Apenas un metro cuadrado de verdadera intimidad en el inmenso mar de cubículos y despachos. Sentado sobre la tapa del inodoro, respira hondo. La puerta contrachapada le guarda, por un instante, de la hipocresía y la crueldad de afuera.
Como cada mañana, descorre moroso el pestillo y, adoptando la expresión que debe exhibir un digno jefe de departamento, se yergue y apresta a volver a su mesa de trabajo.
jueves, 15 de noviembre de 2007
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