De noche, cuando Juan sale del trabajo rumbo a casa, una lechuza inmaculada cruza frente al auto, de izquierda a derecha, signo inequívoco de buena ventura. El corazón del hombre aletea acompasado, pues descree en los dioses pero no en sus augurios.
A la mañana siguiente, solo y cumplidas las rutinas familiares, recibe un mensaje que le cita junto al Lago. Allí se le aparece la Dama, delgada y triste, pero bella como la bruma que la arropa. Apenas se besan, pero los silencios y reproches acumulados se disuelven en magia.
Es mediodía, vuelta al trabajo. La eterna noria del compón y recompón resucita a un Juan disciplinado, con aires de jardín francés.
Al salir, pasa de nuevo una lechuza —pensar que es la misma sería como asomarse al abismo— y Juan, empapado de plenilunio, aúlla una sonrisa.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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