La política de la empresa donde trabajaba le permitía quedarse los artículos cuyas taras impedían su comercialización. Tras años de empleo, descartes imperfectos de todos los tamaños y apariencias lucían en cada rincón de su apartamento.
Por desgracia, fuera por un resalte más grueso de lo normal, un tacto áspero o una consistencia inadecuada, Blanca jamás obtuvo placer alguno de su colección.
Todo cambió cuando decidió poner sus propias manos a la obra.
Al día siguiente, junto a la carta de dimisión de la diseñadora, la empresa recibió una caja llena de antiguos consoladores.
domingo, 14 de septiembre de 2008
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