Llegas como un torbellino y tomas asiento a mi lado. Despliegas tu equipo de campaña sobre la mesa: la funda de unas gafas que no usas, el teléfono móvil y un bolso que parece el saco del genio de la lámpara.
Complaciente, finjo que te escucho mientras desgranas tus aventuras de Penélope desquiciada, que deshace de día los compromisos que teje de noche.
Miro el reloj. Lo siento, tengo prisa. La cuenta, por favor. Sí, sí, llámame el viernes, haré un hueco. Adiós.
jueves, 15 de noviembre de 2007
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