Las partículas que titilan entre sus pies, animadas por el reflujo de las olas, le parecen el mayor tesoro del mundo. O quizá lo sean los tímidos destellos del sol en el océano. O la piel de ella sobre arena fina.
En esta historia de renuncia sin planteamiento, nudo o desenlace, apenas ocurre nada, salvo espirales de cuarzo.

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