Al alba, el beso solar arranca un crujido del caparazón del armadillo, la coraza se abre como una flor y los pétalos correosos se despliegan despidiendo gotas de rocío. Con lentitud, las escamas se afinan hasta convertirse en plumas y las garras pierden filo y fuerza. De los ojillos casi superfluos del animal brota una luz que parece volverse sobre si misma y adquirir un lustre atemporal.
Completada la metamorfosis, el ángel se eleva a los cielos con la esperanza de haber expiado su pecado de soberbia.
martes, 20 de noviembre de 2007
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