El periodista no dudó: el principio de causalidad demostraba la obligada existencia de un Autor Primero del cual él era un mero personaje.
Tras escribir lo que nunca había sido escrito, acabó con sus huesos en la cárcel acusado de impiedad. Tan solo él sabía que era una venganza del Autor por haberle desenmascarado.
martes, 12 de febrero de 2008
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