“Debajo de la mata florida…”, pensó el poeta sentándose frente al teclado de su computadora.
Era tal la exhuberancia de su inventiva, que el pensamiento se le extravió en las derivaciones de su idea. Cada desenlace no era más que el vástago de nuevas tramas que recorría minucioso, deshaciendo el camino cuando alcanzaba un callejón sin salida. Así permaneció durante días, mientras los parientes y amigos se esforzaban vanamente en recuperar su atención.
Décadas más tarde, ingresado en un sanatorio mental, abandonó su estado catatónico para decir:
—Está la culebra escondida.
Nadie le oyó pronunciar esas palabras.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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