jueves, 22 de noviembre de 2007

Momentos - 11/08/03

Una suave brisa movía ligeramente las hojas de los árboles del jardín y aliviaba un poco el calor de esa hora de la tarde.

Ella estaba sentada a su lado, de perfil, muy próxima. El observaba con atención casi clínica los latidos, pecas y tímidas arrugas de una piel de treinta años.

Mientras la escuchaba hablar se sintió cautivado, no tanto por lo que decía como por el sonido de su voz.

No, no sonaba exactamente a agua, quizás sería más acertado decir que sonaba a viento suave, como la brisa que les refrescaba.

La observó mejor, ligeramente despeinada, con un descuido que de pronto ya no le parecía casual. Contó los mechones finos, como cuerdas apenas trenzadas, que le caían sobre la mejilla.

Seis. Ni uno más, ni uno menos.

Y una extraña idea cruzó su mente. Lentamente acercó la mano y los acarició despacio uno tras otro.

Ella calló y se volvió para mirarle.

— ¿Qué haces? — Sonrió.

Entonces estuvo seguro.

— Tañerte — respondió.

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