—Mmm… ¿dónde estoy?
Le pesa tanto la cabeza que María decide permanecer inmóvil en la cama.
Inspira.
—¡Dios! —exclama, mientras se arrepiente de su primera acción del día.
El aire huele a sexo rancio, mezcla de perfumes – reconoce sólo el propio— y a sábanas veteranas, con un leve toque exótico. Es una atmósfera claustrofóbica, de humanidad concentrada.
Y, en efecto, hay vida: alguien se mueve a su lado. Una masa que exhala vapores de ginebra, caries y, como no, curry mal digerido. Muy a su pesar, María abre los ojos. La pestilencia viene servida en una cara abotargada por el sueño y decorada con una calvicie incipiente.
Es demasiado para ella, su segundo arrepentimiento se mezcla con el vómito incontrolado y, de éste, sólo hay un paso a la tercera compunción de la jornada: es su propia colcha.
—Oh, no. En mi casa, no.
martes, 20 de noviembre de 2007
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