martes, 20 de noviembre de 2007

Banquete Real - 07/02/04

El grupo se sienta alrededor de la mesa dispuesta al aire libre. Preside la Reina, a su lado el Consorte. La conversación, criatura fantástica que se materializa y nutre de las almas de los comensales, nace y cobra fuerza. Intervengo en su gestación pero, poco después, me retiro para observarla mientras adopta las formas cambiantes del fuego de una hoguera.

Mi mente se repliega un poco más hasta que las voces suenan como un rumor lejano e indefinido. Vuelvo mi cabeza hacia la Reina, varios asientos a mi izquierda, y la contemplo. El sol arranca destellos ambarinos de sus ojos, la misma sustancia que remata los intrincados adornos de sus pendientes. Los cabellos castaños desordenados, en contraste con la regularidad de su boca suave. Una boca en la que tantas veces me perdí y que ahora me está prohibida.

Al sentirse observada, el rubor avanza por su piel como sombras de nubes sobre un campo de trigo maduro. Siento vértigo. Estoy en ella y ambos lo sabemos.

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