Primero puso un dedo. Luego la palma de la mano, un pie, la espalda. Todo fue en vano: el agua que brotaba del agujero alcanzaba ya la altura de sus rodillas. Desesperado, soltó el taladro y agarró un balde cercano. Achicar, sí, pero ¿hacia dónde?
En ese mismo instante, supo que su sumergible, el primero en lucir cuadros en las paredes, sería también el último en hacerlo.
martes, 28 de julio de 2009
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