Satisfecho de mí mismo, creo haber eludido la gravedad de tus palabras y el resplandor que cerca tus pupilas, cuando me atrapa el agujero negro de labios y carne tibia de tu boca. En él, mi cuerpo y mi mente se sumen, reducidos y concentrados, para navegar otro universo que me aloja con suavidad, mecido en saliva.
En eso pienso, amiga, cuando a veces me preguntas qué estoy mirando. ¿Cómo contártelo sin escribirlo? ¿Cómo afrontar una supernova de tus ojos cuando estoy a tu merced? ¡Y aquí, en la oficina…!
Ardería con mi nave…
jueves, 15 de noviembre de 2007
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