El doctor sonrió a la espera de la conocida sentencia que cerraría aquella intrincada trama de misteriosos asesinatos.
—Elemental, querido… —pero la frase murió decapitada por los labios enjutos que la pronunciaban.
En aquel preciso instante, Sherlock Holmes supo que había sido derrotado por la astucia de su rival. De nada le valdría haber descubierto la identidad secreta de su archienemigo Moriarty si se veía obligado a cometer la vulgaridad de librar a la policía a su propio mayordomo.
martes, 27 de noviembre de 2007
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