de las puntas de los pies con el de los talones. La silla se queja pero pivota obediente. Es lo más cerca que estaré nunca de saber bailar.
Mis colegas están esparcidos aquí y allá.
T. es joven y chiquita, platense. Un nervio: cuando consigo colocarle una palabra, ella ya ha me ha endosado diez. Me mira, así que decido ofrecerle una imitación de la niña de “El exorcista”. Giro la cabeza hasta donde me da y gimo:
—Mira lo que ha hecho la guarra de tu hija…
—¿Sabés? Sós patético.
¿Qué puedo decir? Me lo merezco.
A su lado se sienta B., cordobés de la Córdoba austral. (Nota: Debo aclarar que esta inacción no transcurre en Argentina sino en otro lugar, por eso aparecen tantos argentinos). Con B hablamos hace unas horas de “El hijo de la novia”. Le comenté que, al verla con mi mujer, me di cuenta de las ventajas de la interculturalidad en el puesto de trabajo.
“El laburo me queda a tres cuadrillas” suena en la tele.
—¿Qué ha dicho qué? – pregunta ella.
—Ha dicho que el trabajo está apenas a tres manzanas – respondo yo como en una traducción simultánea de la ONU.
El resto de los pobladores de la oficina es aborigen, incluyéndome a mí. Somos una prueba fehaciente de las desventajas de la endogamia en grupos aislados, por lo que me abstendré de seguir con las presentaciones.
Después de anotar en mi cuaderno de campo que hemos mirado todos el gigantesco reloj de la pared norte en cinco ocasiones en los últimos ocho minutos, regreso a mi ordenador y le pregunto a la Academia por “hastío” del latín “fastidium”.
(Del lat. taedium).
1. m. Aburrimiento extremo o estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa.
Minimizo la página Web de la Academia y me hundo un poco más en la silla. ¡Qué palabra más apropiada! Si tiene incluso una sonoridad especial: tedio, tedio, tedio, tedio….
U. se levanta e interrumpe mi mantra. Lleva puesta la chaqueta, con la cremallera cerrada hasta el cuello, aquí, en la oficina.
—¡Ya no sé si estar sentado o de pie! –gruñe para todos y para nadie en particular.
—Haz el pino.
Creo que no debería haber dicho esto. Me mira —¿dolido?— y se aleja pasillo arriba. Todos sabemos que si hiciera el pino sería igualmente difícil decidir qué está arriba y qué abajo.
Inicio un movimiento dextrógiro alternando el empuje de las puntas de los pies con el de los talones. La silla se queja pero pivota obediente. Es lo más cerca que estaré nunca de saber bailar.
Mis colegas están esparcidos aquí y allá.
T. es joven y chiquita, platense. Un nervio: cuando consigo colocarle una palabra, ella ya ha me ha endosado diez. Me mira, así que decido ofrecerle una imitación de la niña de “El exorcista”. Giro la cabeza hasta donde me da y gimo:
—Mira lo que ha hecho la guarra de tu hija…
—¿Sabés? Sós patético.
¿Qué puedo decir? Me lo merezco.
A su lado se sienta B., cordobés de la Córdoba austral. (Nota: Debo aclarar que esta inacción no transcurre en Argentina sino en otro lugar, por eso aparecen tantos argentinos). Con B hablamos hace unas horas de “El hijo de la novia”. Le comenté que, al verla con mi mujer, me di cuenta de las ventajas de la interculturalidad en el puesto de trabajo.
“El laburo me queda a tres cuadrillas” suena en la tele.
—¿Qué ha dicho qué? – pregunta ella.
—Ha dicho que el trabajo está apenas a tres manzanas – respondo yo como en una traducción simultánea de la ONU.
El resto de los pobladores de la oficina es aborigen, incluyéndome a mí. Somos una prueba fehaciente de las desventajas de la endogamia en grupos aislados, por lo que me abstendré de seguir con las presentaciones.
Después de anotar en mi cuaderno de campo que hemos mirado todos el gigantesco reloj de la pared norte en cinco ocasiones en los últimos ocho minutos, regreso a mi ordenador y le pregunto a la Academia por “hastío” del latín “fastidium”.
Calma - 17/11/03
Tuvo que remontarse a algunas tardes de verano de la infancia para recordar una quietud tan absoluta. La pequeña goleta parecía estar flotando sobre aceite mientras el sol caía como una losa de fuego sobre la cubierta de la embarcación. En la superficie del agua, la luz reverberaba hiriendo sus ojos entreabiertos, apenas una ranura practicada en el rostro negro y reseco. Tal era la calma, que parecía que el tiempo se había congelado.
— ¡Congelado! — exclamó sarcástico mientras sus labios llagados se contraían en una mueca de dolor — Congelado en medio de un infierno abrasador…
Mareado por la debilidad, se dirigió hacia el tambucho. Tuvo que apoyarse en el mamparo para descender los peldaños que conducían a la cabina. Al llegar abajo, se agachó y levantó por enésima vez la trampilla de la sentina. Gracias a la escasa luz que penetraba hasta allí, pudo ver que estaba más inundada que hacía unas horas. Nada que hacer: con la bomba de achique averiada y un pequeño cubo, sus esfuerzos no alcanzaban a compensar la invasión del agua a través de las numerosas vías del viejo casco.
Dolorido y sediento, subió a su litera muy despacio, maldiciendo al hombre que les había metido en esa bonanza espantosa. Se preguntó si el patrón estaría aún ahí abajo, mirándole desde el fondo con sus cuencas vacías — los peces saben muy bien qué comer en primer lugar – y la sonrisa estúpida que se le quedó al morir. Cuando lanzó su cuerpo por la borda, el mar le engulló con un sonido goloso, como si se relamiera al cobrar una presa largamente acechada.
Mecido por esos pensamientos ominosos, se durmió.
Despertó empapado en medio de la oscuridad. El agua rozaba el armazón de la litera y había humedecido completamente el jergón. Se apresuró a saltar y se hundió hasta el pecho en el frescor salado. A tientas, buscó el camino hasta la escala y logró subir a cubierta.
El espectáculo de la noche inflamada de estrellas y la fosforescencia blanquecina del mar ya no le sobrecogía como en los primeros días de singladura. Las velas caían rectas como pesados cortinajes. Cansado, buscó acomodo entre los cabos de amarre y la lona de protección del bote, abandonada e inútil desde que parte de la tripulación lo robara en un intento desesperado. Tampoco es que les sirviera de mucho, pues les vieron perecer de sed, frenados por la calma apenas a un par de millas de la goleta.
El alba anunció una nueva jornada de tormento. La diferencia consistía en que el agua, siempre lisa y silenciosa, le observaba ya desde la negra abertura de la escotilla del tambucho, ofreciéndole irónica un cuenco de madera y una alpargata de esparto. Como si de un miasma contagioso se tratara, evitó como pudo que sus pies rozaran el líquido y, encaramándose a la borda, trepó con esfuerzo por las jarcias hacia el palo mayor. Levantando apenas una salpicadura, el agua alcanzó la base de la rueda del timón. En ese momento, animada por el éxito, pareció cobrar confianza y empezó a extenderse a gran velocidad por toda la cubierta.
Desde la cruceta, el espacio anegado entre las bordas del barco se asemejaba a un mar en miniatura dentro del inmenso océano. Pronto, ya sólo quedaban sobre la superficie el largo mástil y el marino encaramado a él. Sus manos se aferraron a la lisa madera como si fuera la empuñadura de un estoque descomunal que penetrase con lentitud la blanda piel de un gigante.
Un sollozo angustiado brotó de su garganta. Como muchos jóvenes de tierra adentro, no sabía nadar. Nunca hubo necesidad de aprender en los campos de trigo de su patria. Julio, el marino que ocupaba la cama inferior de su litera, fallecido el decimoquinto día de navegación, le había contado una noche que se podía flotar largo tiempo si uno se mantenía inmóvil.
Dejó que el agua triunfante besara sus pies descalzos y ascendiera por su cuerpo sin desasirse. Se le aceleró la respiración y parecía que su corazón fuera a saltar en pedazos. Sólo cuando tuvo que elevar la barbilla para mantenerla sobre la superficie, abandonó el último vínculo que le unía al estado sólido.
En ese preciso instante, mientras se hundía inmóvil esperando un milagro que no llegaba, le pareció escuchar la voz de su madre advirtiendo:
— Pero niño, mira que las aventuras no siempre acaban en dichas y
tesoros —.
— ¡Congelado! — exclamó sarcástico mientras sus labios llagados se contraían en una mueca de dolor — Congelado en medio de un infierno abrasador…
Mareado por la debilidad, se dirigió hacia el tambucho. Tuvo que apoyarse en el mamparo para descender los peldaños que conducían a la cabina. Al llegar abajo, se agachó y levantó por enésima vez la trampilla de la sentina. Gracias a la escasa luz que penetraba hasta allí, pudo ver que estaba más inundada que hacía unas horas. Nada que hacer: con la bomba de achique averiada y un pequeño cubo, sus esfuerzos no alcanzaban a compensar la invasión del agua a través de las numerosas vías del viejo casco.
Dolorido y sediento, subió a su litera muy despacio, maldiciendo al hombre que les había metido en esa bonanza espantosa. Se preguntó si el patrón estaría aún ahí abajo, mirándole desde el fondo con sus cuencas vacías — los peces saben muy bien qué comer en primer lugar – y la sonrisa estúpida que se le quedó al morir. Cuando lanzó su cuerpo por la borda, el mar le engulló con un sonido goloso, como si se relamiera al cobrar una presa largamente acechada.
Mecido por esos pensamientos ominosos, se durmió.
Despertó empapado en medio de la oscuridad. El agua rozaba el armazón de la litera y había humedecido completamente el jergón. Se apresuró a saltar y se hundió hasta el pecho en el frescor salado. A tientas, buscó el camino hasta la escala y logró subir a cubierta.
El espectáculo de la noche inflamada de estrellas y la fosforescencia blanquecina del mar ya no le sobrecogía como en los primeros días de singladura. Las velas caían rectas como pesados cortinajes. Cansado, buscó acomodo entre los cabos de amarre y la lona de protección del bote, abandonada e inútil desde que parte de la tripulación lo robara en un intento desesperado. Tampoco es que les sirviera de mucho, pues les vieron perecer de sed, frenados por la calma apenas a un par de millas de la goleta.
El alba anunció una nueva jornada de tormento. La diferencia consistía en que el agua, siempre lisa y silenciosa, le observaba ya desde la negra abertura de la escotilla del tambucho, ofreciéndole irónica un cuenco de madera y una alpargata de esparto. Como si de un miasma contagioso se tratara, evitó como pudo que sus pies rozaran el líquido y, encaramándose a la borda, trepó con esfuerzo por las jarcias hacia el palo mayor. Levantando apenas una salpicadura, el agua alcanzó la base de la rueda del timón. En ese momento, animada por el éxito, pareció cobrar confianza y empezó a extenderse a gran velocidad por toda la cubierta.
Desde la cruceta, el espacio anegado entre las bordas del barco se asemejaba a un mar en miniatura dentro del inmenso océano. Pronto, ya sólo quedaban sobre la superficie el largo mástil y el marino encaramado a él. Sus manos se aferraron a la lisa madera como si fuera la empuñadura de un estoque descomunal que penetrase con lentitud la blanda piel de un gigante.
Un sollozo angustiado brotó de su garganta. Como muchos jóvenes de tierra adentro, no sabía nadar. Nunca hubo necesidad de aprender en los campos de trigo de su patria. Julio, el marino que ocupaba la cama inferior de su litera, fallecido el decimoquinto día de navegación, le había contado una noche que se podía flotar largo tiempo si uno se mantenía inmóvil.
Dejó que el agua triunfante besara sus pies descalzos y ascendiera por su cuerpo sin desasirse. Se le aceleró la respiración y parecía que su corazón fuera a saltar en pedazos. Sólo cuando tuvo que elevar la barbilla para mantenerla sobre la superficie, abandonó el último vínculo que le unía al estado sólido.
En ese preciso instante, mientras se hundía inmóvil esperando un milagro que no llegaba, le pareció escuchar la voz de su madre advirtiendo:
— Pero niño, mira que las aventuras no siempre acaban en dichas y
tesoros —.
La Luz - 24/08/03
— ¿Nombre?
— Joan Dard. 35 años. Casado, dos hijos. Desaparecido hace cinco meses. Su esposa cursó denuncia. Le encontraron en su coche en el fondo de un pequeño barranco, parece que se salió de la carretera por motivos que aún desconocemos.
"Hoy encontré tu boca y su gesto de concentración en la dependienta de una tienda de informática de un barrio que raramente visito (fui allí por indicación de un conocido común). Mientras pagaba, me quedé mirando la leve curva del labio superior y la carnosa invitación del inferior durante tanto tiempo que creo que ella se molestó un poco."
— ¿Entonces? ¿Para eso me has llamado?
— Bueno, en realidad, lo interesante es lo que iba en el asiento del acompañante.
— ¿Dices "lo que iba" o "quien iba"?
— Juzga tu mismo. Ahí, sobre la camilla 12.
"Hace unos días, localicé sobresaltado tus tobillos en una extraña foto del Directorio de Participantes de Hotmail, en uno de ellos incluso se podía apreciar una cadenilla de plata... ¿serían también espirales los abalorios que colgaban?"
— Pero... pero... ¿qué demonios es esto?
— Es la pregunta más inteligente que has hecho desde que entraste.
"Echo de menos tu mirada de girasoles, tus caricias tiernas y suaves, relajantes. Y esos besos que hacían que el mundo fueras tú. ¿Realmente no teníamos otra alternativa, un camino diferente para poder recorrerlo juntos?"
— ¿Mandasteis muestras al laboratorio?
— ¿Vas a decirme cómo hacer mi trabajo a éstas alturas? Espera, dejé la carpeta con los resultados sobre mi mesa. Voy a por ellos.
"Cuanto más lo pienso, lo único que conservo completo de ti es la tristeza de la añoranza. Si pudieras llover sobre mí y empaparme hasta las entrañas, si con ello arrastraras angustias y oscuridades por el sumidero del olvido."
— Aquí las tienes. Lee, lee, tómate tu tiempo.
"Quizás sea éste mi destino, encontrar lo que hay de ti en el resto de las mujeres y aprender a conformarme con los destellos que vayan surgiendo entre tanta vulgaridad. Será como decantar la arena de un río en busca de una diminuta pepita de oro, pero no me queda otra idea a la que aferrarme, vida mía."
— ¿Estás de broma? ¿No habréis vuelto a confundir las etiquetas como en el caso Huertas, verdad?
— Es tal y como lees, así se explicarían las numerosas cicatrices que presenta el..., el sujeto.
— ¿Me estás diciendo que esto está compuesto por los restos de once seres humanos distintos?
— Las pruebas de ADN son concluyentes: de once mujeres distintas. Fragmentos de once mujeres, cosidos entre sí no sin cierta destreza, en mi opinión. Únicamente se echan a faltar los ojos.
"He hecho todo lo que estaba en mi mano, seleccionando tus destellos con antelación y recolectándolos con esmero. Sin embargo, y a pesar de mis esfuerzos, falta la Luz, un sol que no hallo en ningún lugar y que ahora sé que sólo puedes proporcionarme tu misma, mi amada"
— Supongo que alguien puede considerarse afortunada porque ese tipo sufriera el accidente.
— Muy cierto, muy cierto. ¿Un café?
— Joan Dard. 35 años. Casado, dos hijos. Desaparecido hace cinco meses. Su esposa cursó denuncia. Le encontraron en su coche en el fondo de un pequeño barranco, parece que se salió de la carretera por motivos que aún desconocemos.
"Hoy encontré tu boca y su gesto de concentración en la dependienta de una tienda de informática de un barrio que raramente visito (fui allí por indicación de un conocido común). Mientras pagaba, me quedé mirando la leve curva del labio superior y la carnosa invitación del inferior durante tanto tiempo que creo que ella se molestó un poco."
— ¿Entonces? ¿Para eso me has llamado?
— Bueno, en realidad, lo interesante es lo que iba en el asiento del acompañante.
— ¿Dices "lo que iba" o "quien iba"?
— Juzga tu mismo. Ahí, sobre la camilla 12.
"Hace unos días, localicé sobresaltado tus tobillos en una extraña foto del Directorio de Participantes de Hotmail, en uno de ellos incluso se podía apreciar una cadenilla de plata... ¿serían también espirales los abalorios que colgaban?"
— Pero... pero... ¿qué demonios es esto?
— Es la pregunta más inteligente que has hecho desde que entraste.
"Echo de menos tu mirada de girasoles, tus caricias tiernas y suaves, relajantes. Y esos besos que hacían que el mundo fueras tú. ¿Realmente no teníamos otra alternativa, un camino diferente para poder recorrerlo juntos?"
— ¿Mandasteis muestras al laboratorio?
— ¿Vas a decirme cómo hacer mi trabajo a éstas alturas? Espera, dejé la carpeta con los resultados sobre mi mesa. Voy a por ellos.
"Cuanto más lo pienso, lo único que conservo completo de ti es la tristeza de la añoranza. Si pudieras llover sobre mí y empaparme hasta las entrañas, si con ello arrastraras angustias y oscuridades por el sumidero del olvido."
— Aquí las tienes. Lee, lee, tómate tu tiempo.
"Quizás sea éste mi destino, encontrar lo que hay de ti en el resto de las mujeres y aprender a conformarme con los destellos que vayan surgiendo entre tanta vulgaridad. Será como decantar la arena de un río en busca de una diminuta pepita de oro, pero no me queda otra idea a la que aferrarme, vida mía."
— ¿Estás de broma? ¿No habréis vuelto a confundir las etiquetas como en el caso Huertas, verdad?
— Es tal y como lees, así se explicarían las numerosas cicatrices que presenta el..., el sujeto.
— ¿Me estás diciendo que esto está compuesto por los restos de once seres humanos distintos?
— Las pruebas de ADN son concluyentes: de once mujeres distintas. Fragmentos de once mujeres, cosidos entre sí no sin cierta destreza, en mi opinión. Únicamente se echan a faltar los ojos.
"He hecho todo lo que estaba en mi mano, seleccionando tus destellos con antelación y recolectándolos con esmero. Sin embargo, y a pesar de mis esfuerzos, falta la Luz, un sol que no hallo en ningún lugar y que ahora sé que sólo puedes proporcionarme tu misma, mi amada"
— Supongo que alguien puede considerarse afortunada porque ese tipo sufriera el accidente.
— Muy cierto, muy cierto. ¿Un café?
Autismo - 14/08/03
He descubierto que tengo aptitudes naturales para convertirme en un buen autista.
Quiero decir que poseo la capacidad de centrar mi intelecto, que dicho sea de paso siempre he considerado del montón, por desagradable que pueda ser la imagen sanguinolenta de una pila de cerebros, en una sola idea, persona o cosa a la que circunvalo, primero revoloteando indeciso a su alrededor como un insecto que se pregunta si es Luna o Bombilla sabiendo lo que le va en ello, y a la que, más tarde, asiéndola con dedos invisibles, giro ante mis ojos, observando en cada faceta sus bondades y sus perversidades con la mirada desapasionada de un científico ante una muestra entre otras cien mil.
Ya decían los chinos, los de antes, los listos, no los de las galletitas, que el bien contiene algo de mal y viceversa y que, a la postre, nada son el uno sin el otro. Entenderéis así que tanta consideración y examen me haga dudar, no ya de la oportunidad de cualquier acción, sino de la propia necesidad de actuar respecto a la idea, cosa o persona pensada. Luego mi inactividad aparente es fruto del trabajo frenético de la mente y no de la vagancia, categoría pueril donde las haya y que no hace más que reflejar la estrechez de miras del que tan alegremente etiqueta con tal atributo.
Me acusan con frecuencia los que me rodean, y me parece natural su reacción a tenor de los resultados prácticos, de egoísmo presencial, es decir, de estar no estando o de no estar estando, haciendo mención a lo vacuo de mi compromiso con la realidad que comparan a la utilidad de un envase de lo que sea sin lo que sea, que sólo vale para ser llenado de nuevo de lo que sea, o de cualquier otra cosa. No puedo reprochárselo.
Sin embargo, rechazo tajantemente compartir las insinuaciones onanistas que se desprenden de sus teorías, no por la semejanza en la concentración mental que tales prácticas requieren sino porque implican una compensación placentera que, desgraciadamente, mi “enmimismamiento” no me procura con la frecuencia deseada.
Decía, pues, que últimamente medito hasta que lo que me rodea empieza a desvanecerse y desaparece tragado por algún sumidero oculto. Entonces, mi reloj se pauta en segundos que ambicionan ascender a minutos y minutos que anhelan el título de horas, desembocando este torbellino de codicia, como era de esperar, en una guerra civil, temporal por la naturaleza misma de los contendientes y no a causa de las circunstancias de su duración, que hace vano el trabajo rítmico de tan considerado instrumento.
Mi preocupación, si es que a tanto llega el sentimiento que me embarga, es el salto cualitativo experimentado en las últimas meditaciones que me lleva a ocuparme del vuelo de las nubes, altas y bajas, del romper de las olas en la playa o del paseo atribulado de un escarabajo a rayas grises y rojas sobre mi pie. Esta profunda investigación de lo que carece prima facie de interés o, como mínimo, de influencia sobre mí o sobre el transcurso de mis circunstancias vitales se ve sin duda propiciada por mi actual estado vacacional.
Pero... ¿y si llega el día en el que no regrese de mis inmóviles viajes...?
Quiero decir que poseo la capacidad de centrar mi intelecto, que dicho sea de paso siempre he considerado del montón, por desagradable que pueda ser la imagen sanguinolenta de una pila de cerebros, en una sola idea, persona o cosa a la que circunvalo, primero revoloteando indeciso a su alrededor como un insecto que se pregunta si es Luna o Bombilla sabiendo lo que le va en ello, y a la que, más tarde, asiéndola con dedos invisibles, giro ante mis ojos, observando en cada faceta sus bondades y sus perversidades con la mirada desapasionada de un científico ante una muestra entre otras cien mil.
Ya decían los chinos, los de antes, los listos, no los de las galletitas, que el bien contiene algo de mal y viceversa y que, a la postre, nada son el uno sin el otro. Entenderéis así que tanta consideración y examen me haga dudar, no ya de la oportunidad de cualquier acción, sino de la propia necesidad de actuar respecto a la idea, cosa o persona pensada. Luego mi inactividad aparente es fruto del trabajo frenético de la mente y no de la vagancia, categoría pueril donde las haya y que no hace más que reflejar la estrechez de miras del que tan alegremente etiqueta con tal atributo.
Me acusan con frecuencia los que me rodean, y me parece natural su reacción a tenor de los resultados prácticos, de egoísmo presencial, es decir, de estar no estando o de no estar estando, haciendo mención a lo vacuo de mi compromiso con la realidad que comparan a la utilidad de un envase de lo que sea sin lo que sea, que sólo vale para ser llenado de nuevo de lo que sea, o de cualquier otra cosa. No puedo reprochárselo.
Sin embargo, rechazo tajantemente compartir las insinuaciones onanistas que se desprenden de sus teorías, no por la semejanza en la concentración mental que tales prácticas requieren sino porque implican una compensación placentera que, desgraciadamente, mi “enmimismamiento” no me procura con la frecuencia deseada.
Decía, pues, que últimamente medito hasta que lo que me rodea empieza a desvanecerse y desaparece tragado por algún sumidero oculto. Entonces, mi reloj se pauta en segundos que ambicionan ascender a minutos y minutos que anhelan el título de horas, desembocando este torbellino de codicia, como era de esperar, en una guerra civil, temporal por la naturaleza misma de los contendientes y no a causa de las circunstancias de su duración, que hace vano el trabajo rítmico de tan considerado instrumento.
Mi preocupación, si es que a tanto llega el sentimiento que me embarga, es el salto cualitativo experimentado en las últimas meditaciones que me lleva a ocuparme del vuelo de las nubes, altas y bajas, del romper de las olas en la playa o del paseo atribulado de un escarabajo a rayas grises y rojas sobre mi pie. Esta profunda investigación de lo que carece prima facie de interés o, como mínimo, de influencia sobre mí o sobre el transcurso de mis circunstancias vitales se ve sin duda propiciada por mi actual estado vacacional.
Pero... ¿y si llega el día en el que no regrese de mis inmóviles viajes...?
Esperando - 12/08/03
Espero.
Una de las leyes inexorables de la naturaleza es que, por mucho que trate de evitarlo, siempre acabo llegando antes que ella. Y no tenemos mucho tiempo hoy. Yo debo salir para la oficina en un par de horas si no quiero retrasarme.
Retrasarse.. . ¿Por qué ella siempre llega tarde? ¡Si se pierde momentos como el de hoy, perfecto, el mar casi en calma y la playa semidesierta!
Las olas lamen la arena con un murmullo continuo, desordenadas y suaves. Qué paz da el sonido del mar cuando ronronea como esta mañana.
Es cosa seria el mar.
Yo creo firmemente que poseemos mares interiores. Unos profundos y oscuros, oceánicos. Otros, de aguas transparentes y superficiales que revelan lo que aquéllos esconden. Todos distintos y hermosos. Algunos quietos como espejos, otros revueltos como si quisieran salirse de sus cuencas.
Nacemos en sus orillas y al aprender sus mareas y variaciones nos aprendemos a nosotros mismos. Como los pueblos, hay quien escoge vivir de espaldas a su mar y hay quien traza cartas, anotando rumbos en la memoria.
Somos parte de él y él es nuestro. Y el hombre responsable lo vigila y estudia: el flujo y reflujo de la marea, la cadencia de las olas y el rizado que produce la caricia del viento sobre el agua, preludio de la tempestad.
Como el océano real, nuestros mares nos pasan factura cuando bajamos la guardia. Al intentar conciliar el sueño, en el camino del trabajo a casa o de casa al trabajo. En esos momentos críticos cuando uno larga o recoge velas, nuestras aguas se agitan de improviso y nos recuerdan que quizás no estibamos bien nuestro cargamento vital, que andamos sin lastre y demasiado livianos o, en cambio, sobrecargados por aquello que la costumbre y la rutina han embarcado en nuestra nave...
... pero, ¿qué digo? Ahora me da por filosofar... ¿Cómo se puede filosofar así, con la espuma persiguiendo arenas entre los dedos de los pies?
¿Y ya ha pasado media hora? Las olas siguen arrullándome. Pienso en ella y sonrío.
Y es que posee una capacidad innata para concentrarse en el placer de los detalles. Su mirada franca es ácido para los pusilánimes y pone el mismo empeño sencillo, la misma efectividad natural, en comer, amar o nadar.
Ama como nada y nada como ama. Sus brazos y piernas no se han fortalecido en piscinas encarriladas ni en estilos precisos. No es una sirena al uso, desde luego. Eso sí, entrega su cuerpo desnudo a las olas y se desliza sin ofender al mar. Disfruta ese olor fuerte ante el que las narices domesticadas arrugan la nariz: aroma a algas, pescado y a mar viva y sus movimientos lentos y pausados la visten de agua que ondula a su alrededor como un ropaje suave y ligero. Al salir, destellos de diamante adornan su piel fría y morena y despeja lentamente ojos y mejillas con las palmas de las manos, echando la cabeza atrás, como si el mar la purificara. Todo en sus gestos invita a la contemplación y al sosiego.
... me pierdo ... será este sol ...
— ¡Hola! Lo siento. ¿Llevas mucho tiempo esperando? –
— Qué vaaa... si acabo de llegar.
Una de las leyes inexorables de la naturaleza es que, por mucho que trate de evitarlo, siempre acabo llegando antes que ella. Y no tenemos mucho tiempo hoy. Yo debo salir para la oficina en un par de horas si no quiero retrasarme.
Retrasarse.. . ¿Por qué ella siempre llega tarde? ¡Si se pierde momentos como el de hoy, perfecto, el mar casi en calma y la playa semidesierta!
Las olas lamen la arena con un murmullo continuo, desordenadas y suaves. Qué paz da el sonido del mar cuando ronronea como esta mañana.
Es cosa seria el mar.
Yo creo firmemente que poseemos mares interiores. Unos profundos y oscuros, oceánicos. Otros, de aguas transparentes y superficiales que revelan lo que aquéllos esconden. Todos distintos y hermosos. Algunos quietos como espejos, otros revueltos como si quisieran salirse de sus cuencas.
Nacemos en sus orillas y al aprender sus mareas y variaciones nos aprendemos a nosotros mismos. Como los pueblos, hay quien escoge vivir de espaldas a su mar y hay quien traza cartas, anotando rumbos en la memoria.
Somos parte de él y él es nuestro. Y el hombre responsable lo vigila y estudia: el flujo y reflujo de la marea, la cadencia de las olas y el rizado que produce la caricia del viento sobre el agua, preludio de la tempestad.
Como el océano real, nuestros mares nos pasan factura cuando bajamos la guardia. Al intentar conciliar el sueño, en el camino del trabajo a casa o de casa al trabajo. En esos momentos críticos cuando uno larga o recoge velas, nuestras aguas se agitan de improviso y nos recuerdan que quizás no estibamos bien nuestro cargamento vital, que andamos sin lastre y demasiado livianos o, en cambio, sobrecargados por aquello que la costumbre y la rutina han embarcado en nuestra nave...
... pero, ¿qué digo? Ahora me da por filosofar... ¿Cómo se puede filosofar así, con la espuma persiguiendo arenas entre los dedos de los pies?
¿Y ya ha pasado media hora? Las olas siguen arrullándome. Pienso en ella y sonrío.
Y es que posee una capacidad innata para concentrarse en el placer de los detalles. Su mirada franca es ácido para los pusilánimes y pone el mismo empeño sencillo, la misma efectividad natural, en comer, amar o nadar.
Ama como nada y nada como ama. Sus brazos y piernas no se han fortalecido en piscinas encarriladas ni en estilos precisos. No es una sirena al uso, desde luego. Eso sí, entrega su cuerpo desnudo a las olas y se desliza sin ofender al mar. Disfruta ese olor fuerte ante el que las narices domesticadas arrugan la nariz: aroma a algas, pescado y a mar viva y sus movimientos lentos y pausados la visten de agua que ondula a su alrededor como un ropaje suave y ligero. Al salir, destellos de diamante adornan su piel fría y morena y despeja lentamente ojos y mejillas con las palmas de las manos, echando la cabeza atrás, como si el mar la purificara. Todo en sus gestos invita a la contemplación y al sosiego.
... me pierdo ... será este sol ...
— ¡Hola! Lo siento. ¿Llevas mucho tiempo esperando? –
— Qué vaaa... si acabo de llegar.
Momentos - 11/08/03
Una suave brisa movía ligeramente las hojas de los árboles del jardín y aliviaba un poco el calor de esa hora de la tarde.
Ella estaba sentada a su lado, de perfil, muy próxima. El observaba con atención casi clínica los latidos, pecas y tímidas arrugas de una piel de treinta años.
Mientras la escuchaba hablar se sintió cautivado, no tanto por lo que decía como por el sonido de su voz.
No, no sonaba exactamente a agua, quizás sería más acertado decir que sonaba a viento suave, como la brisa que les refrescaba.
La observó mejor, ligeramente despeinada, con un descuido que de pronto ya no le parecía casual. Contó los mechones finos, como cuerdas apenas trenzadas, que le caían sobre la mejilla.
Seis. Ni uno más, ni uno menos.
Y una extraña idea cruzó su mente. Lentamente acercó la mano y los acarició despacio uno tras otro.
Ella calló y se volvió para mirarle.
— ¿Qué haces? — Sonrió.
Entonces estuvo seguro.
— Tañerte — respondió.
Ella estaba sentada a su lado, de perfil, muy próxima. El observaba con atención casi clínica los latidos, pecas y tímidas arrugas de una piel de treinta años.
Mientras la escuchaba hablar se sintió cautivado, no tanto por lo que decía como por el sonido de su voz.
No, no sonaba exactamente a agua, quizás sería más acertado decir que sonaba a viento suave, como la brisa que les refrescaba.
La observó mejor, ligeramente despeinada, con un descuido que de pronto ya no le parecía casual. Contó los mechones finos, como cuerdas apenas trenzadas, que le caían sobre la mejilla.
Seis. Ni uno más, ni uno menos.
Y una extraña idea cruzó su mente. Lentamente acercó la mano y los acarició despacio uno tras otro.
Ella calló y se volvió para mirarle.
— ¿Qué haces? — Sonrió.
Entonces estuvo seguro.
— Tañerte — respondió.
Hormigas - 10/08/03
El otro día vi hormigas entrando y saliendo de tus ojos. Desfilaban una tras otra.
Las que salían lo hacían despacio, cautas y observadoras. Las que entraban llevaban en sus bocas pedacitos de coral y de sonrisas, de luna y de mar, granos de la arena en la que te sentabas.
Me quedé a mirarte.
Desde entonces, te miro.
Algunas veces, tus pupilas zumban y se iluminan al paso de miles de zánganos y hacen que brote mi alegría.
Otras veces sin embargo me inquietan esos pozos castaños pues, ¿cómo será el universo que se construye allá dentro?
Ojalá recogieras trocitos de mí y me hicieras a tu voluntad para ver lo que tu ves.
Las que salían lo hacían despacio, cautas y observadoras. Las que entraban llevaban en sus bocas pedacitos de coral y de sonrisas, de luna y de mar, granos de la arena en la que te sentabas.
Me quedé a mirarte.
Desde entonces, te miro.
Algunas veces, tus pupilas zumban y se iluminan al paso de miles de zánganos y hacen que brote mi alegría.
Otras veces sin embargo me inquietan esos pozos castaños pues, ¿cómo será el universo que se construye allá dentro?
Ojalá recogieras trocitos de mí y me hicieras a tu voluntad para ver lo que tu ves.
Reminiscencia mariana - 12/01/05
Cuando despertó, la puta todavía estaba allí. Azuzado por la campana que había interrumpido su descanso, recogió su ropa y se lanzó escaleras abajo.
Ya nadie comenta lo de aquella vez, cuando el capellán ofició con un vestido estampado: la aparición de María, con el alba sobre sus pezones enhiestos, borró cualquier otro recuerdo.
Nota del autor: “Alba” es la vestidura o túnica de lienzo blanco que usan los sacerdotes para celebrar los oficios divinos.
Ya nadie comenta lo de aquella vez, cuando el capellán ofició con un vestido estampado: la aparición de María, con el alba sobre sus pezones enhiestos, borró cualquier otro recuerdo.
Nota del autor: “Alba” es la vestidura o túnica de lienzo blanco que usan los sacerdotes para celebrar los oficios divinos.
De par en par - 20/11/04
Juan Niño, ojos bien abiertos, atraviesa la ciudad camino de casa.
A su alrededor, retumban ruedas de madera y cascos sobre el adoquinado, balan ovejas y los mercaderes anuncian sus productos en una lengua que no comprende.
Juan Niño parpadea rápido para no dejar de ver coches, motos y semáforos. Mira escaparates y mira al gentío desplazándose en su coreografía silenciosa e indiferente. Faltan cinco manzanas para llegar a casa en un mundo que ve pero ha dejado de oír.
De pronto, de las voces extrañas surge una que le reclama por su nombre. Asustado, Juan Niño aprieta el paso. Sabe que si cierra los ojos durante algo más que un instante podría quedar atrapado, lejos de sus padres, en esa otra ciudad que oye pero no ve.
A su alrededor, retumban ruedas de madera y cascos sobre el adoquinado, balan ovejas y los mercaderes anuncian sus productos en una lengua que no comprende.
Juan Niño parpadea rápido para no dejar de ver coches, motos y semáforos. Mira escaparates y mira al gentío desplazándose en su coreografía silenciosa e indiferente. Faltan cinco manzanas para llegar a casa en un mundo que ve pero ha dejado de oír.
De pronto, de las voces extrañas surge una que le reclama por su nombre. Asustado, Juan Niño aprieta el paso. Sabe que si cierra los ojos durante algo más que un instante podría quedar atrapado, lejos de sus padres, en esa otra ciudad que oye pero no ve.
Ataduras - 20/11/04
Ignoro si perteneces a la luna, que avienta destellos de plata en tu piel marina, o si acaso te debes al sol que empapa de amor la fragua de tu vientre. Quizá seas del ámbar que baila en tus pupilas o del viento que me trae tus dulces palabras.
Yo sólo sé que mía no eres, Vida, pero de tu marido tampoco.
Yo sólo sé que mía no eres, Vida, pero de tu marido tampoco.
Rutinas mágicas - 15/11/04
De noche, cuando Juan sale del trabajo rumbo a casa, una lechuza inmaculada cruza frente al auto, de izquierda a derecha, signo inequívoco de buena ventura. El corazón del hombre aletea acompasado, pues descree en los dioses pero no en sus augurios.
A la mañana siguiente, solo y cumplidas las rutinas familiares, recibe un mensaje que le cita junto al Lago. Allí se le aparece la Dama, delgada y triste, pero bella como la bruma que la arropa. Apenas se besan, pero los silencios y reproches acumulados se disuelven en magia.
Es mediodía, vuelta al trabajo. La eterna noria del compón y recompón resucita a un Juan disciplinado, con aires de jardín francés.
Al salir, pasa de nuevo una lechuza —pensar que es la misma sería como asomarse al abismo— y Juan, empapado de plenilunio, aúlla una sonrisa.
A la mañana siguiente, solo y cumplidas las rutinas familiares, recibe un mensaje que le cita junto al Lago. Allí se le aparece la Dama, delgada y triste, pero bella como la bruma que la arropa. Apenas se besan, pero los silencios y reproches acumulados se disuelven en magia.
Es mediodía, vuelta al trabajo. La eterna noria del compón y recompón resucita a un Juan disciplinado, con aires de jardín francés.
Al salir, pasa de nuevo una lechuza —pensar que es la misma sería como asomarse al abismo— y Juan, empapado de plenilunio, aúlla una sonrisa.
Esperanzas cumplidas - 15/11/04
—¡Bienaventurados los pobres porque ellos heredarán la tierra! —sermoneaba el párroco en el camposanto.
—Y éste ya se lleva sus buenos dos metros —convino el sepulturero, admirando su obra.
—Y éste ya se lleva sus buenos dos metros —convino el sepulturero, admirando su obra.
Ser y no ser - 15/11/04
—¡Ser y no ser! —exclamó el noble—. Pero William, querido, recapacita. El público del Globe paga para divertirse, no para perderse en disquisiciones bizantinas. Yo te diré lo que quieren: sangre, mucha sangre.
—Y algún chiste picante —rezongó el dramaturgo.
—Veo que vas captando la idea. Anda, sé bueno y cambia esa frase.
—Y algún chiste picante —rezongó el dramaturgo.
—Veo que vas captando la idea. Anda, sé bueno y cambia esa frase.
Trabajos estériles - 13/11/04
“Debajo de la mata florida…”, pensó el poeta sentándose frente al teclado de su computadora.
Era tal la exhuberancia de su inventiva, que el pensamiento se le extravió en las derivaciones de su idea. Cada desenlace no era más que el vástago de nuevas tramas que recorría minucioso, deshaciendo el camino cuando alcanzaba un callejón sin salida. Así permaneció durante días, mientras los parientes y amigos se esforzaban vanamente en recuperar su atención.
Décadas más tarde, ingresado en un sanatorio mental, abandonó su estado catatónico para decir:
—Está la culebra escondida.
Nadie le oyó pronunciar esas palabras.
Era tal la exhuberancia de su inventiva, que el pensamiento se le extravió en las derivaciones de su idea. Cada desenlace no era más que el vástago de nuevas tramas que recorría minucioso, deshaciendo el camino cuando alcanzaba un callejón sin salida. Así permaneció durante días, mientras los parientes y amigos se esforzaban vanamente en recuperar su atención.
Décadas más tarde, ingresado en un sanatorio mental, abandonó su estado catatónico para decir:
—Está la culebra escondida.
Nadie le oyó pronunciar esas palabras.
Libertad Duradera - 11/11/04
A Dios gracias, ya es libre. Así puede enterrar a sus muertos en los cráteres de la paz caída del cielo, túmulos coronados de cascotes y regolitos.
Vísteme despacio - 07/11/04
Raudo, le enfunda y abotona la camisa con una maestría que sólo concede la práctica. Treinta segundos. Alza el cuello almidonado y le pasa la corbata, con un nudo Windsor ya preparado, mientras procura no despeinarle; ajusta la tela y, sin volver la vista, recoge los pantalones de la silla de atrás. Cincuenta segundos. El pie derecho se traba en un defecto del dobladillo de la pernera: tiempo perdido en el estira y afloja. Mete los faldones de la camisa, abrocha, sube la cremallera y ciñe el cinturón. Dos minutos y veinte segundos. Calcetines y zapatos son coser y cantar, pero los botones de la chaqueta se resisten a hermanarse con los ojales —por los gases, imagina—; empuja un poco la barriga y ya está.
—¡Tiempo! —grita casi sin aliento.
—Tres minutos y cuarenta y cinco segundos, chaval —anuncia el encargado—. Nuevo récord provincial si esto no fuera un entrenamiento, claro.
—Será cuestión de suerte —El ayudante contempla la vitrina de los trofeos—: si nos toca un muerto fresco, volveremos a ser la funeraria más rápida.
—¡Tiempo! —grita casi sin aliento.
—Tres minutos y cuarenta y cinco segundos, chaval —anuncia el encargado—. Nuevo récord provincial si esto no fuera un entrenamiento, claro.
—Será cuestión de suerte —El ayudante contempla la vitrina de los trofeos—: si nos toca un muerto fresco, volveremos a ser la funeraria más rápida.
Para Diógenes - 06/11/04
El cínico instaló su tonel en el ágora dispuesto a ser feliz el resto de su vida.
—Aparta y déjame al sol —ordenó de inmediato al general.
Pero la estatua del soldado siguió mostrándole su cara más fría.
—Aparta y déjame al sol —ordenó de inmediato al general.
Pero la estatua del soldado siguió mostrándole su cara más fría.
Misivaivén - 04/11/04
Amor mío,
Querría verte más, pero me asusta la rebeldía que provocas en mis sentimientos —sin tú querer evitarlo— y creo que por esto ya te pierdo, cuando mi deseo es justo el contrario.
Tuya, en secreto,
G.
Querría verte más, pero me asusta la rebeldía que provocas en mis sentimientos —sin tú querer evitarlo— y creo que por esto ya te pierdo, cuando mi deseo es justo el contrario.
Tuya, en secreto,
G.
Creencias homeopáticas - 03/11/04
Eva nuestra de cada día, pecaba venialmente para purgar su estigma original.
Dobleces genéricas - 03/11/04
—Necesito saber la verdad o moriré —exigió ella.
—Te quiero —mintió él.
—Te quiero —mintió él.
Demencia senil - 02/11/04
Cuando olvidó que sólo sabía que no sabía nada, el filósofo alcanzó la suprema sabiduría
Timeo Danae - 12/10/04
—Burro grande, ande o no ande.
—Que no es burro, mi señor —advirtió el consejero—, sino caballo y más bien contrahecho.
—Pues si es jamelgo, no miremos más sus dientes —ordenó Príamo—. ¡Adentro con él!
—Que no es burro, mi señor —advirtió el consejero—, sino caballo y más bien contrahecho.
—Pues si es jamelgo, no miremos más sus dientes —ordenó Príamo—. ¡Adentro con él!
Biotecnología - 11/10/04
—Esto no es serio —protestó Matías al entrar en la sección de reproducción asistida. Ya no recordaba cuántas veces le había dicho a Pedro que no se trajera el gato al trabajo.
Barrió los cristales rotos y recogió los fluidos con una cucharilla echándolos a continuación en una cápsula de Petri vacía.
—¡Hala! Si sale con barba San Antón, si no, la Purísima Concepción.
Barrió los cristales rotos y recogió los fluidos con una cucharilla echándolos a continuación en una cápsula de Petri vacía.
—¡Hala! Si sale con barba San Antón, si no, la Purísima Concepción.
Claudio - 08/10/04
—¡Genio y figura! —se burlaban, cuando cojo y tartamudo me llevaron al altar. Sin embargo, fiados en mi necedad, fueron segados por las conjuras y a todos acompañé hasta sus nichos.
Siembra quien habla, recoge quien calla y yo, César, impero.
Siembra quien habla, recoge quien calla y yo, César, impero.
De casta le viene al galgo - 07/10/04
—Hagamos de tripas corazón —dijo el doctor, inclinado sobre el cadáver—. Padre, por favor, páseme las pinzas.
—Los intestinos no aguantarán la presión —repuso el anciano.
—Más vale aprovechar que tirar.
—¡No presuma de tener ciencia, quien no tiene experiencia!
—Padre, no sea anticuado, que de sabios es variar la opinión.
Durante unos minutos, sólo se escuchó en el laboratorio el leve tintineo del instrumental quirúrgico.
—Menuda cicatriz le dejaste en el abdomen —dijo uno.
—Más vale remiendo feo que agujero hermoso —contestó el otro, dejando la aguja y limpiándose las manos en el sangriento delantal—. Bien, ya hemos terminado por hoy.
—No tan aprisa, padre, nos hace falta un cerebro —dijo el joven tomando un gran escalpelo de la mesa.
—¿Y de dónde lo sacamos si ya es de noche? A buenas horas, mangas verdes.
—¡Te nombro donante! —exclamó el hijo hundiendo la hoja en el vientre paterno.
—Cría cuervos… —alcanzó a decir la víctima mientras se desplomaba.
—De tus hijos sólo esperes lo que con tu padre hicieres, viejo.
Momentos después, ya con la masa gris en sus manos, se volvió hacia la mesa emocionado.
—A quien Dios no le dio hijos, la ciencia le da engendros.
—Los intestinos no aguantarán la presión —repuso el anciano.
—Más vale aprovechar que tirar.
—¡No presuma de tener ciencia, quien no tiene experiencia!
—Padre, no sea anticuado, que de sabios es variar la opinión.
Durante unos minutos, sólo se escuchó en el laboratorio el leve tintineo del instrumental quirúrgico.
—Menuda cicatriz le dejaste en el abdomen —dijo uno.
—Más vale remiendo feo que agujero hermoso —contestó el otro, dejando la aguja y limpiándose las manos en el sangriento delantal—. Bien, ya hemos terminado por hoy.
—No tan aprisa, padre, nos hace falta un cerebro —dijo el joven tomando un gran escalpelo de la mesa.
—¿Y de dónde lo sacamos si ya es de noche? A buenas horas, mangas verdes.
—¡Te nombro donante! —exclamó el hijo hundiendo la hoja en el vientre paterno.
—Cría cuervos… —alcanzó a decir la víctima mientras se desplomaba.
—De tus hijos sólo esperes lo que con tu padre hicieres, viejo.
Momentos después, ya con la masa gris en sus manos, se volvió hacia la mesa emocionado.
—A quien Dios no le dio hijos, la ciencia le da engendros.
Excesos - 06/10/04
—¡Agua que no has de beber, déjala correr! —le reconvino Yahvé.
Y los carros egipcios fueron engullidos por el mar.
Y los carros egipcios fueron engullidos por el mar.
Revolución americana - 05/10/04
—A todo cerdo le llega su San Martín —masculló el verdugo mientras ajustaba la soga al realista.
Sabidurías - 04/10/04
"Fíngete en gran peligro y sabrás si tienes amigos", le repetía su madre. Así que un día, cruzando el puente hacia el colegio, Antón sorprendió a sus compañeros lanzándose al río.
—Mi papá dice que no es de hombre prudente el nadar contra corriente —expuso uno de ellos, asomado al pretil.
—Agua corriente no mata a la gente —añadió otro.
Dicho lo cual y más tranquilos, continuaron su camino, que Don Ramiro las gastaba duras con los tardones.
—Mi papá dice que no es de hombre prudente el nadar contra corriente —expuso uno de ellos, asomado al pretil.
—Agua corriente no mata a la gente —añadió otro.
Dicho lo cual y más tranquilos, continuaron su camino, que Don Ramiro las gastaba duras con los tardones.
A quien madruga - 03/10/04
Al alba, cuando fueron por él, ya se había levantado. A Dios lo despertaron los disparos.
Rosario - 02/10/04
—Cuando el hombre se mea las botas, no es bueno para las mozas —susurró Ana.
—Pues parece macho el Antón —dijo Luisa la modista.
—A la puta, el hijo le saca la duda —remató su suegra.
—Eso sí, el crío, clavadito al padre Julián —terciaba la esposa del alcalde, mientras las demás asentían.
—Señoras mías —interrumpió el aludido—, a ver si estamos a lo que estamos. Tercer misterio gozoso…
—A Dios rogando y con el mazo dando —exclamaron ellas entre risas ahogadas.
—Pues parece macho el Antón —dijo Luisa la modista.
—A la puta, el hijo le saca la duda —remató su suegra.
—Eso sí, el crío, clavadito al padre Julián —terciaba la esposa del alcalde, mientras las demás asentían.
—Señoras mías —interrumpió el aludido—, a ver si estamos a lo que estamos. Tercer misterio gozoso…
—A Dios rogando y con el mazo dando —exclamaron ellas entre risas ahogadas.
Estimado Señor - 01/10/04
"La obra bien hecha a su autor recomienda y es por ello que adjunto le devuelvo el manuscrito de su novela. Sepa que habladas o escritas las palabras, sobran las que no hacen falta."
—Así vale, Remigia —comentó el editor—. Mucho mejor que lo de "asno que se cree ciervo, al saltar se despeña". Envíela.
—Así vale, Remigia —comentó el editor—. Mucho mejor que lo de "asno que se cree ciervo, al saltar se despeña". Envíela.
Ascensión - 20/09/04
Ojalá mi marido y mi hija hubieran tenido ocasión de acompañarme en esta aventura, pensó.
Con un vigor que creyó perdido para siempre, Laura caminaba precedida por su joven guía. Atrás quedaba el tormento de la quimioterapia, augurado por unas simples cifras rojas sobre su informe médico anual.
—¿Falta mucho para la cima? —preguntó, más para romper el silencio que por curiosidad.
—Poco.
—¿Y qué hay después? —insistió juguetona.
—La más absoluta inmensidad —contestó el muchacho sin aflojar el paso.
Con un vigor que creyó perdido para siempre, Laura caminaba precedida por su joven guía. Atrás quedaba el tormento de la quimioterapia, augurado por unas simples cifras rojas sobre su informe médico anual.
—¿Falta mucho para la cima? —preguntó, más para romper el silencio que por curiosidad.
—Poco.
—¿Y qué hay después? —insistió juguetona.
—La más absoluta inmensidad —contestó el muchacho sin aflojar el paso.
Desfases - 12/09/04
—Tu desorden quiebra mi vida y la deja caer aquí y allá, como plumas de un ave sacrificada. Podría hacer el doble de lo que hago y otro tanto más, si hallara las cosas en su sitio.
—¿Y tú? ¿No ves que tus prisas me desquician? Cuando nada importa, el tiempo apenas fluye y rozo la inmortalidad. Clávame a un horario y me robarás el alma.
—Si me escucharas, todo nos iría mucho mejor.
—Si escucharas, oirías crecer los montes en días milenarios.
—¿Y tú? ¿No ves que tus prisas me desquician? Cuando nada importa, el tiempo apenas fluye y rozo la inmortalidad. Clávame a un horario y me robarás el alma.
—Si me escucharas, todo nos iría mucho mejor.
—Si escucharas, oirías crecer los montes en días milenarios.
Saudade - 23/08/04
Imploro al mar que lama tu silencio para crear una playa de dulces palabras. Mientras, la vida pasa ajena a mi alrededor, como olas que burlan al pez varado.
Transferencia - 19/08/04
Enviado por Circe al Hades, Sísifo y Orfeo aprovecharon la visita para huir con mi cóncava nave. Ahora, empujo una y otra vez la Odisea hasta su culmen y en cada ocasión te pierdo, Penélope, por volver la vista atrás.
Seguridad laboral - 18/08/04
Ya no se concede licencia de apertura a los laberintos que no tengan salidas de emergencia debidamente señalizadas. El sindicato de Ariadnas ha anunciado movilizaciones.
Pies ligeros - 16/08/04
El divino avanzó entre los contrarios hasta ser derribado de un fuerte puntapié en el talón. Le retiraron del terreno de juego en camilla al cumplirse el minuto quince de la segunda parte.
El secreto - 14/08/04
Sudoroso, Antonius Stradivarius abandonó la alcoba con un frasco y una pipeta en sus manos; los depositó junto al aceite y la goma soluble y, sonriente, tomó un violín sin barnizar.
Mientras, tendida en el lecho, la joven ninfa ronroneaba satisfecha por haber donado al arte su elixir íntimo.
Mientras, tendida en el lecho, la joven ninfa ronroneaba satisfecha por haber donado al arte su elixir íntimo.
Musas - 12/08/04
“Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que”
—¡Homero! —gritó una voz femenina.
—A ver, cólera funesta que…
—¡HOMEROOO!
—¿Qué? –respondió él soltando el bolígrafo con fastidio.
—¿Cómo que qué? ¿No te dije que sacaras al perro y te acercaras a por pan?
—Así no hay quien escriba, ¡Dios!
—Y no blasfemes, bocazas.
—¡Homero! —gritó una voz femenina.
—A ver, cólera funesta que…
—¡HOMEROOO!
—¿Qué? –respondió él soltando el bolígrafo con fastidio.
—¿Cómo que qué? ¿No te dije que sacaras al perro y te acercaras a por pan?
—Así no hay quien escriba, ¡Dios!
—Y no blasfemes, bocazas.
Descuido - 12/08/04
Cuando la bruja de mi mujer se marchó de casa, olvidó llevarse a su Wendigo. La denunciaré, va contra la ley tener a una criatura del bosque en un piso de noventa y pocos metros cuadrados.
Argonautas - 11/08/04
La frágil nave de madera coronó la ola para caer de inmediato en su seno con un fuerte golpe de pantoque. Ateridos por el frío nocturno, los cincuenta tripulantes se arremolinaban en cubierta observando la costa rocosa tras la cual creían oculto su Vellocino de Oro.
De pronto, un dedo de luz cegadora quebró la oscuridad y cayó sobre ellos.
—¡Detengan la embarcación! ¡Alto a la Guardia Civil!
—Insh’Allah —respondió Hassan, patrón de la patera “Al—Ghul”, virando hacia los escollos.
De pronto, un dedo de luz cegadora quebró la oscuridad y cayó sobre ellos.
—¡Detengan la embarcación! ¡Alto a la Guardia Civil!
—Insh’Allah —respondió Hassan, patrón de la patera “Al—Ghul”, virando hacia los escollos.
Mea culpa - 08/08/04
Por celos empujé a Talo desde lo alto de la Acrópolis. Años más tarde, por ellos grité: “¡Vuela sin miedo! ¡Más alto, Ícaro, más alto!”. Claro está que somos nosotros, los supervivientes, quienes escribimos la historia.
Dánae y la lluvia - 07/08/04
Hace mucho que se deshizo de la reproducción barata del Klimt que tanto le gustaba. Que lluevan monedas o tarjetas VISA, se resigna Clara, mientras resbalan por sus mejillas gruesas lágrimas amarillas.
De la burla divina - 06/08/04
Cada mañana, por millones toman sus armas para disputarse a muerte un lugar bajo el sol. De noche, los que triunfan y los que son debelados retornan juntos al gran salón de las quinientas cuarenta puertas.
Acá en la tierra, como ahí en Valhalla, sabemos que nada nos espera tras el día del último combate cósmico.
Acá en la tierra, como ahí en Valhalla, sabemos que nada nos espera tras el día del último combate cósmico.
Confesiones en el canal 5 - 02/08/04
—¡Hola, holita, telepillines! —chilló la presentadora, maquillada hasta el desvarío—. Hoy tendremos en nuestro programa a Ariadna, veinticinco añitos, con una tristísima historia que contarnos.
El regidor levantó el cartel de “Aplauso”.
—Hemos traído además a Teseo —continuó la locutora con una mueca cómplice—, ex noviete de nuestra invitada y militar profesional. ¡Un bombonazo, tías!
El público aplaudió de nuevo a la señal.
—Y como no hay dos sin tres, aparecerá como invitada sorpresa… ¡Fedra! Hermana de Ariadna y actual compañera sentimental de Teseo. ¡Uuuuuh! ¡Espero que la tarde no acabe en tragedia!
El regidor levantó el cartel de “Aplauso”.
—Hemos traído además a Teseo —continuó la locutora con una mueca cómplice—, ex noviete de nuestra invitada y militar profesional. ¡Un bombonazo, tías!
El público aplaudió de nuevo a la señal.
—Y como no hay dos sin tres, aparecerá como invitada sorpresa… ¡Fedra! Hermana de Ariadna y actual compañera sentimental de Teseo. ¡Uuuuuh! ¡Espero que la tarde no acabe en tragedia!
Siringa - 01/08/04
Pan (por Pantaleón) Martínez, renombrado fabricante de instrumentos de viento, se inclinó sobre la mesa de su taller. A su izquierda, se alineaban limas, buriles y trépanos; a su derecha, radios, cúbitos, tibias y fémures.
—Sonarás bien, mi pequeña ninfa —musitó el asesino— y la música de tus huesos hará que te olvide.
—Sonarás bien, mi pequeña ninfa —musitó el asesino— y la música de tus huesos hará que te olvide.
Sur (A través de África) - 19/07/04 (Lipotexto)
Un bus, su runrún.
Murzuq
Cuscús. Tu tul, Ruth.
Nguru.
Pus, un gurú Hutu, su vudú.
Un ñu, un zulú.
¡Sur!
Murzuq
Cuscús. Tu tul, Ruth.
Nguru.
Pus, un gurú Hutu, su vudú.
Un ñu, un zulú.
¡Sur!
Bis (Del diario de Noé) - 18/07/04 (Lipotexto)
i) Mil chirimiris sin fin: ni bikini chiquitín y pillín, ni bici, ni ibis.
ii) Fingí vivir sin mi gin. Incivil y gilí, dimití. ¡Chinchín, Lilith!
ii) Fingí vivir sin mi gin. Incivil y gilí, dimití. ¡Chinchín, Lilith!
Son torvo con comodoro - 17/07/04 (lipotexto)
No sollozo con dolor, sólo con hondos tonos.
Rolo por los pontos, son como pozos monos.
Coro corso (molto mosso):
“¡Cómo molo!”
Sondo fondos lodosos, doblo Hornos solo.
Tronos moros o toscos zocos robo con dolo.
Coro corso (dos con motto):
“¡Cómo molo, cómo molo!”
No sorbo grog oloroso, no tomo orondos gorgojos.
Sólo soplo ron con gozo, sólo como corzos cojos.
Coro corso (ronco, non troppo):
“¡Cómo molo!”
Compro cocos con oro, como vos Don Colón,
o compro roncos loros rojos con otro doblón.
Como colofón (ojo, todos):
“¡Cómo molo, comodoro!”
Rolo por los pontos, son como pozos monos.
Coro corso (molto mosso):
“¡Cómo molo!”
Sondo fondos lodosos, doblo Hornos solo.
Tronos moros o toscos zocos robo con dolo.
Coro corso (dos con motto):
“¡Cómo molo, cómo molo!”
No sorbo grog oloroso, no tomo orondos gorgojos.
Sólo soplo ron con gozo, sólo como corzos cojos.
Coro corso (ronco, non troppo):
“¡Cómo molo!”
Compro cocos con oro, como vos Don Colón,
o compro roncos loros rojos con otro doblón.
Como colofón (ojo, todos):
“¡Cómo molo, comodoro!”
El niño omnipotente - 16/07/04
Érase una vez un niño que todo lo podía: fue astronauta obrero, político sabio, filósofo millonario y muchas otras insensateces.
Murió de éxito, a la avanzada edad de ciento ochenta y cuatro años, porque así lo quiso.
Murió de éxito, a la avanzada edad de ciento ochenta y cuatro años, porque así lo quiso.
Un cuento mayúsculo - 16/07/04
Érase una vez un cuentazo, de esos que te hacen pasar un buen rato. Era ágil como un lagarto de verano, alegre como un grito de patio de escuela y misterioso como un regalo de cumpleaños. También un poco turulato y algo desmañado, que yo nunca te engaño.
Te lo contaría, de verdad, ¡si pudiera recordarlo!
Ay sí, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Te lo contaría, de verdad, ¡si pudiera recordarlo!
Ay sí, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
El niño cuyas pisadas no se oían - 15/07/04
Érase una vez un niño que no hacía ruido al caminar, no lo hacía al correr ni tampoco al saltar. Sus padres, preocupados, le llevaron al doctor.
—Habrá que recurrir a una terapia de choque —dijo muy serio el galeno— así que le recetaré diez clases de claqué. ¿Cómo dijeron que se llama el paciente?
—Se llama Fred, doctor —dijo la madre angustiada— Fred Astaire.
—Habrá que recurrir a una terapia de choque —dijo muy serio el galeno— así que le recetaré diez clases de claqué. ¿Cómo dijeron que se llama el paciente?
—Se llama Fred, doctor —dijo la madre angustiada— Fred Astaire.
El Ojo de Dios - 15/07/04
Érase una vez unos científicos que decidieron construir el telescopio más potente del mundo. Con él podrían ver el principio de los tiempos, el Gran Estallido que dio origen al universo que habitamos. Al ingenio le llamarían “el Ojo de Dios”.
Cuando entró en servicio, se reveló un problema inesperado: los astrónomos enloquecían al mirar a través del ocular. Perdieron a cuatro de ellos sin descubrir la causa.
Un día, el hijo de cinco años de uno de los investigadores, sin que nadie pudiera evitarlo, aprovechó un descuido de su padre y acercó su ojo al visor del telescopio. Un grito ahogado brotó de los presentes; pero el niño se volvió y exclamó:
—¡Papi, en este tubo hay un señor jugando a los dados!
Cuando entró en servicio, se reveló un problema inesperado: los astrónomos enloquecían al mirar a través del ocular. Perdieron a cuatro de ellos sin descubrir la causa.
Un día, el hijo de cinco años de uno de los investigadores, sin que nadie pudiera evitarlo, aprovechó un descuido de su padre y acercó su ojo al visor del telescopio. Un grito ahogado brotó de los presentes; pero el niño se volvió y exclamó:
—¡Papi, en este tubo hay un señor jugando a los dados!
El niño al que no le gustaban los cuentos - 14/07/04
Érase una vez un niño al que no le gustaban los cuentos.
No le mecieron con ellos y, al crecer, gritó de angustia y lloró. Los cuentos no le ahogaron la pena ni taponaron sus lágrimas.
Muerto, desafiante puño descarnado, se blanqueó al sol de los hombre libres.
Sobre un poema de León Felipe:
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
No le mecieron con ellos y, al crecer, gritó de angustia y lloró. Los cuentos no le ahogaron la pena ni taponaron sus lágrimas.
Muerto, desafiante puño descarnado, se blanqueó al sol de los hombre libres.
Sobre un poema de León Felipe:
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
Cuento circular para niños aburridos - 14/07/04
Erase una vez un niño aburrido al que se le ocurrió una idea brillante, redonda como un anillo de oro.
Tan aburrido estaba que no sabía qué hacer con ella, así que la arrugó, la tiró al suelo y le dio de patadas hasta convertirla en una pelota de golf.
Con el último golpe la envió hacia el cielo, en un lanzamiento perfecto más allá de las nubes. Era tal la velocidad que el aire acabó ahondando las abolladuras y la pelota lucía como un hermoso queso de Gruyère.
El queso no detuvo su ascenso hasta salir al espacio exterior, donde se tornó en cometa de rica y cremosa cabellera peinada por el Sol. Tanto voló que llegó hasta Saturno creando un nuevo anillo de oro a su alrededor.
Y es allí, como todo el mundo sabe, donde duermen las buenas ideas, antes de regresar a la Tierra y visitar a los niños que se aburren.
Tan aburrido estaba que no sabía qué hacer con ella, así que la arrugó, la tiró al suelo y le dio de patadas hasta convertirla en una pelota de golf.
Con el último golpe la envió hacia el cielo, en un lanzamiento perfecto más allá de las nubes. Era tal la velocidad que el aire acabó ahondando las abolladuras y la pelota lucía como un hermoso queso de Gruyère.
El queso no detuvo su ascenso hasta salir al espacio exterior, donde se tornó en cometa de rica y cremosa cabellera peinada por el Sol. Tanto voló que llegó hasta Saturno creando un nuevo anillo de oro a su alrededor.
Y es allí, como todo el mundo sabe, donde duermen las buenas ideas, antes de regresar a la Tierra y visitar a los niños que se aburren.
Eminencia gris - 13/07/04
Érase una vez que se era, aunque él sabía que aquello nunca fue lo que aparentaba ser.
Travesuras - 13/07/04
—¿Puedo salir a jugar, mamá?
—Sí, pero no te alejes, que el sol ya no luce.
Por el vano de la puerta el crío asoma. ¡Qué negra está la noche oscura! Saca primero un pie, después la pierna entera. Acaricia las sombras con sus brazos tendidos.
El tiempo vuela y de casa le reclaman.
Pero el niño no contesta, duerme junto al portal. Sus labios, tiznados; en el cielo roto, un mordisco de luna y pellizcos de estrellas.
—¡Comiste noche, Alonso! —exclama la madre—. ¡A la cama sin cenar!
—Sí, pero no te alejes, que el sol ya no luce.
Por el vano de la puerta el crío asoma. ¡Qué negra está la noche oscura! Saca primero un pie, después la pierna entera. Acaricia las sombras con sus brazos tendidos.
El tiempo vuela y de casa le reclaman.
Pero el niño no contesta, duerme junto al portal. Sus labios, tiznados; en el cielo roto, un mordisco de luna y pellizcos de estrellas.
—¡Comiste noche, Alonso! —exclama la madre—. ¡A la cama sin cenar!
Quetzalcoatl en los infiernos - 12/07/04
Llora la noche sobre Hernán, que llueve penas en la laguna; ahí reposan sus hermanos, lastrados de oro y ligeros de vida.
El triunfo de Poseidón - 11/07/04
Cuando llueve a mares, ríe el señor de los océanos. Las sirenas juegan a ser mujeres en las playas; las mujeres, a ser sirenas en las calles; y los hombres, marinos o de tierra adentro, están condenados al naufragio.
Goteras - 10/07/04
Del diluvio de palabras me alcanza un tenue “parece que no escuchas, Marcos”. Nadie es perfecto y, al igual que no existe la impermeabilidad absoluta, de vez en cuando se cuelan en mi mente los desagradables graznidos de mis congéneres. No creo estar loco, no, es sólo que no me interesa lo que dicen. Tampoco odio el lenguaje. De hecho, he creado algunos vocablos de los que me siento orgulloso, como “autisano”, una contracción de artesano del autismo.
“Marcos, eres imposible”
Menuda gaita, tendré que revisar mi estanqueidad mental. Me largo a la calle, con la que está cayendo, y me quedaré de pie, bajo esa otra lluvia que limpia el aire de sonidos humanos.
“Marcos, eres imposible”
Menuda gaita, tendré que revisar mi estanqueidad mental. Me largo a la calle, con la que está cayendo, y me quedaré de pie, bajo esa otra lluvia que limpia el aire de sonidos humanos.
“Guirimiri” - 09/07/04
Nuestros visitantes britanos dicen que les llueven gatos y perros. Yo no digo que no sea verdad, Dios me libre, pues cosas más extrañas hemos visto caer del cielo: renacuajos, ranas creciditas e incluso sardinas y, aunque casi siempre llueve sólo agua barrosa, cuatro ingleses no harán un Londres de este villorrio.
Además, Melitón vino el jueves de la niebla contando no sé qué de los guiris y una sopa de guisantes. Te lo digo, alcalde, por si tú, que tienes amigos influyentes, puedes hacer que al menos llueva al gusto de los lugareños y no de unos anglosajones descoloridos. Tú ya me entiendes.
Además, Melitón vino el jueves de la niebla contando no sé qué de los guiris y una sopa de guisantes. Te lo digo, alcalde, por si tú, que tienes amigos influyentes, puedes hacer que al menos llueva al gusto de los lugareños y no de unos anglosajones descoloridos. Tú ya me entiendes.
Monte Nebo - 08/07/04
Desde la cima del Pasga, Moisés y Josué contemplan la Tierra Prometida. Hay ambición indisimulada en los ojos del más joven y alivio en la mirada del anciano.
—Es una lástima que el Señor no te permita acompañarnos, amigo mío.
“Tanta angustia y miedo ante el poder de Egipto, los gemidos de sus primogénitos cada noche en mis pesadillas, desiertos inacabables, la ingratitud del pueblo, el aterrador enojo divino”, repasa Moisés.
—¿Sabes, Josué? No sé qué tal os irá en esa tierra, pero lo que mal empieza…
—Es una lástima que el Señor no te permita acompañarnos, amigo mío.
“Tanta angustia y miedo ante el poder de Egipto, los gemidos de sus primogénitos cada noche en mis pesadillas, desiertos inacabables, la ingratitud del pueblo, el aterrador enojo divino”, repasa Moisés.
—¿Sabes, Josué? No sé qué tal os irá en esa tierra, pero lo que mal empieza…
El emperador de la dieta - 07/07/04
Nada me distinguía de los míos. Nada, hasta el día en que William me descubrió entre su basura e improvisó: “Puede un hombre pescar con el gusano que comió de un rey y comerse el pez que se nutrió del gusano.”
Viajando en su zurrón camino del embarcadero, mis anillos se hincharon de gozo al escuchar “lo que puede ser el viaje de un rey por las tripas de un pordiosero”.
Viajando en su zurrón camino del embarcadero, mis anillos se hincharon de gozo al escuchar “lo que puede ser el viaje de un rey por las tripas de un pordiosero”.
Gráficas con M de Muerte - 05/07/04
A.W.
Fue un niño judío asesinado por los nazis.
Fue un niño judío asesinado.
Fue un niño judío.
Fue un niño.
M.M.
Fue un niño.
Fue un niño palestino.
Fue un niño palestino asesinado.
Fue un niño palestino asesinado por los judíos.
T.K.
Fue un niño kurdo asesinado por los iraquíes.
Fue un niño kurdo asesinado.
Fue un niño kurdo.
Fue un niño.
H.F.
Fue un niño.
Fue un niño iraquí.
Fue un niño iraquí asesinado.
Fue un niño iraquí asesinado por los estadounidenses.
Fue un niño judío asesinado por los nazis.
Fue un niño judío asesinado.
Fue un niño judío.
Fue un niño.
M.M.
Fue un niño.
Fue un niño palestino.
Fue un niño palestino asesinado.
Fue un niño palestino asesinado por los judíos.
T.K.
Fue un niño kurdo asesinado por los iraquíes.
Fue un niño kurdo asesinado.
Fue un niño kurdo.
Fue un niño.
H.F.
Fue un niño.
Fue un niño iraquí.
Fue un niño iraquí asesinado.
Fue un niño iraquí asesinado por los estadounidenses.
Ayick, Erik - 05/07/04
(1934—1968) Noruego, explorador ártico. Contemporáneo de su compatriota Lars Trönsen (ver), que llegó al Polo Norte calzando zapatos de tacón, Ayick alcanzó en 1957 el mismo objetivo. Su variante consistió en unos zapatos de suela de hierro que, al tumbarse en la nieve y por efecto del magnetismo terrestre, le arrastraron 1.528 km hasta su meta. Casado con Ingrid Lindstrom, hija del magnate siderúrgico sueco K. Lindstrom, murió obviamente sin descendencia.
Secretos - 04/07/04
—Te quiero.
—No, no me quieres.
—Te quiero con toda mi alma.
—Tú no tienes alma.
—Aún así, te deseo.
—Pero, ¿qué estás diciendo? ¡Soy tu padre!
—¡Papá! ¿Eres tú?
—¡Aparta monstruo! ¡Degenerado!
—Papi, no soy un monstruo…
—Como me llamo Frankestein que sí lo eres.
—No, no me quieres.
—Te quiero con toda mi alma.
—Tú no tienes alma.
—Aún así, te deseo.
—Pero, ¿qué estás diciendo? ¡Soy tu padre!
—¡Papá! ¿Eres tú?
—¡Aparta monstruo! ¡Degenerado!
—Papi, no soy un monstruo…
—Como me llamo Frankestein que sí lo eres.
Venecia sin ti (Rondó veneciano) - 03/07/04
“O sole mio sta 'nfronte a te!”
—¡Qué bien canta el gondolero, cariño! —dijo ella—, aunque me inquieta no ver casas a orillas del canal.
Su acompañante pensó que había valido la pena sobornar a Caronte, diez dracmas en lugar del óbolo, por el extra musical.
—Pero no llores, Gustavo —prosiguió la mujer—, aún así es un viaje espléndido.
Una gota veneciana rodaba entre las cuencas vacía de la Muerte disfrazada de su marido, enamorada de tanto rondarla.
—¡Qué bien canta el gondolero, cariño! —dijo ella—, aunque me inquieta no ver casas a orillas del canal.
Su acompañante pensó que había valido la pena sobornar a Caronte, diez dracmas en lugar del óbolo, por el extra musical.
—Pero no llores, Gustavo —prosiguió la mujer—, aún así es un viaje espléndido.
Una gota veneciana rodaba entre las cuencas vacía de la Muerte disfrazada de su marido, enamorada de tanto rondarla.
martes, 20 de noviembre de 2007
Bella heredera - 02/07/04
Él, un joven valor en alza. Ella, una niña rica, contoneándose de un lado a otro con esos movimientos tan bancarios.
Dicen que se casaron por interés, pero no concedamos crédito a tal rumor.
Dicen que se casaron por interés, pero no concedamos crédito a tal rumor.
Náufragos - 20/06/04
Hay colillas humanas que varan muertas en nuestras playas. Tal vez cada filtro abandonado en la arena es una lápida.
Humpty Dumpty - 15/06/04
—A tu abuelo le mató la nicotina— le explicaba la vieja mientras él veía a sus hermanos hurtar cigarrillos para jugar a los suicidas—, y a tu tío, el del pueblo, casi le tumba una bala de la Guardia Civil mientras huía de noche con un fardo de rubio de contrabando a la espalda.
Ya de mayor, descubrió que los policías velaban por el lucrativo negocio tabaquero del Estado, principal ejecutor de la segregación de los fumadores. "Logimprensible", decidió.
La estética del acto de fumar se la revelaron Rachel, la replicante envuelta en su propia bruma, y Ripley, sentada pensativa en el puente de mando del "Nostromo". Pero en la vida real, cuando el aroma acre llegaba hasta su nariz, se veía a si mismo nadando en una charca repleta de colillas. Seducido un día por un cóctel de morbo y rechazo, besó a una empleada del corrillo que
se veía obligado a salir a la calle para entregarse a su vicio. "Morbichazo", saboreó.
—Cuando estoy acompañada, ya no sé que hacer con mis manos sin un cigarrillo entre ellas— le confesaba ella después de dejarlo. Él, desde lo alto de su muro, sin ningún ejército que le viniera a recoger, no atinaba a indultar o a condenar esa súbita debilidad. Ni siquiera lograba una mini decente. "Humitativo", estaba.
Ya de mayor, descubrió que los policías velaban por el lucrativo negocio tabaquero del Estado, principal ejecutor de la segregación de los fumadores. "Logimprensible", decidió.
La estética del acto de fumar se la revelaron Rachel, la replicante envuelta en su propia bruma, y Ripley, sentada pensativa en el puente de mando del "Nostromo". Pero en la vida real, cuando el aroma acre llegaba hasta su nariz, se veía a si mismo nadando en una charca repleta de colillas. Seducido un día por un cóctel de morbo y rechazo, besó a una empleada del corrillo que
se veía obligado a salir a la calle para entregarse a su vicio. "Morbichazo", saboreó.
—Cuando estoy acompañada, ya no sé que hacer con mis manos sin un cigarrillo entre ellas— le confesaba ella después de dejarlo. Él, desde lo alto de su muro, sin ningún ejército que le viniera a recoger, no atinaba a indultar o a condenar esa súbita debilidad. Ni siquiera lograba una mini decente. "Humitativo", estaba.
Círculo vicioso - 10/06/04
Atraído por la profunda inspiración, el anillo de fuego dejó a su paso una débil estructura grisácea que se desplomó a tierra.
—Cuantos más me fumo, a menos me saben —se quejó el Diablo.
Mientras, una brigada de afanosos demonios menores recogía las cenizas que se acumulaban junto al trono. Los restos, debidamente empacados y etiquetados, se vendían a los cultivadores de tabaco de la superficie quienes, a su vez, los hacían pasar por materia prima de primera calidad ante las tabacaleras. La creciente plusvalía de éstas últimas era reinvertida por completo en publicidad.
—El negocio va viento en popa, Pedrito —reconocía Dios ante su portero, mientras clasificaba al por mayor el incesante flujo de ánimas.
—Ha llegado la última remesa de deportados del Cielo, su satánica majestad —informaba en ese mismo momento un edecán infernal.
—Pásame unos pocos, a ver si ha mejorado la calidad —suspiró con desgana el Maligno, encendiendo la melena de una condenada chillona—. Lo dicho, cuantos más me fumo, a menos me saben.
—Cuantos más me fumo, a menos me saben —se quejó el Diablo.
Mientras, una brigada de afanosos demonios menores recogía las cenizas que se acumulaban junto al trono. Los restos, debidamente empacados y etiquetados, se vendían a los cultivadores de tabaco de la superficie quienes, a su vez, los hacían pasar por materia prima de primera calidad ante las tabacaleras. La creciente plusvalía de éstas últimas era reinvertida por completo en publicidad.
—El negocio va viento en popa, Pedrito —reconocía Dios ante su portero, mientras clasificaba al por mayor el incesante flujo de ánimas.
—Ha llegado la última remesa de deportados del Cielo, su satánica majestad —informaba en ese mismo momento un edecán infernal.
—Pásame unos pocos, a ver si ha mejorado la calidad —suspiró con desgana el Maligno, encendiendo la melena de una condenada chillona—. Lo dicho, cuantos más me fumo, a menos me saben.
Ella - 14/05/04
Mi mayor tesoro: su caminar, como el de la gata que observo desde la ventana. En el pasado, ella respiraba con las olas y sólo con recostarse en la arena mi mente volaba. Pensé en desandar la historia y no alimentar lo imposible. Pero aún hoy, cuando corre la brisa por su piel, baja maltrecho mi escudo.
Un esfuerzo, abrir el campo de visión, callar, fingir, ¡conservar la calma! Despojarse uno de lo que parecía recibir de ella y, a un tiempo, extender a la vida entera el placer que bebía de su cuerpo soñado al caer la noche.
Un esfuerzo, abrir el campo de visión, callar, fingir, ¡conservar la calma! Despojarse uno de lo que parecía recibir de ella y, a un tiempo, extender a la vida entera el placer que bebía de su cuerpo soñado al caer la noche.
Involución - 10/05/04
Un buen día, harto de la paz de los sordos, se lanzó con las alas recogidas hacia el valle de lágrimas. En su vertiginosa caída, fue perdiendo plumas y se le encostró la piel inmaculada. Cuando el impacto con la superficie le zambulló en tierra húmeda, olorosa de vida y muerte, el ahora armadillo gruñó de placer olvidando de donde venía.
Quid pro quo - 07/05/04
El ángel callejeaba perseguido por las dudas sobre su competencia profesional y por la tentación de colgar las alas y retirarse a las nubes del Trópico.
—¡Pssst! Tú... Sí, sí, a ti te lo digo —La voz provenía de un armadillo de mirada torva que se apoyaba en la esquina de un callejón.
—Adivino tu pensamiento, palomita —continuó el animal—, y te ofrezco el triunfo que deseas: mis colegas han cavado una galería hasta el Averno por la que podrías rescatar a unas cuantas almas perdidas.
—¿Y qué me pedirás a cambio, indigno mamífero, si acepto tu propuesta? –preguntó, entre cauteloso y altivo, el querubín.
Al día siguiente, avalado por el éxito de la fuga de cincuenta y tres ánimas en pena, el ángel aprovechó su discurso ante el Consejo Celestial para presentar “su” invento: el charango eléctrico.
—¡Pssst! Tú... Sí, sí, a ti te lo digo —La voz provenía de un armadillo de mirada torva que se apoyaba en la esquina de un callejón.
—Adivino tu pensamiento, palomita —continuó el animal—, y te ofrezco el triunfo que deseas: mis colegas han cavado una galería hasta el Averno por la que podrías rescatar a unas cuantas almas perdidas.
—¿Y qué me pedirás a cambio, indigno mamífero, si acepto tu propuesta? –preguntó, entre cauteloso y altivo, el querubín.
Al día siguiente, avalado por el éxito de la fuga de cincuenta y tres ánimas en pena, el ángel aprovechó su discurso ante el Consejo Celestial para presentar “su” invento: el charango eléctrico.
Penitencia - 05/05/04
Al alba, el beso solar arranca un crujido del caparazón del armadillo, la coraza se abre como una flor y los pétalos correosos se despliegan despidiendo gotas de rocío. Con lentitud, las escamas se afinan hasta convertirse en plumas y las garras pierden filo y fuerza. De los ojillos casi superfluos del animal brota una luz que parece volverse sobre si misma y adquirir un lustre atemporal.
Completada la metamorfosis, el ángel se eleva a los cielos con la esperanza de haber expiado su pecado de soberbia.
Completada la metamorfosis, el ángel se eleva a los cielos con la esperanza de haber expiado su pecado de soberbia.
Predicción - 04/05/04
El ángel descendió sobre la calzada junto a los despojos del armadillo y, como arúspice del Señor, leyó el porvenir en el amasijo de tripas.
Al erguirse, contempló la gran cantidad de criaturas aplastadas que yacían en la carretera. No le hizo falta volar hasta ellas para conocer el futuro del Hombre.
Al erguirse, contempló la gran cantidad de criaturas aplastadas que yacían en la carretera. No le hizo falta volar hasta ellas para conocer el futuro del Hombre.
Retoques - 03/05/04
—¿Y decís que yo creé un ser nocturno, de lengua larga y con un pene que mide lo que la tercera parte de su cuerpo? Seis días… ¡Eso pasa por trabajar con prisas! Seguro que es cosa de las subcontratas.
A la mañana siguiente y por orden divina, el la menor con séptima de los flamantes charangos angélicos anunciaba la extinción de las mulitas.
A la mañana siguiente y por orden divina, el la menor con séptima de los flamantes charangos angélicos anunciaba la extinción de las mulitas.
Poliembrionía - 02/05/04
—¡Salve, armadillo! —dijo Gabriel—, he venido a anunciarte que alumbrarás al Mesías.
—Pero si todo el mundo sabe que parimos cuatro crías idénticas —replicó la hembra—, ¿cómo lo distinguirán?
—Modestia aparte —el Arcángel sonrió—. Éste es el Plan Divino: uno de tus hijos será crucificado, muerto y sepultado; otro se aparecerá a los tres días.
—¿Y los demás?
—Siempre hay un plan B, querida.
—Pero si todo el mundo sabe que parimos cuatro crías idénticas —replicó la hembra—, ¿cómo lo distinguirán?
—Modestia aparte —el Arcángel sonrió—. Éste es el Plan Divino: uno de tus hijos será crucificado, muerto y sepultado; otro se aparecerá a los tres días.
—¿Y los demás?
—Siempre hay un plan B, querida.
Maldición - 01/05/04
—…y medrarás de noche —prosiguió Dios— y padecerás la lepra de los hombres y de tu estirpe harán instrumentos musicales.
—No veas la que le está cayendo al armadillo por ayudar al Caído a excavar el Averno— susurró San Miguel al colega recién llegado.
—¡Ah, se me olvidaba! —Jehová sonrió—. Y serás cazado con métodos infames que arruinarán tu ano.
—No veas la que le está cayendo al armadillo por ayudar al Caído a excavar el Averno— susurró San Miguel al colega recién llegado.
—¡Ah, se me olvidaba! —Jehová sonrió—. Y serás cazado con métodos infames que arruinarán tu ano.
Brizna - 30/04/04
Tomada de la mies madura por tus dedos, me enamoré de ti mientras me bailabas entre lengua y labios. Una sonrisa me precipitó al escote y resbalé soñando ser atlante de tus senos. He visto el centro de la tierra bajo una caverna de algodón, barba de ballena sumida en el mar que encierran tus muslos.
Nunca permitas que el viento nos aleje.
Nunca permitas que el viento nos aleje.
Memento - 19/04/04
“Recuerda la última.
No más amores.”
Siete de la mañana. Mientras prepara una tostada, Juan asiente por enésima vez ante la nota pegada con imanes al frigorífico.
No más amores.”
Siete de la mañana. Mientras prepara una tostada, Juan asiente por enésima vez ante la nota pegada con imanes al frigorífico.
Sincronía - 11/04/04
Como cada noche, Andrés saca la basura al patio y se detiene a contemplar el cielo. Su teléfono y su corazón vibran con el mensaje de ella: “¿Has visto qué sola está la luna?”
Ya en casa, junto a su esposa, piensa en su último y definitivo amor, tan lejano en el hogar de otro hombre.
Ya en casa, junto a su esposa, piensa en su último y definitivo amor, tan lejano en el hogar de otro hombre.
Meses después - 25/03/04
Ana esparce sobre la alfombra del salón los documentos que ha traído del despacho. Hay nóminas, contratos, comunicados bancarios, facturas. A éstas las ordena con esmero: de la tienda de muebles, de las cortinas del dormitorio, del gas y también del agua. Observa que los consumos han bajado en los últimos meses.
—Claro, ahora, estando sola —explica al arco iris de papel.
Pasa sus manos sobre ellos. Cada uno, un momento de su vida. Los impresos parecen arremolinarse, envalentonados y pegajosos. Justo cuando van a cerrar su abrazo, Ana se recupera y abre camino blandiendo la carpeta “Gastos sepelio / Indemnizaciones”.
—Claro, ahora, estando sola —explica al arco iris de papel.
Pasa sus manos sobre ellos. Cada uno, un momento de su vida. Los impresos parecen arremolinarse, envalentonados y pegajosos. Justo cuando van a cerrar su abrazo, Ana se recupera y abre camino blandiendo la carpeta “Gastos sepelio / Indemnizaciones”.
Experto - 03/04/04
—Si un día mi alma no se sacude al verte es porque estaré muerto.
—Entonces —repuso ella—, ¿por qué me abandonas?
—Para que la rutina no estropee un sentimiento tan grato, amor.
—Entonces —repuso ella—, ¿por qué me abandonas?
—Para que la rutina no estropee un sentimiento tan grato, amor.
Método - 10/03/04
—Bueno —le contestó Alonso, sonriéndole—, es un comienzo.
—Curiosa forma de escribir un relato —comentó, siempre sarcástica, Elena.
Él tiró de la cuartilla en la que había tecleado “FIN” y la depositó sobre un montón de hojas en blanco.
—Curiosa forma de escribir un relato —comentó, siempre sarcástica, Elena.
Él tiró de la cuartilla en la que había tecleado “FIN” y la depositó sobre un montón de hojas en blanco.
Fuga - 09/03/04
La iglesia misma parece estremecerse al son de “La muerte no es el final”.
—Requiescat in pacem, David —dice el grave sacerdote.
—¡A ver si es verdad! —responde con devoción el aludido mientras salta del ataúd y emprende la huida.
—Requiescat in pacem, David —dice el grave sacerdote.
—¡A ver si es verdad! —responde con devoción el aludido mientras salta del ataúd y emprende la huida.
Battersea Power Station - 08/03/04
Tres hombres discutían en la cocina de un puesto de comida rápida del nuevo centro comercial.
—Pero, ¿cómo es posible? –se ensañaba el encargado—. ¿Insistes en que un cerdo salió volando de una de las chimeneas?
—Sí, de las chimeneas de la fachada principal, salió de la que queda a la izquierda —explicó el joven de uniforme—. A la izquierda según se entra, sí.
—Bueno, hijo —terció el gerente, que había permanecido en silencio hasta ese momento—. Es todo. Siga con su trabajo y ni una palabra a nadie.
El chico miró a uno y a otro y, sin añadir nada más, salió de la cocina en dirección al atestado mostrador.
—Bobby, ¿no le habrás dejado comer de lo de aquí, verdad? —preguntó el gerente.
—En absoluto, jefe. Saben que está estrictamente prohibido.
—Me voy. Ten los ojos abiertos —El gerente empezó a abotonarse el abrigo—. Y despídele dentro de unas cuantas semanas, cuando ya nadie se acuerde de esto.
—Pero, ¿cómo es posible? –se ensañaba el encargado—. ¿Insistes en que un cerdo salió volando de una de las chimeneas?
—Sí, de las chimeneas de la fachada principal, salió de la que queda a la izquierda —explicó el joven de uniforme—. A la izquierda según se entra, sí.
—Bueno, hijo —terció el gerente, que había permanecido en silencio hasta ese momento—. Es todo. Siga con su trabajo y ni una palabra a nadie.
El chico miró a uno y a otro y, sin añadir nada más, salió de la cocina en dirección al atestado mostrador.
—Bobby, ¿no le habrás dejado comer de lo de aquí, verdad? —preguntó el gerente.
—En absoluto, jefe. Saben que está estrictamente prohibido.
—Me voy. Ten los ojos abiertos —El gerente empezó a abotonarse el abrigo—. Y despídele dentro de unas cuantas semanas, cuando ya nadie se acuerde de esto.
Papiroflexia - 05/03/04
La princesa espera y espera. El dragón, un ojo abierto, sonríe dagas de marfil.
—¡Socorredme, estoy presa en la torre del castillo! —Había releído ella en el avioncito antes de lanzarlo a través de una barbacana.
Cuando la flecha de de papel rozó las quietas aguas del foso, una llamarada la convirtió en nubes de ceniza y vapor.
—¡Socorredme, estoy presa en la torre del castillo! —Había releído ella en el avioncito antes de lanzarlo a través de una barbacana.
Cuando la flecha de de papel rozó las quietas aguas del foso, una llamarada la convirtió en nubes de ceniza y vapor.
Semilla - 04/03/04
“… la nave está en rumbo de colisión con el tercer planeta del sistema. Quinientas veintiséis almas a bordo. Despedidnos de nuestras familias. Es el fin.”
—Caballeros, la grabación se detiene aquí —informó el ponente—. Las pruebas de Carbono 14 le otorgan una antigüedad de 75.000 años.
El rumor agitado de los asistentes a la conferencia llenó la sala de congresos.
—¡Pero eso…! —exclamó a medias un caballero de la primera fila.
—Sí, como usted imagina —el orador hizo un ademán para pedir silencio—, este hallazgo zanja la cuestión sobre el origen del hombre.
—Caballeros, la grabación se detiene aquí —informó el ponente—. Las pruebas de Carbono 14 le otorgan una antigüedad de 75.000 años.
El rumor agitado de los asistentes a la conferencia llenó la sala de congresos.
—¡Pero eso…! —exclamó a medias un caballero de la primera fila.
—Sí, como usted imagina —el orador hizo un ademán para pedir silencio—, este hallazgo zanja la cuestión sobre el origen del hombre.
Imprecisión - 03/03/04
—Hola, cielo —dijo ella mientras le apuñalaba.
Al desplomarse con el cazo del caldero aún en sus manos, Julián recordó las palabras finales del conjuro de materialización de la mujer perfecta: “Un aire de misterio, un toque de suficiencia, una pizca de serenidad y una cucharada de peligro.”
—¿Qué hice mal? —gimió.
—Con cuchara de café, idiota, con cuchara de café —le aclaró serena, misteriosa y suficiente.
Al desplomarse con el cazo del caldero aún en sus manos, Julián recordó las palabras finales del conjuro de materialización de la mujer perfecta: “Un aire de misterio, un toque de suficiencia, una pizca de serenidad y una cucharada de peligro.”
—¿Qué hice mal? —gimió.
—Con cuchara de café, idiota, con cuchara de café —le aclaró serena, misteriosa y suficiente.
Castillos en el aire - 02/03/04
—Julia, lo nuestro es imposible.
Afectado por sus propias palabras, Pablo buscó apoyo en el dintel de la puerta de ella. Sabía que una mujer como la que vivía en esa casa jamás aceptaría a un mediocre como él. Había ensayado presentaciones, gestos y miradas mientras la observaba en sus idas y venidas cotidianas. Ese día se armó de valor para dar el primer paso.
Pulsó con suavidad el timbre. Otra vez. La puerta se entreabrió y asomó una joven.
—¿Señorita Julia Gómez?
—Sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Me llamo Pablo García y soy agente comercial de venta de libros a domicilio. Me gustaría ofrecerle nuestra amplia muestra de…
Afectado por sus propias palabras, Pablo buscó apoyo en el dintel de la puerta de ella. Sabía que una mujer como la que vivía en esa casa jamás aceptaría a un mediocre como él. Había ensayado presentaciones, gestos y miradas mientras la observaba en sus idas y venidas cotidianas. Ese día se armó de valor para dar el primer paso.
Pulsó con suavidad el timbre. Otra vez. La puerta se entreabrió y asomó una joven.
—¿Señorita Julia Gómez?
—Sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Me llamo Pablo García y soy agente comercial de venta de libros a domicilio. Me gustaría ofrecerle nuestra amplia muestra de…
Razones - 01/03/04
—¡La asesinaste! –exclamé ante el sangriento espectáculo, y añadí un histérico e innecesario—: ¡Está muerta!
—Sí —él no parecía muy afectado—, suele ocurrir cuando se golpea a alguien con un hacha.
—Pero, ¿por qué lo hiciste?
—Es una larga historia. Te aburriría —en ese momento, su sonrisa torva me caló hasta el alma—, y no quiero darte motivos para matarme…
—Sí —él no parecía muy afectado—, suele ocurrir cuando se golpea a alguien con un hacha.
—Pero, ¿por qué lo hiciste?
—Es una larga historia. Te aburriría —en ese momento, su sonrisa torva me caló hasta el alma—, y no quiero darte motivos para matarme…
Minina - 17/02/04
Mi vida huele a gato aunque entras y sales de ella cuando te da la gana. Me dejas pelos en el asiento del coche y ratones muertos en los bolsillos de la chaqueta. Sólo quería jugar con ellos, me dices, mientras afilas tus uñas contra mi alma.
Pasión - 15/02/04
Soy hombre de poca fe, así que mojé los dedos en la herida abierta y los puse ante mis ojos. Ya ni recordaba la última vez que había sangrado. “Vivo, me siento vivo”, pensé.
—Hijo, estás loco —sentenció mi padre—, te golpeas con el canto de la puerta del coche y encima sonríes.
—Hijo, estás loco —sentenció mi padre—, te golpeas con el canto de la puerta del coche y encima sonríes.
El coleccionista - 14/02/04
Cada mañana, durante las horas de mayor afluencia, Andrés viaja en metro sin rumbo fijo.
El roce y el calor de los cuerpos son la materia prima que nutre las fantasías con las que trenza su vida: “Sí, mamá”, piensa arrimado a una anciana; “No, cariño, hoy no llegaré para la cena”, musita ajustando su cadera a la de una jovencita de buen ver; “Compra, compra” repite para si, adosado a un señor con maletín y corbata.
La gente sacude la cabeza al ver la cara de felicidad de Andrés: es un loco más de la ciudad.
El roce y el calor de los cuerpos son la materia prima que nutre las fantasías con las que trenza su vida: “Sí, mamá”, piensa arrimado a una anciana; “No, cariño, hoy no llegaré para la cena”, musita ajustando su cadera a la de una jovencita de buen ver; “Compra, compra” repite para si, adosado a un señor con maletín y corbata.
La gente sacude la cabeza al ver la cara de felicidad de Andrés: es un loco más de la ciudad.
Despecho - 11/02/04
Te alejas de mí con aires divinos, pero también se arrastran sobre plata las babosas a la luz de la luna.
Despertares - 10/02/04
—Mmm… ¿dónde estoy?
Le pesa tanto la cabeza que María decide permanecer inmóvil en la cama.
Inspira.
—¡Dios! —exclama, mientras se arrepiente de su primera acción del día.
El aire huele a sexo rancio, mezcla de perfumes – reconoce sólo el propio— y a sábanas veteranas, con un leve toque exótico. Es una atmósfera claustrofóbica, de humanidad concentrada.
Y, en efecto, hay vida: alguien se mueve a su lado. Una masa que exhala vapores de ginebra, caries y, como no, curry mal digerido. Muy a su pesar, María abre los ojos. La pestilencia viene servida en una cara abotargada por el sueño y decorada con una calvicie incipiente.
Es demasiado para ella, su segundo arrepentimiento se mezcla con el vómito incontrolado y, de éste, sólo hay un paso a la tercera compunción de la jornada: es su propia colcha.
—Oh, no. En mi casa, no.
Le pesa tanto la cabeza que María decide permanecer inmóvil en la cama.
Inspira.
—¡Dios! —exclama, mientras se arrepiente de su primera acción del día.
El aire huele a sexo rancio, mezcla de perfumes – reconoce sólo el propio— y a sábanas veteranas, con un leve toque exótico. Es una atmósfera claustrofóbica, de humanidad concentrada.
Y, en efecto, hay vida: alguien se mueve a su lado. Una masa que exhala vapores de ginebra, caries y, como no, curry mal digerido. Muy a su pesar, María abre los ojos. La pestilencia viene servida en una cara abotargada por el sueño y decorada con una calvicie incipiente.
Es demasiado para ella, su segundo arrepentimiento se mezcla con el vómito incontrolado y, de éste, sólo hay un paso a la tercera compunción de la jornada: es su propia colcha.
—Oh, no. En mi casa, no.
Virtualidad - 08/02/04
“Carmen acaba de iniciar sesión”
La ventanita de Messenger aparece unos instantes y el corazón del hombre palpita más ligero. Espera a que ella dé señales de vida.
“Hola” (Suspiro de alivio)
“Hola, vida” escribe él.
“¿Cómo estás?”
“Bien. Bueno, cansado, ha sido un día muy largo”
“¿Te apetece un masaje?”
Él no contesta de inmediato, conmovido, mientras las yemas de sus dedos acarician las teclas. La fría pantalla acaba de regalarle lo mejor de la jornada.
La ventanita de Messenger aparece unos instantes y el corazón del hombre palpita más ligero. Espera a que ella dé señales de vida.
“Hola” (Suspiro de alivio)
“Hola, vida” escribe él.
“¿Cómo estás?”
“Bien. Bueno, cansado, ha sido un día muy largo”
“¿Te apetece un masaje?”
Él no contesta de inmediato, conmovido, mientras las yemas de sus dedos acarician las teclas. La fría pantalla acaba de regalarle lo mejor de la jornada.
Banquete Real - 07/02/04
El grupo se sienta alrededor de la mesa dispuesta al aire libre. Preside la Reina, a su lado el Consorte. La conversación, criatura fantástica que se materializa y nutre de las almas de los comensales, nace y cobra fuerza. Intervengo en su gestación pero, poco después, me retiro para observarla mientras adopta las formas cambiantes del fuego de una hoguera.
Mi mente se repliega un poco más hasta que las voces suenan como un rumor lejano e indefinido. Vuelvo mi cabeza hacia la Reina, varios asientos a mi izquierda, y la contemplo. El sol arranca destellos ambarinos de sus ojos, la misma sustancia que remata los intrincados adornos de sus pendientes. Los cabellos castaños desordenados, en contraste con la regularidad de su boca suave. Una boca en la que tantas veces me perdí y que ahora me está prohibida.
Al sentirse observada, el rubor avanza por su piel como sombras de nubes sobre un campo de trigo maduro. Siento vértigo. Estoy en ella y ambos lo sabemos.
Mi mente se repliega un poco más hasta que las voces suenan como un rumor lejano e indefinido. Vuelvo mi cabeza hacia la Reina, varios asientos a mi izquierda, y la contemplo. El sol arranca destellos ambarinos de sus ojos, la misma sustancia que remata los intrincados adornos de sus pendientes. Los cabellos castaños desordenados, en contraste con la regularidad de su boca suave. Una boca en la que tantas veces me perdí y que ahora me está prohibida.
Al sentirse observada, el rubor avanza por su piel como sombras de nubes sobre un campo de trigo maduro. Siento vértigo. Estoy en ella y ambos lo sabemos.
Alegría - 06/02/04
Mis hermanos brillan como clavos negros sobre una inmensa tabla de sal. Suspiros de arena y batir de azagayas, nuestras sonrisas festejan la música de la caza.
La partida sigue un rastro.
La partida sigue un rastro.
Un sendero - 05/02/04
—Verá usted, señoría, tuve una visión la noche anterior al día de autos: un mar colorado y la cabeza de mi jefe clavada en un poste. Mala cosa, pensé al despertar empapado en sudor, muy mala. Y es que yo no soporto la sangre, me da como un temblor en las piernas y me caigo redondo. Así que decidí que si no podía con ellos, me pondría de su lado. El resto es historia.
—¿Y cómo dijiste que te llamabas, escoria?
—Epialtes de Mélide, señoría, hijo de Euridemo.
—¿Y cómo dijiste que te llamabas, escoria?
—Epialtes de Mélide, señoría, hijo de Euridemo.
Pareja con niño - 04/02/04
Ocupan una mesa en la terraza de un bar de la calle mayor, donde compiten el sol invernal y la brisa de montaña. El cochecito de bebé está frente a ellos y el pequeño responde divertido a las carantoñas de su madre
Toman unos cafés y, más tarde, dan un largo paseo por el pueblo hasta detenerse frente a una casa. Se les ve felices, inmersos en una conversación salpicada de risas. Ella abre la puerta y empuja dentro el carrito, él espera.
—¿Me das un beso? —susurra.
—Sí, claro. Aquí —ella no le mira, su rostro vuelto hacia las persianas cerradas de las casas vecinas—. Mi marido no iba a tardar ni un día en enterarse. Además, ya arriesgamos mucho hoy. Debes irte.
Toman unos cafés y, más tarde, dan un largo paseo por el pueblo hasta detenerse frente a una casa. Se les ve felices, inmersos en una conversación salpicada de risas. Ella abre la puerta y empuja dentro el carrito, él espera.
—¿Me das un beso? —susurra.
—Sí, claro. Aquí —ella no le mira, su rostro vuelto hacia las persianas cerradas de las casas vecinas—. Mi marido no iba a tardar ni un día en enterarse. Además, ya arriesgamos mucho hoy. Debes irte.
Añoranza estival - 04/02/04
La playa me recuerda a ti: tus cabellos, los arbustos que me protegen del sol; tu piel, las dunas de arena cálida; tu sexo, las algas rebozadas de sal.
No me atrevo a profanar el agua desde que te fuiste.
No me atrevo a profanar el agua desde que te fuiste.
Náufrago sentimental - 03/02/04
Llegué a esta maldita isla como al mundo, entre dolores de parto y aromas de mujer. Y ya son tres jodidos años en ella, tres años siniestrados en el atolón de tu amor.
Mañana me fugaré de ti, con la marea baja.
Mañana me fugaré de ti, con la marea baja.
Ya no te afeitas para mí - 02/02/04
—Anda, coge la maleta y lárgate. Si es que ya lo decía mi madre: todos los tíos acabáis rascando. Sí, sí, llora, si cuando mejores sois es cuando tratáis de imitarnos. Mírale… ¡capullo!
Palabras - 01/02/04
Las palabras, incandescentes de amor, que vertí en tus oídos se endurecen sobre papeles y pantallas. Ahora que no son más que adornos futiles, te las regalo.
Ojalá se peguen a tu lengua gélida al releerlas sin pasión.
Ojalá se peguen a tu lengua gélida al releerlas sin pasión.
Fumata - 16/01/04
Cuando el vehículo papal apareció ante su cámara de televisión, en pleno centro de la plaza de San Pedro, Victor se desperezó y fijó su somnolienta mirada en el monitor. Registró la panorámica habitual sobre los banderines amarillos y blancos de la muchedumbre mientras seguía el recorrido del auto.
De súbito, una explosión y el coche se desangró como un toro herido, segando la multitud cercana con metralla de acero y cristal. El resplandor dibujó fugaces columnas oscuras en las paredes de la Columnata.
Victor quiso llorar por el ardor de su rostro quemado, pero sus cuencas vacías eran humo blanco y, al caer, de sus labios se escurrió el nuevo sumo Pontífice:
—¡Demonio... !
Sobre: “Fumata” — Autor: mangeclous. 8 de enero de 2004
Dormía sobre la ventana de mi pesadilla cuando un silencio me despertó. Coloqué entonces mis ojos en la cuchara y la dejé en el centro de la plaza.
Los cristales de la cuadriga estallaron en un fuego articial. Los de color grana se clavaron en la multitud sembrando capotes en el suelo. El albor desapareció tras el toro y el mar arropado por el burladero defecó pozos de petróleo.
Quise llorar, pero de las cuencas vacías sólo brotó humo blanco y de mis labios escurrió el nuevo sumo pontífice.
De súbito, una explosión y el coche se desangró como un toro herido, segando la multitud cercana con metralla de acero y cristal. El resplandor dibujó fugaces columnas oscuras en las paredes de la Columnata.
Victor quiso llorar por el ardor de su rostro quemado, pero sus cuencas vacías eran humo blanco y, al caer, de sus labios se escurrió el nuevo sumo Pontífice:
—¡Demonio... !
Sobre: “Fumata” — Autor: mangeclous. 8 de enero de 2004
Dormía sobre la ventana de mi pesadilla cuando un silencio me despertó. Coloqué entonces mis ojos en la cuchara y la dejé en el centro de la plaza.
Los cristales de la cuadriga estallaron en un fuego articial. Los de color grana se clavaron en la multitud sembrando capotes en el suelo. El albor desapareció tras el toro y el mar arropado por el burladero defecó pozos de petróleo.
Quise llorar, pero de las cuencas vacías sólo brotó humo blanco y de mis labios escurrió el nuevo sumo pontífice.
Llamada - 15/01/04
—Hola…
Su voz me sacude. Todas las mariposas que bailaban en mi vientre se me han enredado en el cabello: soy una cometa con el hilo roto.
Ahí arriba, apenas nada; sólo su palabra. Por ahora, no pienso bajar.
Sobre: “Hacia el cielo (no ese) — Autor: size. 1 de octubre de 2003
Hoy solté un poco el hilo de la cometa; el que siempre llevo demasiado sujeto, como para aguantar mi demente intención diferente. Y esperé que subiera la razón despejada a donde no existen malditos y usados murmullos. Me sorprendió saber que el silencio también sabe dibujarme (por ahora no pienso bajar).
Su voz me sacude. Todas las mariposas que bailaban en mi vientre se me han enredado en el cabello: soy una cometa con el hilo roto.
Ahí arriba, apenas nada; sólo su palabra. Por ahora, no pienso bajar.
Sobre: “Hacia el cielo (no ese) — Autor: size. 1 de octubre de 2003
Hoy solté un poco el hilo de la cometa; el que siempre llevo demasiado sujeto, como para aguantar mi demente intención diferente. Y esperé que subiera la razón despejada a donde no existen malditos y usados murmullos. Me sorprendió saber que el silencio también sabe dibujarme (por ahora no pienso bajar).
Seguridad - 14/01/04
Colas a mi alrededor y más colas virtuales en los cristales tintados de las paredes. Control, filtro de pasaportes, declaraciones juradas, detectores térmicos, toma de huellas, fotografía con cara de bueno y mi clasificación como “pasajero verde”.
—¿Qué hago, señor agente, me la coso en el abrigo?
Al tomar un taxi en Llegadas Internacionales, me sorprendo ideando planes de fuga.
—¿Qué hago, señor agente, me la coso en el abrigo?
Al tomar un taxi en Llegadas Internacionales, me sorprendo ideando planes de fuga.
Mensaje en una botella - 14/01/04
A las 3:45 de la madrugada del 4 de enero, a 08º 33’ S 126º 45’ E, el buque sufrió una fuerte sacudida y escoró rápidamente a estribor. Se hundió en pocos minutos con todos los que dormían abajo, salvándonos la dotación de la guardia nocturna: Hans Meier, Markus Prien y yo.
Logramos llegar a la costa asidos a unos grandes baúles, restos de la carga. Contenían zapatos de tacón, inútiles en estas latitudes, y que intentamos hacer pasar por sombreros para comerciar con los indígenas.
Primero se comieron a Hans. Ayer a Markus. Es todo, no tengo más papel que éste. Que Dios se apiade de nuestras almas. Helmut Neuberger, segundo piloto de la “Göttin der Wellen”, 13 de enero de 1887.
Sobre: “Mais cést de la folie, mon capitan!” — Autor: Imago. 20 de septiembre de 2004
... Lo que más me desconcierta es la noble simpleza de estos isleños. También estoy maravillado de la fe con que asumieron esos millares de zapatos de tacón, rescatados del naufragio de la "Göttin der Wellen", como un obsequio de sus deidades.
¡No hay uno sólo, hombre o mujer, que se niegue a usarlos!... y sin embargo hay orden en su fanatismo: ellos portan sólo los derechos; ellas, los izquierdos.
Me imagino el revuelo que causarán en Europa las fotografías... pensaran que las he trucado. ¡Cientos de cabezas aborígenes tocadas con el calzado más fino!
Logramos llegar a la costa asidos a unos grandes baúles, restos de la carga. Contenían zapatos de tacón, inútiles en estas latitudes, y que intentamos hacer pasar por sombreros para comerciar con los indígenas.
Primero se comieron a Hans. Ayer a Markus. Es todo, no tengo más papel que éste. Que Dios se apiade de nuestras almas. Helmut Neuberger, segundo piloto de la “Göttin der Wellen”, 13 de enero de 1887.
Sobre: “Mais cést de la folie, mon capitan!” — Autor: Imago. 20 de septiembre de 2004
... Lo que más me desconcierta es la noble simpleza de estos isleños. También estoy maravillado de la fe con que asumieron esos millares de zapatos de tacón, rescatados del naufragio de la "Göttin der Wellen", como un obsequio de sus deidades.
¡No hay uno sólo, hombre o mujer, que se niegue a usarlos!... y sin embargo hay orden en su fanatismo: ellos portan sólo los derechos; ellas, los izquierdos.
Me imagino el revuelo que causarán en Europa las fotografías... pensaran que las he trucado. ¡Cientos de cabezas aborígenes tocadas con el calzado más fino!
Sangre azul - 13/01/04
—La niña era mona, sí, ¡dura como la piedra en la cintura y deliciosamente blanda ahí donde hace falta! —exclamó el Príncipe mientras se rascaba la entrepierna—. ¿Visteis cómo perdió el zapato al huir?
—Y la habríais atrapado, Alteza, de no haberse cruzado la doncella de vuestra madre…— Añadió entre risas y guiños uno de los cortesanos.
Sobre: “Variación” — Autor: S. M. Hernández. 16 de septiembre de 2003
Mientras la chica espera sentada sobre la calabaza la llegada de un príncipe azul que ya no cree en los cuentos de hadas, el zapato de tacón sigue en la escalinata sin ser reclamado.
—Y la habríais atrapado, Alteza, de no haberse cruzado la doncella de vuestra madre…— Añadió entre risas y guiños uno de los cortesanos.
Sobre: “Variación” — Autor: S. M. Hernández. 16 de septiembre de 2003
Mientras la chica espera sentada sobre la calabaza la llegada de un príncipe azul que ya no cree en los cuentos de hadas, el zapato de tacón sigue en la escalinata sin ser reclamado.
Soledad - 10/01/04
La señora Huxley cosía junto a la ventana cuando escuchó en la radio que el fin del mundo se avecinaba. Dejó su labor y se dirigió al despacho donde su marido llevaba meses encerrado acabando su novela. Una sonrisa cruel se columpiaba en sus labios al gritarle a Aldous:
—¡Amor, dicen las noticias que se viene el fin del mundo!
Sobre: Mundos (para)lelo – Autor: Antígona 25 de Agosto de 2003 a las 11:08
Estaba a punto de concluir su novela cuando una luz funesta estalló sobre el escritorio, que hedía a meses de encierro. La señora Huxley se asomó al despacho gritando:
—¡Amor, dicen las noticias qué se viene el fin del mundo!
Aldous la miró sobresaltado:
—¿Cómo? ¿Hay dos? ¿No es feliz? Déjame solo, querida, que ahora voy a tener que escribir el otro.
—¡Amor, dicen las noticias que se viene el fin del mundo!
Sobre: Mundos (para)lelo – Autor: Antígona 25 de Agosto de 2003 a las 11:08
Estaba a punto de concluir su novela cuando una luz funesta estalló sobre el escritorio, que hedía a meses de encierro. La señora Huxley se asomó al despacho gritando:
—¡Amor, dicen las noticias qué se viene el fin del mundo!
Aldous la miró sobresaltado:
—¿Cómo? ¿Hay dos? ¿No es feliz? Déjame solo, querida, que ahora voy a tener que escribir el otro.
Maelstrom - 09/01/04
Me despojé de mis harapos y, hecho un grano de mí mismo, me aventuré en el océano. El capricho de las mareas me condujo hasta la Esfinge.
—Tan solo eres lo que escribes —me dijo sin pestañear.
—Sólo soy la luz que emito —repetí mientras mi cuerpo se deshacía irradiando relatos sin sentido.
—Tan solo eres lo que escribes —me dijo sin pestañear.
—Sólo soy la luz que emito —repetí mientras mi cuerpo se deshacía irradiando relatos sin sentido.
Comprometidos - 09/01/04
El día convenido para la boda, ambos prefirieron comprometerse con la duda y la soledad.
Abigail despertó de ese sueño empapada en sudor.
Jorge ya no estaba. El olvidó que era domingo y arregló frente al espejo los últimos detalles de su elegante vestimenta. Salió de casa, dobló a la izquierda en vez de la derecha y comenzó a correr huyendo lo más lejos posible.
Abigail no se levantó de la cama esa mañana. Se la pasó cavilando sobre la libertad, el amor y la posibilidad perdida de la negación.
La incertidumbre ante lo que se aproximaba les carcomía.
Sobre: “Comprometidos” — Autor: Edgar.— 15 de octubre de 2003
La incertidumbre ante lo que se aproximaba les carcomía.
Jorge arregló frente al espejo los últimos detalles de su elegante vestimenta. Salió de casa, dobló a la izquierda en vez de la derecha y comenzó a correr huyendo lo más lejos posible.
Abigail no se levantó de la cama esa mañana. Se la pasó cavilando sobre la libertad, el amor y la posibilidad de la negación.
El día convenido para la boda, ambos prefirieron comprometerse con la duda y la soledad.
Abigail despertó de ese sueño empapada en sudor.
Jorge ya no estaba. El olvidó que era domingo y arregló frente al espejo los últimos detalles de su elegante vestimenta. Salió de casa, dobló a la izquierda en vez de la derecha y comenzó a correr huyendo lo más lejos posible.
Abigail no se levantó de la cama esa mañana. Se la pasó cavilando sobre la libertad, el amor y la posibilidad perdida de la negación.
La incertidumbre ante lo que se aproximaba les carcomía.
Sobre: “Comprometidos” — Autor: Edgar.— 15 de octubre de 2003
La incertidumbre ante lo que se aproximaba les carcomía.
Jorge arregló frente al espejo los últimos detalles de su elegante vestimenta. Salió de casa, dobló a la izquierda en vez de la derecha y comenzó a correr huyendo lo más lejos posible.
Abigail no se levantó de la cama esa mañana. Se la pasó cavilando sobre la libertad, el amor y la posibilidad de la negación.
El día convenido para la boda, ambos prefirieron comprometerse con la duda y la soledad.
Pasiones - 08/01/04
Nunca la habían observado de aquel modo, con la intención de captar hasta el detalle más nimio de su persona. A pesar de la resistencia de la modelo, el pintor logró arrebatar lo que ningún otro hombre antes había podido. Por esa razón, el lienzo colgaba en el dormitorio de su marido, frente a la cama, a salvo de miradas indiscretas.
Ella solía aprovechar el momento de la limpieza para invadir aquel espacio tácitamente vedado y contemplarse sin reconocerse. O quizás, pensaba con desazón, para ser examinada con rencor por la sensual joven atrapada en el retrato.
Como cada mañana, el joven criado de confianza simulaba seguir con su tarea mientras miraba de reojo, incrédulo, a ambas.
Sobre: “Galanteo en ropa de trabajo” – Autor: María Luisa. 16 de octubre de 2003
Lo encuentro como siempre, con el escobillón en las manos, extasiado frente al lienzo. Entonces acentúo las pisadas para que advierta mi presencia, y reanuda con prontitud su tarea.
Al pasar delante de la pintura, siento la intensa mirada de reproche de la joven del cuadro. Prosigo mi camino perturbada, porque he vuelto a interrumpir el sublime momento que acontece por las mañanas, entre el muchacho de la limpieza y ella.
Ella solía aprovechar el momento de la limpieza para invadir aquel espacio tácitamente vedado y contemplarse sin reconocerse. O quizás, pensaba con desazón, para ser examinada con rencor por la sensual joven atrapada en el retrato.
Como cada mañana, el joven criado de confianza simulaba seguir con su tarea mientras miraba de reojo, incrédulo, a ambas.
Sobre: “Galanteo en ropa de trabajo” – Autor: María Luisa. 16 de octubre de 2003
Lo encuentro como siempre, con el escobillón en las manos, extasiado frente al lienzo. Entonces acentúo las pisadas para que advierta mi presencia, y reanuda con prontitud su tarea.
Al pasar delante de la pintura, siento la intensa mirada de reproche de la joven del cuadro. Prosigo mi camino perturbada, porque he vuelto a interrumpir el sublime momento que acontece por las mañanas, entre el muchacho de la limpieza y ella.
1918 - 07/01/04
El resplandor de sus ojos febriles aventaba centellas en las lágrimas de su amada. Cayeron los párpados de él, vencidos, y se hizo la Oscuridad.
Sobre: “A solas con el hombre de mis sueños” — Autor: Deneb. 6 de diciembre de 2003
Para que encender la luz, si con tus ojos nos basta.
Sobre: “A solas con el hombre de mis sueños” — Autor: Deneb. 6 de diciembre de 2003
Para que encender la luz, si con tus ojos nos basta.
Caballo de Troya - 06/01/04
Lucifer, oculto tras una cascada de lentejuelas doradas, saboreaba las mieles del triunfo.
Lo más difícil había sido conseguir el permiso divino para el pase de moda en el Reino de los cielos. Seducir a Sealtiel, con la promesa de desposarlo a cambio de que éste convenciera a Dios, ya no le parecía ahora un precio tan alto.
¡Y cómo se contoneaban las nalgas del arcángel bajo el vestido de novia que cerraba el desfile!
Sobre: “Haute couture” – Autor: Rachel. 11 de noviembre de 2003
Centenares de ángeles aguardaban expectantes mientras Yahvé se preguntaba cómo se había dejado convencer. Cuando se abrió el telón y seis arcángeles minifalderos, con escotes de vértigo, medias de seda y zapatos de tacón se dirigieron contoneándose hacia Él, comprendió su error. La gota que colmó el vaso: ver a la multitud jaleando a Sealtiel que vestido de novia cerraba el desfile lanzando pétalos de rosa.
Lo más difícil había sido conseguir el permiso divino para el pase de moda en el Reino de los cielos. Seducir a Sealtiel, con la promesa de desposarlo a cambio de que éste convenciera a Dios, ya no le parecía ahora un precio tan alto.
¡Y cómo se contoneaban las nalgas del arcángel bajo el vestido de novia que cerraba el desfile!
Sobre: “Haute couture” – Autor: Rachel. 11 de noviembre de 2003
Centenares de ángeles aguardaban expectantes mientras Yahvé se preguntaba cómo se había dejado convencer. Cuando se abrió el telón y seis arcángeles minifalderos, con escotes de vértigo, medias de seda y zapatos de tacón se dirigieron contoneándose hacia Él, comprendió su error. La gota que colmó el vaso: ver a la multitud jaleando a Sealtiel que vestido de novia cerraba el desfile lanzando pétalos de rosa.
Medusa - 05/01/04
Atenta a las luces del panel del ascensor, ajusta la falda ceñida y tira de los puños de la blusa que viste bajo su impecable traje gris. Una sacudida y las puertas se abren frente al larguísimo pasillo que conduce a su despacho.
Su paso, apresurado y enérgico, aumenta el agradable calor que nace entre sus muslos: no la miran, pero se sabe imaginada.
Al llegar, cierra la puerta, se deja caer en la poltrona y lanza los zapatos de aguja mientras se repone de su placer cotidiano.
Sobre: “Deferencia de mando” — Autor: Rafusio. 11 de septiembre de 2003
Cada día oímos el taconeo, apresurado y enérgico, de nuestra jefa por el pasillo. Usa zapatos de tacón sólo para avisarnos de su llegada. Aunque nunca nos lo ha dicho, todos sabemos que lo hace para evitar una reprimenda al sorprendernos leyendo el periódico o componiendo deleitables pajaritas de papel.
Cuando entra en su despacho, reemplaza los chivatos e incómodos tacones por unos flexibles mocasines de caucho.
Su paso, apresurado y enérgico, aumenta el agradable calor que nace entre sus muslos: no la miran, pero se sabe imaginada.
Al llegar, cierra la puerta, se deja caer en la poltrona y lanza los zapatos de aguja mientras se repone de su placer cotidiano.
Sobre: “Deferencia de mando” — Autor: Rafusio. 11 de septiembre de 2003
Cada día oímos el taconeo, apresurado y enérgico, de nuestra jefa por el pasillo. Usa zapatos de tacón sólo para avisarnos de su llegada. Aunque nunca nos lo ha dicho, todos sabemos que lo hace para evitar una reprimenda al sorprendernos leyendo el periódico o componiendo deleitables pajaritas de papel.
Cuando entra en su despacho, reemplaza los chivatos e incómodos tacones por unos flexibles mocasines de caucho.
A San Expedito - 03/12/03
Estaba Sr. James H. en Guadalajara, gracias a intercambio de studiantes de Vancouver English Centre (Canada), en casa de familia anfitriona y con buena amiga Clarita, hija mayor de familia, cuando sucedió gran incoveniente pues el rompió su condom. Viendo esto, Clarita se encomendó a San Expedito, santo protector de casos urgentes, para evitar males mayores y seve que la cosa funcionó porque a James no le telefonearon a Vancouver en los siguientes meses. Es por eso que da gracias a Dios y hurrays al santo, en su día, 19 de abril de 2001.
Odiosamente te amo - 01/12/03
Que no, mi vida, que no quiero hacerme cargo del amargo letargo de nuestro amor. Intenso fue mi cariño: apenas te quise para no molestar. Pero tu presencia era tan ausente, que ni siquiera estoy seguro de que seas aquélla a quien amé.
Enlace - 19/11/03
Gabriel y la mujer descendían las escalinatas del trono. Un anillo de oro sobre la cabeza del Arcángel. Ella, en su dedo, un halo deslumbrante.
Innominatus - 15/11/03
Con bondadosa previsión, Dios creó un último arcángel sin nombre para guiar a los difuntos. Le otorgó todos los semblantes y ninguno, para que las almas, en el más allá, siguieran al rostro amado en su vida terrenal.
Resaca - 14/11/03
La espada de Miguel se deslizaba sobre la rubia pelusa de su mejilla mientras Rafael atendía las magulladuras de Gabriel. Había sido una gran juerga, pero nunca comparable a las vividas en compañía del Caído.
Trinidades - 07/11/03
En respuesta a las peticiones de auxilio de Lucifer, los arcángeles desplegaron sus tres pares de alas sobre ojos, oídos y boca. No en vano habían sido creados a imagen y semejanza de Dios.
Despertares - 06/11/03
Apoyado en el pretil de un mirador celestial, Satanás se protegía del frío nocturno envuelto en sus seis enormes alas. Bajo su mirada perdida, la luna descubría vetas de plata sobre los océanos de la Tierra.
"Demasiado consciente de sí mismo", pensó Dios, "tendré que proceder con cautela".
"Demasiado consciente de sí mismo", pensó Dios, "tendré que proceder con cautela".
SMS - 05/11/03
¡Bip, bip! ¡Bip, bip!
—Disculpad, hijos míos —dijo Dios, mientras sacaba su móvil de un pliegue de la túnica—, un mensaje.
“Bs días, vida. Qtal dormist? Txo muxo d—. Tuyo, Lu.”
¡Bip, bip! ¡Bip, bip!
—¡Seguid, perros! —masculló Satanás al grupo de tostadores de almas en prácticas, añadiendo—. Y cuidado con ése, que queda poco hecho.
“Hola! Stuv pnsando n ti. Miguel no mkita ojo dncima dsd hac una etrnidad. TQ, Yhv”
—Disculpad, hijos míos —dijo Dios, mientras sacaba su móvil de un pliegue de la túnica—, un mensaje.
“Bs días, vida. Qtal dormist? Txo muxo d—. Tuyo, Lu.”
¡Bip, bip! ¡Bip, bip!
—¡Seguid, perros! —masculló Satanás al grupo de tostadores de almas en prácticas, añadiendo—. Y cuidado con ése, que queda poco hecho.
“Hola! Stuv pnsando n ti. Miguel no mkita ojo dncima dsd hac una etrnidad. TQ, Yhv”
Tareas domésticas - 04/11/03
Al ver la bellísima silueta recortada por el contraluz de la puerta, Gabriel respiró aliviado.
—¡Miguel! ¿Por dónde volabas? Hoy te toca guardia.
—¿Guardia? —Miguel no pudo ocultar su disgusto— ¡Pero si acabo de regresar del exterminio de los primogénitos egipcios!
—Bueno, bueno —Gabriel se puso en pie y colocó los brazos en jarras— A ver si el señorito va a creer que sólo él puede trabajar ahí afuera. Las dietas, arcángel mío, hay que repartirlas.
—Las dietas —refunfuñó Miguel mientras se ajustaba el aura—. ¡Ya me contarás en qué nos las vamos a gastar aquí!
Gabriel, con una sonrisa burlona, tomó su manto añadiendo:
—Y por cierto, cámbiate antes de acudir al Trono, que apestas a muerte.
—¡Miguel! ¿Por dónde volabas? Hoy te toca guardia.
—¿Guardia? —Miguel no pudo ocultar su disgusto— ¡Pero si acabo de regresar del exterminio de los primogénitos egipcios!
—Bueno, bueno —Gabriel se puso en pie y colocó los brazos en jarras— A ver si el señorito va a creer que sólo él puede trabajar ahí afuera. Las dietas, arcángel mío, hay que repartirlas.
—Las dietas —refunfuñó Miguel mientras se ajustaba el aura—. ¡Ya me contarás en qué nos las vamos a gastar aquí!
Gabriel, con una sonrisa burlona, tomó su manto añadiendo:
—Y por cierto, cámbiate antes de acudir al Trono, que apestas a muerte.
Rezos - 03/11/03
El comandante Igor Luchenok, futuro Héroe de la Unión Soviética, se agazapaba tras el parapeto nevado, listo para encabezar el asalto del Ejército Rojo.
Aturdidos por el estruendo de la artillería, sus camaradas no le oían repetir:
—San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. San Miguel Arcángel, defiéndenos…
Claro que el aludido militaba en el bando contrario: la condecoración fue a título póstumo.
Aturdidos por el estruendo de la artillería, sus camaradas no le oían repetir:
—San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. San Miguel Arcángel, defiéndenos…
Claro que el aludido militaba en el bando contrario: la condecoración fue a título póstumo.
Siglo XIV - 02/11/03
Mientras el Señor de los Ejércitos acaricia pensativo su nuevo juguete, la navaja de un tal Ockham, los arcángeles, firmes en sus puestos, sudan frías perlas al sentir la mirada de Dios en sus nucas.
Consejo Ejecutivo - 01/11/03
Dios, con aspecto cansado, apenas se mueve para objetar:
—Pero, ¿por qué no lo solucionamos de una vez por todas?
—La idea de mandar a Jesús no acabó demasiado bien, ¿verdad? —la voz de Gabriel pareció afilarse— y no olvides que era uno de los nuestros…
El Todopoderoso se revolvió en su poltrona.
—Los tiempos han cambiado.
—Claro que han cambiado: nuestras relaciones comerciales con el Averno, y con ellas el emporio que hemos construido, desaparecerían en un instante —en auxilio de sus palabras, los ojos del Arcángel recorrían la sala sometiendo las miradas de los asistentes—. No, lo siento, no podemos aceptarlo.
—Pero, ¿por qué no lo solucionamos de una vez por todas?
—La idea de mandar a Jesús no acabó demasiado bien, ¿verdad? —la voz de Gabriel pareció afilarse— y no olvides que era uno de los nuestros…
El Todopoderoso se revolvió en su poltrona.
—Los tiempos han cambiado.
—Claro que han cambiado: nuestras relaciones comerciales con el Averno, y con ellas el emporio que hemos construido, desaparecerían en un instante —en auxilio de sus palabras, los ojos del Arcángel recorrían la sala sometiendo las miradas de los asistentes—. No, lo siento, no podemos aceptarlo.
jueves, 15 de noviembre de 2007
Convicciones - 20/10/03
—¡Explotadores! —la voz del predicador resonó con fuerza en la lujosa avenida—. ¡Prepotentes!
Un corro de transeúntes se iba formando a su alrededor.
—¡Vivís allí arriba, aislados, donde el aire es tan tenue que debéis respirar vuestras propias flatulencias! —continuó en el mismo tono.
De una de las mansiones, salieron guardias armados que se acercaron al iluminado.
—¡Oiga! —exclamó uno que parecía el jefe— ¿No podría ir a rebuznar un poco más lejos? El patrón duerme...
Mientras hablaba, el tipo abrió un poco su guerrera mostrando un fajo de billetes.
—¡Tiranos! —rezongaba el predicador cuando andaba calle abajo seguido de sus fieles.
Un corro de transeúntes se iba formando a su alrededor.
—¡Vivís allí arriba, aislados, donde el aire es tan tenue que debéis respirar vuestras propias flatulencias! —continuó en el mismo tono.
De una de las mansiones, salieron guardias armados que se acercaron al iluminado.
—¡Oiga! —exclamó uno que parecía el jefe— ¿No podría ir a rebuznar un poco más lejos? El patrón duerme...
Mientras hablaba, el tipo abrió un poco su guerrera mostrando un fajo de billetes.
—¡Tiranos! —rezongaba el predicador cuando andaba calle abajo seguido de sus fieles.
Astronomía - 19/10/03
Yo, Amar—Sin, sabio de Ur, robo cada noche un momento para subir a mi azotea. Levanto la mirada, localizo las constelaciones de referencia y, una tras otra, las estrellas adquieren nombre y linaje.
Pero, ¿a quién pretendo engañar?
¡Si lo que yo no quiero es sacar la basura!
Pero, ¿a quién pretendo engañar?
¡Si lo que yo no quiero es sacar la basura!
Insurrección - 18/10/03
—¿Que yo suba esto? —me chilla indignado.
—Es que hoy te toca a ti —razono—, quedamos que tu te encargabas los días pares y él los impares.
—Es un bodrio infumable —insiste—. Nada, nada, dáselo a él, que ni siente ni padece.
Opto por callar, harto de su falta de compromiso. ¿Quién me mandaba crearles?
Me giro y observo al otro. Pensándolo bien, pobrecillo, es verdad que parece que no sabe qué viento le da.
Uso mi voz más dulce y persuasiva mientras le acerco el papel con la mini:
—Fiblo, bonito...
—Es que hoy te toca a ti —razono—, quedamos que tu te encargabas los días pares y él los impares.
—Es un bodrio infumable —insiste—. Nada, nada, dáselo a él, que ni siente ni padece.
Opto por callar, harto de su falta de compromiso. ¿Quién me mandaba crearles?
Me giro y observo al otro. Pensándolo bien, pobrecillo, es verdad que parece que no sabe qué viento le da.
Uso mi voz más dulce y persuasiva mientras le acerco el papel con la mini:
—Fiblo, bonito...
Víspera - 17/10/03
El comandante Igor Luchenok, futuro Héroe de la Unión Soviética, se agazapaba tras el parapeto nevado, listo para encabezar el asalto del Ejército Rojo.
Aturdidos por el estruendo de la artillería, sus camaradas no le oían repetir:
—San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. San Miguel Arcángel, defiéndenos…
Aturdidos por el estruendo de la artillería, sus camaradas no le oían repetir:
—San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. San Miguel Arcángel, defiéndenos…
Placeres orientales - 16/10/03
El agua helada parece comprimir su cuerpo mientras desciende por los peldaños de la diminuta piscina. Una vez dentro, sumergida hasta la barbilla, respira de manera profunda y acompasada. Poco a poco, la presión inicial se va transformando en un dolor sordo en el pecho y las extremidades.
Entumecida por el frío, sale de la gélida alberca para entregarse a su gemela cálida, a unos metros de distancia. El contraste de temperatura le causa un picor fuerte y delicioso en la piel, como si ella misma hubiera entrado en efervescencia.
Con los ojos cerrados, flota sonriente en las aguas termales. El mero recuerdo de que ahora debería estar en clase de Antropología Simbólica le provoca un placer casi sexual.
Entumecida por el frío, sale de la gélida alberca para entregarse a su gemela cálida, a unos metros de distancia. El contraste de temperatura le causa un picor fuerte y delicioso en la piel, como si ella misma hubiera entrado en efervescencia.
Con los ojos cerrados, flota sonriente en las aguas termales. El mero recuerdo de que ahora debería estar en clase de Antropología Simbólica le provoca un placer casi sexual.
Encuentros - 15/10/03
Alberto descuelga su teléfono cuando éste apenas ha tenido tiempo de sonar.
—Planificación, buenos días —contesta sin pensar.
—Hola, Planificación…—si es posible sonreír a través de la línea, ella lo consigue—. ¿Te apetecen unas fotocopias?
—Claro —responde él y añade, bajando la voz—. ¿Ahora mismo?
—En un minuto. Te espero —El auricular enmudece de golpe.
Alberto cuelga, selecciona al azar algunos papeles de su mesa y, dirigiéndose a nadie en particular, exclama:
—Voy a sacar unas copias. Regreso en seguida.
Sus compañeros asienten distraídos y esperan a que él salga de la oficina para cruzar unas sonrisas cómplices.
—Planificación, buenos días —contesta sin pensar.
—Hola, Planificación…—si es posible sonreír a través de la línea, ella lo consigue—. ¿Te apetecen unas fotocopias?
—Claro —responde él y añade, bajando la voz—. ¿Ahora mismo?
—En un minuto. Te espero —El auricular enmudece de golpe.
Alberto cuelga, selecciona al azar algunos papeles de su mesa y, dirigiéndose a nadie en particular, exclama:
—Voy a sacar unas copias. Regreso en seguida.
Sus compañeros asienten distraídos y esperan a que él salga de la oficina para cruzar unas sonrisas cómplices.
Ajuste de cuentas - 14/10/03
Desde la taza del retrete, la cabeza decapitada del hombre parecía contemplarles con sincero estupor.
—Léame de nuevo esa parte de la declaración —ordenó el comisario.
—Vamos a ver —contestó el sargento, mientras pasaba las hojas de su libreta—. Sí, aquí: “…se cortaba las uñas de los pies en la cocina, dejaba pelos de su barba y pasta dentífrica pegados al lavabo, nunca levantaba las dos tapas para orinar…”
—Basta. Está claro —el superior se acariciaba el mentón—, pobre mujer, actuó en defensa propia.
—Léame de nuevo esa parte de la declaración —ordenó el comisario.
—Vamos a ver —contestó el sargento, mientras pasaba las hojas de su libreta—. Sí, aquí: “…se cortaba las uñas de los pies en la cocina, dejaba pelos de su barba y pasta dentífrica pegados al lavabo, nunca levantaba las dos tapas para orinar…”
—Basta. Está claro —el superior se acariciaba el mentón—, pobre mujer, actuó en defensa propia.
Vicio - 13/10/03
Cuando se prohibió fumar en las dependencias de la empresa, Miguel, a sus cincuenta y dos años, decidió probar su primer cigarrillo. No podía soportar la envidia que le producían los frecuentes recesos de sus colegas tabaquistas.
Quórum - 12/10/03
Semana tras semana y por los motivos más peregrinos, aumentaban las ausencias de los convocados a la reunión diaria interdepartamental.
El secretario siguió redactando las actas, incluso cuando ya sólo acudía él: no quería perder su breve momento de intimidad en la sala de juntas vacía.
El secretario siguió redactando las actas, incluso cuando ya sólo acudía él: no quería perder su breve momento de intimidad en la sala de juntas vacía.
Sordera emocional - 11/10/03
Llegas como un torbellino y tomas asiento a mi lado. Despliegas tu equipo de campaña sobre la mesa: la funda de unas gafas que no usas, el teléfono móvil y un bolso que parece el saco del genio de la lámpara.
Complaciente, finjo que te escucho mientras desgranas tus aventuras de Penélope desquiciada, que deshace de día los compromisos que teje de noche.
Miro el reloj. Lo siento, tengo prisa. La cuenta, por favor. Sí, sí, llámame el viernes, haré un hueco. Adiós.
Complaciente, finjo que te escucho mientras desgranas tus aventuras de Penélope desquiciada, que deshace de día los compromisos que teje de noche.
Miro el reloj. Lo siento, tengo prisa. La cuenta, por favor. Sí, sí, llámame el viernes, haré un hueco. Adiós.
Arquitectura naval - 10/10/03
La clase de náutica se eterniza mientras una luz difusa se cuela por los ventanales, glorificando las motas de polvo que flotan en la sala. Un movimiento, dos mesas a la derecha, capta mi atención dispersa.
Una compañera retira de su muñeca una cinta elástica, alza los brazos y pesca reflejos de sol sobre el mar de su nuca. La tensión del busto contra la tela y el gesto concentrado de su rostro la transforman, por un instante, en el mascarón de proa de un velero fabuloso.
Se vuelve. Me descubre.
Como un pirata que no espera cuartel, busco rápido refugio en la monótona voz del profesor.
Una compañera retira de su muñeca una cinta elástica, alza los brazos y pesca reflejos de sol sobre el mar de su nuca. La tensión del busto contra la tela y el gesto concentrado de su rostro la transforman, por un instante, en el mascarón de proa de un velero fabuloso.
Se vuelve. Me descubre.
Como un pirata que no espera cuartel, busco rápido refugio en la monótona voz del profesor.
Sabrina - 09/10/03
Despacio, abandonó la noche y se sumergió en el firmamento interior, el que se despliega tras los párpados cerrados, repleto de luces móviles como estrellas fugaces y de manchas nebulosas.
Se imaginó adecentando un pequeño apartamento – no necesito gran cosa, aclaraba modesta –, donde evitaría la decoración sobrecargada, sólo lo necesario para sentirse cómoda. Pensó en un lugar lleno de amigos, con las puertas abiertas y sin absurdas restricciones horarias. Pero, ¿cómo haría si acudían a cenar más de seis…?
Su marido, con un brazo sobre ella, se removió en sueños y la devolvió de golpe a la oscuridad de los ojos abiertos.
Se imaginó adecentando un pequeño apartamento – no necesito gran cosa, aclaraba modesta –, donde evitaría la decoración sobrecargada, sólo lo necesario para sentirse cómoda. Pensó en un lugar lleno de amigos, con las puertas abiertas y sin absurdas restricciones horarias. Pero, ¿cómo haría si acudían a cenar más de seis…?
Su marido, con un brazo sobre ella, se removió en sueños y la devolvió de golpe a la oscuridad de los ojos abiertos.
Tótem - 08/10/03
No deja de sorprenderme cuánto provecho obtenéis de esos minutos que robáis a la jornada laboral: secretos de empresa desvelados, traiciones a colegas y nuevos amores se gestan veloces y transparentes a mi alrededor.
Claro que yo, suma sacerdotisa de vuestras idas y venidas, también me tomo un respiro de vez en cuando. ¡Tendríais que veros entonces! El alivio con el que penetráis en mi templo, borrado de un plumazo de vuestras caras.
Y es que os sentís tan desvalidos sin vuestra sabia y anciana cafetera...
Claro que yo, suma sacerdotisa de vuestras idas y venidas, también me tomo un respiro de vez en cuando. ¡Tendríais que veros entonces! El alivio con el que penetráis en mi templo, borrado de un plumazo de vuestras caras.
Y es que os sentís tan desvalidos sin vuestra sabia y anciana cafetera...
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