Soy hombre de poca fe, así que mojé los dedos en la herida abierta y los puse ante mis ojos. Ya ni recordaba la última vez que había sangrado. “Vivo, me siento vivo”, pensé.
—Hijo, estás loco —sentenció mi padre—, te golpeas con el canto de la puerta del coche y encima sonríes.
martes, 20 de noviembre de 2007
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