—Verá usted, señoría, tuve una visión la noche anterior al día de autos: un mar colorado y la cabeza de mi jefe clavada en un poste. Mala cosa, pensé al despertar empapado en sudor, muy mala. Y es que yo no soporto la sangre, me da como un temblor en las piernas y me caigo redondo. Así que decidí que si no podía con ellos, me pondría de su lado. El resto es historia.
—¿Y cómo dijiste que te llamabas, escoria?
—Epialtes de Mélide, señoría, hijo de Euridemo.
martes, 20 de noviembre de 2007
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario