Del diluvio de palabras me alcanza un tenue “parece que no escuchas, Marcos”. Nadie es perfecto y, al igual que no existe la impermeabilidad absoluta, de vez en cuando se cuelan en mi mente los desagradables graznidos de mis congéneres. No creo estar loco, no, es sólo que no me interesa lo que dicen. Tampoco odio el lenguaje. De hecho, he creado algunos vocablos de los que me siento orgulloso, como “autisano”, una contracción de artesano del autismo.
“Marcos, eres imposible”
Menuda gaita, tendré que revisar mi estanqueidad mental. Me largo a la calle, con la que está cayendo, y me quedaré de pie, bajo esa otra lluvia que limpia el aire de sonidos humanos.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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