Mi mayor tesoro: su caminar, como el de la gata que observo desde la ventana. En el pasado, ella respiraba con las olas y sólo con recostarse en la arena mi mente volaba. Pensé en desandar la historia y no alimentar lo imposible. Pero aún hoy, cuando corre la brisa por su piel, baja maltrecho mi escudo.
Un esfuerzo, abrir el campo de visión, callar, fingir, ¡conservar la calma! Despojarse uno de lo que parecía recibir de ella y, a un tiempo, extender a la vida entera el placer que bebía de su cuerpo soñado al caer la noche.
martes, 20 de noviembre de 2007
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