jueves, 22 de noviembre de 2007

Autismo - 14/08/03

He descubierto que tengo aptitudes naturales para convertirme en un buen autista.

Quiero decir que poseo la capacidad de centrar mi intelecto, que dicho sea de paso siempre he considerado del montón, por desagradable que pueda ser la imagen sanguinolenta de una pila de cerebros, en una sola idea, persona o cosa a la que circunvalo, primero revoloteando indeciso a su alrededor como un insecto que se pregunta si es Luna o Bombilla sabiendo lo que le va en ello, y a la que, más tarde, asiéndola con dedos invisibles, giro ante mis ojos, observando en cada faceta sus bondades y sus perversidades con la mirada desapasionada de un científico ante una muestra entre otras cien mil.

Ya decían los chinos, los de antes, los listos, no los de las galletitas, que el bien contiene algo de mal y viceversa y que, a la postre, nada son el uno sin el otro. Entenderéis así que tanta consideración y examen me haga dudar, no ya de la oportunidad de cualquier acción, sino de la propia necesidad de actuar respecto a la idea, cosa o persona pensada. Luego mi inactividad aparente es fruto del trabajo frenético de la mente y no de la vagancia, categoría pueril donde las haya y que no hace más que reflejar la estrechez de miras del que tan alegremente etiqueta con tal atributo.

Me acusan con frecuencia los que me rodean, y me parece natural su reacción a tenor de los resultados prácticos, de egoísmo presencial, es decir, de estar no estando o de no estar estando, haciendo mención a lo vacuo de mi compromiso con la realidad que comparan a la utilidad de un envase de lo que sea sin lo que sea, que sólo vale para ser llenado de nuevo de lo que sea, o de cualquier otra cosa. No puedo reprochárselo.

Sin embargo, rechazo tajantemente compartir las insinuaciones onanistas que se desprenden de sus teorías, no por la semejanza en la concentración mental que tales prácticas requieren sino porque implican una compensación placentera que, desgraciadamente, mi “enmimismamiento” no me procura con la frecuencia deseada.

Decía, pues, que últimamente medito hasta que lo que me rodea empieza a desvanecerse y desaparece tragado por algún sumidero oculto. Entonces, mi reloj se pauta en segundos que ambicionan ascender a minutos y minutos que anhelan el título de horas, desembocando este torbellino de codicia, como era de esperar, en una guerra civil, temporal por la naturaleza misma de los contendientes y no a causa de las circunstancias de su duración, que hace vano el trabajo rítmico de tan considerado instrumento.

Mi preocupación, si es que a tanto llega el sentimiento que me embarga, es el salto cualitativo experimentado en las últimas meditaciones que me lleva a ocuparme del vuelo de las nubes, altas y bajas, del romper de las olas en la playa o del paseo atribulado de un escarabajo a rayas grises y rojas sobre mi pie. Esta profunda investigación de lo que carece prima facie de interés o, como mínimo, de influencia sobre mí o sobre el transcurso de mis circunstancias vitales se ve sin duda propiciada por mi actual estado vacacional.

Pero... ¿y si llega el día en el que no regrese de mis inmóviles viajes...?

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