Espero.
Una de las leyes inexorables de la naturaleza es que, por mucho que trate de evitarlo, siempre acabo llegando antes que ella. Y no tenemos mucho tiempo hoy. Yo debo salir para la oficina en un par de horas si no quiero retrasarme.
Retrasarse.. . ¿Por qué ella siempre llega tarde? ¡Si se pierde momentos como el de hoy, perfecto, el mar casi en calma y la playa semidesierta!
Las olas lamen la arena con un murmullo continuo, desordenadas y suaves. Qué paz da el sonido del mar cuando ronronea como esta mañana.
Es cosa seria el mar.
Yo creo firmemente que poseemos mares interiores. Unos profundos y oscuros, oceánicos. Otros, de aguas transparentes y superficiales que revelan lo que aquéllos esconden. Todos distintos y hermosos. Algunos quietos como espejos, otros revueltos como si quisieran salirse de sus cuencas.
Nacemos en sus orillas y al aprender sus mareas y variaciones nos aprendemos a nosotros mismos. Como los pueblos, hay quien escoge vivir de espaldas a su mar y hay quien traza cartas, anotando rumbos en la memoria.
Somos parte de él y él es nuestro. Y el hombre responsable lo vigila y estudia: el flujo y reflujo de la marea, la cadencia de las olas y el rizado que produce la caricia del viento sobre el agua, preludio de la tempestad.
Como el océano real, nuestros mares nos pasan factura cuando bajamos la guardia. Al intentar conciliar el sueño, en el camino del trabajo a casa o de casa al trabajo. En esos momentos críticos cuando uno larga o recoge velas, nuestras aguas se agitan de improviso y nos recuerdan que quizás no estibamos bien nuestro cargamento vital, que andamos sin lastre y demasiado livianos o, en cambio, sobrecargados por aquello que la costumbre y la rutina han embarcado en nuestra nave...
... pero, ¿qué digo? Ahora me da por filosofar... ¿Cómo se puede filosofar así, con la espuma persiguiendo arenas entre los dedos de los pies?
¿Y ya ha pasado media hora? Las olas siguen arrullándome. Pienso en ella y sonrío.
Y es que posee una capacidad innata para concentrarse en el placer de los detalles. Su mirada franca es ácido para los pusilánimes y pone el mismo empeño sencillo, la misma efectividad natural, en comer, amar o nadar.
Ama como nada y nada como ama. Sus brazos y piernas no se han fortalecido en piscinas encarriladas ni en estilos precisos. No es una sirena al uso, desde luego. Eso sí, entrega su cuerpo desnudo a las olas y se desliza sin ofender al mar. Disfruta ese olor fuerte ante el que las narices domesticadas arrugan la nariz: aroma a algas, pescado y a mar viva y sus movimientos lentos y pausados la visten de agua que ondula a su alrededor como un ropaje suave y ligero. Al salir, destellos de diamante adornan su piel fría y morena y despeja lentamente ojos y mejillas con las palmas de las manos, echando la cabeza atrás, como si el mar la purificara. Todo en sus gestos invita a la contemplación y al sosiego.
... me pierdo ... será este sol ...
— ¡Hola! Lo siento. ¿Llevas mucho tiempo esperando? –
— Qué vaaa... si acabo de llegar.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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