—Hola, cielo —dijo ella mientras le apuñalaba.
Al desplomarse con el cazo del caldero aún en sus manos, Julián recordó las palabras finales del conjuro de materialización de la mujer perfecta: “Un aire de misterio, un toque de suficiencia, una pizca de serenidad y una cucharada de peligro.”
—¿Qué hice mal? —gimió.
—Con cuchara de café, idiota, con cuchara de café —le aclaró serena, misteriosa y suficiente.
martes, 20 de noviembre de 2007
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