lunes, 31 de agosto de 2009

Rey de oros - 10/08/09

El flamante Jaguar azul ya estaba aparcado frente al restaurante cuando llegaron los invitados al banquete nupcial. Su alegre propietario, tan frecuentado por unas como envidiado por otros, fue el alma de la fiesta. En los corrillos se comentaba que había hecho fortuna con un negocio en ultramar.

Con las primeras luces del alba, ya solo, el hombre metió en una bolsa todas las sobras que pudo recolectar y la introdujo en el maletero del coche. Luego, despojándose de su esmoquin de alquiler, procedió a empujar el vehículo sin combustible hasta su casa en los suburbios.

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