Cada mañana, durante las horas de mayor afluencia, Andrés viaja en metro sin rumbo fijo.
El roce y el calor de los cuerpos son la materia prima que nutre las fantasías con las que trenza su vida: “Sí, mamá”, piensa arrimado a una anciana; “No, cariño, hoy no llegaré para la cena”, musita ajustando su cadera a la de una jovencita de buen ver; “Compra, compra” repite para si, adosado a un señor con maletín y corbata.
La gente sacude la cabeza al ver la cara de felicidad de Andrés: es un loco más de la ciudad.
martes, 20 de noviembre de 2007
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