Desde la taza del retrete, la cabeza decapitada del hombre parecía contemplarles con sincero estupor.
—Léame de nuevo esa parte de la declaración —ordenó el comisario.
—Vamos a ver —contestó el sargento, mientras pasaba las hojas de su libreta—. Sí, aquí: “…se cortaba las uñas de los pies en la cocina, dejaba pelos de su barba y pasta dentífrica pegados al lavabo, nunca levantaba las dos tapas para orinar…”
—Basta. Está claro —el superior se acariciaba el mentón—, pobre mujer, actuó en defensa propia.
jueves, 15 de noviembre de 2007
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