lunes, 31 de agosto de 2009

Químicas - 13/08/09

A la luz del crepúsculo, el cobrizo sudor de la muchacha rivalizaba con los destellos del metal de sus joyas. El alquimista, que aliviaba fracasos bajo la danza de sus muslos, recibió entre espasmos de placer una súbita revelación: él era la codiciada Piedra Filosofal.

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