
Alcanza la salida de emergencia de un salto y, casi sin aliento, escapa hacia la entrada principal. En el vestíbulo, cerrado por una valla metálica, confluyen tres pasillos por los que se aproximan los vigilantes estrechando el cerco. Debe intentarlo. Fija la mirada, toma carrerilla y salta sobre el obstáculo con tan mala suerte que su pie izquierdo se traba. Esteban cae.
—¡Volvería a entrar sin pagar! —grita a los que le sujetan—: Es mi deber de cinéfilo.

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