Reptaba hacia ella penosamente sobre la hojarasca del jardín mientras observaba sus movimientos pausados y armoniosos. Sus ojos sin párpados centelleaban de un modo especial ante la oportunidad de conseguirla. Un poco más cerca, sólo un poco más.
Finalmente, se irguió a espaldas de la mujer pero de su garganta no brotó más que un lúgubre siseo, amenazador y exhasperante. Venció el dilema pues, al fin y al cabo, las serpientes sensatas siempre tienen dos cosas que decir.
martes, 13 de noviembre de 2007
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