jueves, 22 de noviembre de 2007

El secreto - 14/08/04

Sudoroso, Antonius Stradivarius abandonó la alcoba con un frasco y una pipeta en sus manos; los depositó junto al aceite y la goma soluble y, sonriente, tomó un violín sin barnizar.

Mientras, tendida en el lecho, la joven ninfa ronroneaba satisfecha por haber donado al arte su elixir íntimo.

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