Es ya de madrugada. Como algodones, las nubes parecen frotar la ciudad y se manchan un poco de su fulgor amarillento. La vista es generosa, pero el lugar no acompaña: escombros enfrente y la tapia de un cementerio una decena de metros atrás.
La mujer apoya la espalda en el coche y sus ojos se prenden de unas estrellas que juegan al escondite. Cuando habla de presentes rotos y futuros improbables, brotan pájaros de su cabeza para llevarla en volandas sobre la vida.
Él, mientras, duda entre besarla o volver a casa con su esposa.
jueves, 15 de noviembre de 2007
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario