jueves, 22 de noviembre de 2007

Velas - 28/10/04

La nao escoró ligeramente a babor ganando un poco de velocidad.

—¿Veis, maestre Joao? Era menester cazar un poco más las escotas.

—Sí, capitán —admitió el viejo marino—, las mantendremos así hasta que el viento nos favorezca.

El capitán acarició pensativo el pasamano de la borda y contempló el lento avance de las dos embarcaciones que les seguían. ¡Veintisiete días ya desde que zarparon, nada comparado con los años invertidos en el proyecto!

Al principio, fueron las gestiones con la nobleza y la incipiente burguesía en busca de las cartas de presentación para acceder a la corte. Más tarde, vinieron las antesalas de palacio, santuarios de decepción e intriga.

Pero de todos los escollos que tuvo que salvar, el peor fue el arduo debate con las autoridades científicas: ¿cómo podían estar tan ciegos? Que la tierra era redonda era algo sabido desde los antiguos y admitido en los círculos universitarios europeos. Comprendía las reticencias de la tripulación, pobres diablos supersticiosos a los que mantenía en su puesto con una diestra combinación de vara y palabra, mas no soportaba las prevenciones de los sabios.

Ante todos defendió apasionadamente que más allá de la Mar Océana, hacia el Oeste, se encontraban las costas de Cipango. Sólo temía que alguien, con mejor cuna o mayor bolsa, se le adelantara en la carrera.

Nunca supo si el permiso real llegó por las promesas de gloria o por los pingües beneficios que generaría el tránsito de mercaderías por una ruta más corta.

—¡Velas!El grito del vigía le arrancó de sus meditaciones, aunque le llevó unos segundos encajar la noticia. ¿Velas tan pronto? Sus cálculos indicaban que no alcanzarían la costa asiática antes de otras dos semanas.

—¡Dos velas por la amura de estribor! —precisó el muchacho de la cofa.

El capitán cruzó el puente a grandes zancadas. Eran dos carabelas, navegando hacia ellos desde el Oeste. ¿De Cipango, tal vez? Empujadas por el viento de popa, avanzaban con presteza, a pesar de que parecían llevar mucho tiempo en alta mar dado el estado de su velamen y aparejos.
El tiempo se eternizó mientras reducían distancias. En silencio, las tripulaciones de ambas flotillas fueron agolpándose en los costados para saciar su curiosidad.

Cuando la primera carabela pasó a poca distancia por el través, el capitán hizo un gesto con la mano y el maestre le alcanzó la bocina metálica. Carraspeó para aclarar la voz llevando el instrumento a sus labios.

—¡Ah del barco! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Ah del barco!

—¡Eooo... pitán... illa! —llegó veloz la respuesta, entrecortada por el eterno rumor del mar.

—¡Ah del barco! ¿Quiénes sois? ¿De qué pabellón? —Tuvo que contener las preguntas que se agolpaban en su mente.

—¡Co… samos... illa!

Repitieron el intercambio hasta tres veces más, sin mejores resultados.

Al mostrarles la popa la segunda carabela, una ráfaga de viento les entregó el jubiloso mensaje:

—¡Colón, de la Pinta, capitán de Castilla! ¡Regresamos de las Indias!

El capitán bajó lentamente la bocina y se volvió hacia su hombre de confianza.

—Maestre Joao, por favor, para el cuaderno de bitácora: 20 de febrero del año de Nuestro Señor de 1.493, avistadas al mediodía dos carabelas castellanas que afirman venir de las Indias. Regresamos a Lisboa.

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