Bullen en mi retorta cada una según su especie: la mujer que se queda muy a mi pesar; la que entra y sale, alfiler con aires de daga, que me cose a puñaladas; la indecisa del umbral, pie dentro y pie fuera; el que no es un, sino una, y sólo habla su mirada; y también la desdeñosa que no sabe que me adora con mi mano.
Sus vapores se enroscan en el serpentín de mis entrañas y, gota a gota, devoran ácidos las tres flores del amor. A razón de un riego diario, como ellas nos exigen.
lunes, 7 de enero de 2008
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