Tuvo que remontarse a algunas tardes de verano de la infancia para recordar una quietud tan absoluta. La pequeña goleta parecía estar flotando sobre aceite mientras el sol caía como una losa de fuego sobre la cubierta de la embarcación. En la superficie del agua, la luz reverberaba hiriendo sus ojos entreabiertos, apenas una ranura practicada en el rostro negro y reseco. Tal era la calma, que parecía que el tiempo se había congelado.
— ¡Congelado! — exclamó sarcástico mientras sus labios llagados se contraían en una mueca de dolor — Congelado en medio de un infierno abrasador…
Mareado por la debilidad, se dirigió hacia el tambucho. Tuvo que apoyarse en el mamparo para descender los peldaños que conducían a la cabina. Al llegar abajo, se agachó y levantó por enésima vez la trampilla de la sentina. Gracias a la escasa luz que penetraba hasta allí, pudo ver que estaba más inundada que hacía unas horas. Nada que hacer: con la bomba de achique averiada y un pequeño cubo, sus esfuerzos no alcanzaban a compensar la invasión del agua a través de las numerosas vías del viejo casco.
Dolorido y sediento, subió a su litera muy despacio, maldiciendo al hombre que les había metido en esa bonanza espantosa. Se preguntó si el patrón estaría aún ahí abajo, mirándole desde el fondo con sus cuencas vacías — los peces saben muy bien qué comer en primer lugar – y la sonrisa estúpida que se le quedó al morir. Cuando lanzó su cuerpo por la borda, el mar le engulló con un sonido goloso, como si se relamiera al cobrar una presa largamente acechada.
Mecido por esos pensamientos ominosos, se durmió.
Despertó empapado en medio de la oscuridad. El agua rozaba el armazón de la litera y había humedecido completamente el jergón. Se apresuró a saltar y se hundió hasta el pecho en el frescor salado. A tientas, buscó el camino hasta la escala y logró subir a cubierta.
El espectáculo de la noche inflamada de estrellas y la fosforescencia blanquecina del mar ya no le sobrecogía como en los primeros días de singladura. Las velas caían rectas como pesados cortinajes. Cansado, buscó acomodo entre los cabos de amarre y la lona de protección del bote, abandonada e inútil desde que parte de la tripulación lo robara en un intento desesperado. Tampoco es que les sirviera de mucho, pues les vieron perecer de sed, frenados por la calma apenas a un par de millas de la goleta.
El alba anunció una nueva jornada de tormento. La diferencia consistía en que el agua, siempre lisa y silenciosa, le observaba ya desde la negra abertura de la escotilla del tambucho, ofreciéndole irónica un cuenco de madera y una alpargata de esparto. Como si de un miasma contagioso se tratara, evitó como pudo que sus pies rozaran el líquido y, encaramándose a la borda, trepó con esfuerzo por las jarcias hacia el palo mayor. Levantando apenas una salpicadura, el agua alcanzó la base de la rueda del timón. En ese momento, animada por el éxito, pareció cobrar confianza y empezó a extenderse a gran velocidad por toda la cubierta.
Desde la cruceta, el espacio anegado entre las bordas del barco se asemejaba a un mar en miniatura dentro del inmenso océano. Pronto, ya sólo quedaban sobre la superficie el largo mástil y el marino encaramado a él. Sus manos se aferraron a la lisa madera como si fuera la empuñadura de un estoque descomunal que penetrase con lentitud la blanda piel de un gigante.
Un sollozo angustiado brotó de su garganta. Como muchos jóvenes de tierra adentro, no sabía nadar. Nunca hubo necesidad de aprender en los campos de trigo de su patria. Julio, el marino que ocupaba la cama inferior de su litera, fallecido el decimoquinto día de navegación, le había contado una noche que se podía flotar largo tiempo si uno se mantenía inmóvil.
Dejó que el agua triunfante besara sus pies descalzos y ascendiera por su cuerpo sin desasirse. Se le aceleró la respiración y parecía que su corazón fuera a saltar en pedazos. Sólo cuando tuvo que elevar la barbilla para mantenerla sobre la superficie, abandonó el último vínculo que le unía al estado sólido.
En ese preciso instante, mientras se hundía inmóvil esperando un milagro que no llegaba, le pareció escuchar la voz de su madre advirtiendo:
— Pero niño, mira que las aventuras no siempre acaban en dichas y
tesoros —.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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1 comentario:
Ganador del II Concurso de relato breve de Ficticia. Tema: Aventuras.
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