jueves, 15 de noviembre de 2007

Placeres orientales - 16/10/03

El agua helada parece comprimir su cuerpo mientras desciende por los peldaños de la diminuta piscina. Una vez dentro, sumergida hasta la barbilla, respira de manera profunda y acompasada. Poco a poco, la presión inicial se va transformando en un dolor sordo en el pecho y las extremidades.

Entumecida por el frío, sale de la gélida alberca para entregarse a su gemela cálida, a unos metros de distancia. El contraste de temperatura le causa un picor fuerte y delicioso en la piel, como si ella misma hubiera entrado en efervescencia.

Con los ojos cerrados, flota sonriente en las aguas termales. El mero recuerdo de que ahora debería estar en clase de Antropología Simbólica le provoca un placer casi sexual.

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