martes, 13 de noviembre de 2007

Cosecha - 07/09/03, 03/09/03

Como cada mañana a las diez y media en punto, el anciano de las lentes oscuras inició su lento paseo por el invernadero. La empleada sabía que recorrería cada uno de los pasillos y finalmente se iría con las manos vacías. Se acomodó mejor en la silla junto a la caja registradora y se dispuso a observarle.

El hombre tendía las manos y rozaba con la yema de sus dedos algunas de las plantas. Desde la distancia, a la chica le pareció que el cliente movía sus labios.

—Lavanda por mamá, romero por las excursiones de la infancia.

De vez en cuando, se llevaba una mano hasta la nariz.

—Jazmín por las noches de verano.

La cajera decidió que aquel día se atrevería a romper el silencio que parecía haberse establecido entre ellos durante meses.

—Mimosa púdica por la piel sensible de la más amada, laurel por los éxitos fútiles. Orégano… tomillo… por las comidas con los amigos.

Momentos más tarde, el viejo notó que sus ojos se humedecían un poco mientras pensaba: “Buganvillas por la risa de los hijos”. Despacio, se encaminó a través de la línea de caja hacia la salida.

—¿Señor...?

—Sí, dígame.

—Disculpe, señor. Ya sé que no es de mi incumbencia, pero he notado que nos visita usted cada día y nunca se lleva nada.

—Oh, créame, señorita —sonrió—, ya tomé todo cuanto podía cargar, gracias.

No hay comentarios.: