Sentado en el trono, el anciano rey sostiene la corona en sus manos y observa cabizbajo las incipientes manchas de óxido. A pesar del tiempo transcurrido, aún recuerda el famoso experimento, la cabeza del orfebre traidor decorando las almenas y la satisfacción del sabio al ordenarle que supervisara la forja de una nueva pieza.
—Arquímedes sin principios –suspira el monarca al ver que no todo lo que brilla es oro—, quién lo iba a decir.

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