Alberto no lograba superar su melancolía por el decadente desenlace de los filmes biográficos. Por amor al séptimo arte, cuando la inquietud se extendió al resto de géneros, decidió marcharse antes de terminar la proyección.
Tanto fue adelantando su partida que ahora ya ni compra la entrada y pasa las horas sentado en un banco, frente a la marquesina del cine, donde los planteamientos jamás son alterados por final alguno.
domingo, 2 de diciembre de 2007
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