Ojalá mi marido y mi hija hubieran tenido ocasión de acompañarme en esta aventura, pensó.
Con un vigor que creyó perdido para siempre, Laura caminaba precedida por su joven guía. Atrás quedaba el tormento de la quimioterapia, augurado por unas simples cifras rojas sobre su informe médico anual.
—¿Falta mucho para la cima? —preguntó, más para romper el silencio que por curiosidad.
—Poco.
—¿Y qué hay después? —insistió juguetona.
—La más absoluta inmensidad —contestó el muchacho sin aflojar el paso.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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