Sudoroso, Antonius Stradivarius abandonó la alcoba con un frasco y una pipeta en sus manos; los depositó junto al aceite y la goma soluble y, sonriente, tomó un violín sin barnizar.
Mientras, tendida en el lecho, la joven ninfa ronroneaba satisfecha por haber donado al arte su elixir íntimo.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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