Superada la confusión del primer día, los balones vivientes situados en la periferia del racimo acomodaron sus costuras a la trama de la red. Los más próximos al núcleo, aislados de las mundanas distracciones, reflexionaron.
Primero, y a despecho de las pruebas en forma de cicatrices y de los vagos recuerdos de miserables fábricas tercermundistas, negaron la existencia del Hombre. Poco después divinizaron al Sagrado Urdidor, autor ignoto pero necesario de aquello que les mantenía en comunión.
Fue sólo cuestión de tiempo que el balón mejor situado se autoproclamara Único y Gran Epicentro.
lunes, 7 de enero de 2008
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