Tedio
(Del lat. taedium).
1. m. Aburrimiento extremo o estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa.
Minimizo la página Web de la Academia y me hundo un poco más en la silla. ¡Qué palabra más apropiada! Si tiene incluso una sonoridad especial: tedio, tedio, tedio, tedio….
U. se levanta e interrumpe mi mantra. Lleva puesta la chaqueta, con la cremallera cerrada hasta el cuello, aquí, en la oficina.
—¡Ya no sé si estar sentado o de pie! –gruñe para todos y para nadie en particular.
—Haz el pino.
Creo que no debería haber dicho esto. Me mira —¿dolido?— y se aleja pasillo arriba. Todos sabemos que si hiciera el pino sería igualmente difícil decidir qué está arriba y qué abajo.
Inicio un movimiento dextrógiro alternando el empuje de las puntas de los pies con el de los talones. La silla se queja pero pivota obediente. Es lo más cerca que estaré nunca de saber bailar.
Mis colegas están esparcidos aquí y allá.
T. es joven y chiquita, platense. Un nervio: cuando consigo colocarle una palabra, ella ya ha me ha endosado diez. Me mira, así que decido ofrecerle una imitación de la niña de “El exorcista”. Giro la cabeza hasta donde me da y gimo:
—Mira lo que ha hecho la guarra de tu hija…
—¿Sabés? Sós patético.
¿Qué puedo decir? Me lo merezco.
A su lado se sienta B., cordobés de la Córdoba austral. (Nota: Debo aclarar que esta inacción no transcurre en Argentina sino en otro lugar, por eso aparecen tantos argentinos). Con B hablamos hace unas horas de “El hijo de la novia”. Le comenté que, al verla con mi mujer, me di cuenta de las ventajas de la interculturalidad en el puesto de trabajo.
“El laburo me queda a tres cuadrillas” suena en la tele.
—¿Qué ha dicho qué? – pregunta ella.
—Ha dicho que el trabajo está apenas a tres manzanas – respondo yo como en una traducción simultánea de la ONU.
El resto de los pobladores de la oficina es aborigen, incluyéndome a mí. Somos una prueba fehaciente de las desventajas de la endogamia en grupos aislados, por lo que me abstendré de seguir con las presentaciones.
Después de anotar en mi cuaderno de campo que hemos mirado todos el gigantesco reloj de la pared norte en cinco ocasiones en los últimos ocho minutos, regreso a mi ordenador y le pregunto a la Academia por “hastío” del latín “fastidium”.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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