Dios, con aspecto cansado, apenas se mueve para objetar:
—Pero, ¿por qué no lo solucionamos de una vez por todas?
—La idea de mandar a Jesús no acabó demasiado bien, ¿verdad? —la voz de Gabriel pareció afilarse— y no olvides que era uno de los nuestros…
El Todopoderoso se revolvió en su poltrona.
—Los tiempos han cambiado.
—Claro que han cambiado: nuestras relaciones comerciales con el Averno, y con ellas el emporio que hemos construido, desaparecerían en un instante —en auxilio de sus palabras, los ojos del Arcángel recorrían la sala sometiendo las miradas de los asistentes—. No, lo siento, no podemos aceptarlo.
martes, 20 de noviembre de 2007
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