jueves, 22 de noviembre de 2007

Vísteme despacio - 07/11/04

Raudo, le enfunda y abotona la camisa con una maestría que sólo concede la práctica. Treinta segundos. Alza el cuello almidonado y le pasa la corbata, con un nudo Windsor ya preparado, mientras procura no despeinarle; ajusta la tela y, sin volver la vista, recoge los pantalones de la silla de atrás. Cincuenta segundos. El pie derecho se traba en un defecto del dobladillo de la pernera: tiempo perdido en el estira y afloja. Mete los faldones de la camisa, abrocha, sube la cremallera y ciñe el cinturón. Dos minutos y veinte segundos. Calcetines y zapatos son coser y cantar, pero los botones de la chaqueta se resisten a hermanarse con los ojales —por los gases, imagina—; empuja un poco la barriga y ya está.

—¡Tiempo! —grita casi sin aliento.

—Tres minutos y cuarenta y cinco segundos, chaval —anuncia el encargado—. Nuevo récord provincial si esto no fuera un entrenamiento, claro.

—Será cuestión de suerte —El ayudante contempla la vitrina de los trofeos—: si nos toca un muerto fresco, volveremos a ser la funeraria más rápida.

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