Luis Farlopio Panizo, pensador no profesional y ávido lector de Descartes, decidió que la angustia que le corroía desde hacía unos años era demasiado perentoria como para seguir ignorándola.
Empezó sometiendo a un concienzudo análisis aquellas circunstancias que podrían incomodar al común de los mortales de su misma edad y condición. Sin embargo, ni estaba casado ni carecía de recursos; gozaba además de una tranquila posición social en la pequeña ciudad de provincias en la que vivía.
Cuando se hizo evidente que su inquietud brotaba de manantiales más elevados, buscó sucesivamente la compañía de científicos, psicólogos y teólogos sin que nadie lograra encaminar sus pesquisas. Por el contrario, la reflexión continuada le llevó a dudar hasta de su propia existencia, aumentando, como es lógico, su desasosiego vital.
Al no hallar asiento más apropiado para sus meditaciones que el ejemplo de su admirado filósofo, concluyó que no debía delegar en otros lo que bien podía maquinar por cuenta propia. Así, ni corto ni perezoso, malvendió su casa y se despidió de familiares, amigos y empleador, partiendo una fría mañana de primavera. La dirección que tomó le fue susurrada por una lengua de cirros que sostenía el cielo a modo de nervadura.
Anduvo muchas jornadas, haciendo parada en aquellos lugares que, por subsistencia y abrigo o por curiosidad intelectual según el caso, fue encontrando en su peregrinar. Y como la facilidad de desplazamiento es inversamente proporcional a la magnitud del equipaje que se transporta, fue desprendiéndose de reglas, pensamientos preconcebidos y juicios de valor.
Un día, reducida su conciencia a la mera observación del entorno, descendió a un valle de aspecto similar al cuenco de madera que bailaba atado a su mochila. A lo lejos, se distinguía a otro caminante que recorría la misma vereda en sentido opuesto. Este tipo de encuentros, lejos de inquietarle, le ofrecían casi siempre la posibilidad de ampliar sus horizontes.
A medida que se aproximaban, se sintió invadido por una sensación ominosa: había algo vagamente familiar en ese extraño, quizás sus andares o tal vez su vestimenta. Cuando les separaban apenas unos metros, Luis descubrió horrorizado que aquel hombre era idéntico a él. De hecho, el “Otro” también pareció asustarse y demorar el paso.
Se detuvieron frente a frente, en silencio.
El gesto de saludo fue simultáneo y las palabras que brotaron de la boca de uno coincidieron con las del otro. Luis no tardó en descubrir que esta circunstancia impediría cualquier tipo de comunicación. Estaba a punto de alzar la mano para tocar al Otro cuando le detuvo una idea inesperada: “No tentarás al Señor tu Dios”.
Al menos, después de la sorpresa inicial, era capaz de pensar. Y si pensaba, existía, pero ¿quién concebía a quién? ¿Era Luis el reflejo de la idea del Otro de si mismo o éste no era más que una colorida sombra del pensamiento de Luis?
Con calma, ambos sacaron el ejemplar de “Discurso del método” que llevaban en el bolsillo y lo lanzaron con fuerza más allá del sendero.
Al emprender el camino de vuelta a casa, Luis no pudo evitar volver la vista atrás. El Otro le miraba de reojo.
jueves, 22 de noviembre de 2007
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1 comentario:
Ganador del IV Concurso de relato breve de Ficticia. Tema: Espejos.
Émulo de Cartesius, el protagonista también emprende dos peregrinajes. En uno de ellos, equipado con el mismo rigor racionalista del filósofo, llega al punto en el que puede poner a prueba su escepticismo metodológico..., y se rehúsa a hacerlo. Claro, el Filósofo francés tal vez hubiera tocado a su alter ego, de allí la gracia del relato.
El otro peregrinar, aparentemente recorriendo lugares, a la manera en que Descartes viaja por Europa, es en realidad un viaje hacia sí mismo. Tal vez nunca nos conocemos mejor que cuando nos reconocemos en el otro... aunque ese otro sea uno mismo.
Este cuento me pareció muy bien escrito, bien planteado y bien resuelto, a pesar del riesgo que el autor corrió al utilizar un tema cuya característica principal no es la originalidad.
La escena en la que ambos pensadores se deshacen del respectivo “Le Discours de la méthode” me recordó una aforismo de una gran amiga mía: “La sabiduría, a mi entender, radica en la forma de leer el mundo y sus habitantes. A veces, para hacer eso, los libros pueden ser un estorbo.” Creo que por ahí me empezó a gustar esta narración.
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