—¡La asesinaste! –exclamé ante el sangriento espectáculo, y añadí un histérico e innecesario—: ¡Está muerta!
—Sí —él no parecía muy afectado—, suele ocurrir cuando se golpea a alguien con un hacha.
—Pero, ¿por qué lo hiciste?
—Es una larga historia. Te aburriría —en ese momento, su sonrisa torva me caló hasta el alma—, y no quiero darte motivos para matarme…
martes, 20 de noviembre de 2007
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